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Las encuestas: actor clave del debate electoral

Imagen: [Firefly / Alexandra Jave]

En medio de un clima político marcado por el desinterés y la fragmentación, las encuestas marcan la conversación de un electorado indeciso y volátil.

Por Daniela Ramos y Alexandra Jave

Los sondeos sobre la intención de voto vuelven a colocarse en medio de la carrera electoral. No solo por sus resultados, sino por la representatividad que estas pueden tener del electorado peruano. Una de las últimas encuestas publicadas por Datum señaló que el 70% de la ciudadanía admitía no estar pensando en las elecciones.

Se trata de un dato que no solo evidencia el poco interés, sino que también plantea una interrogante clave. ¿Qué tan fiel puede ser una medición de intención de voto en un escenario marcado por la indecisión y la escasa información?

Los requisitos de las encuestas

En los últimos meses se ha incrementado la circulación de encuestas sin supervisión efectiva a través de redes sociales y plataformas digitales. Por ello, aquellas que sean publicadas para mostrar las intenciones de la opinión pública en tiempos electorales deben de cumplir ciertos requisitos para que sean consideradas serias y representativas.

De acuerdo con el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), la ficha técnica debe incluir el nombre de la encuestadora, el número de registro de esta frente al organismo electoral y el nombre o razón social del contratante de la encuesta, es decir, quién la financió. Este es un dato no menor, ya que permite evaluar los posibles intereses que puede haber en la publicación de tales resultados. A su vez, conocer si un medio de comunicación, una organización civil, una empresa privada o una agrupación política subvenciona el proceso reduce las sospechas de parcialidad en los estudios electorales.

En esa misma línea, otro requisito requerido por el JNE es el universo y el sistema de muestreo, ya que de este depende que los resultados puedan, o no, representar al electorado en su conjunto. El sondeo define a quiénes se les pregunta, cómo se los selecciona y en qué proporción, considerando variables como región, edad, sexo, nivel socioeconómico y zona urbana o rural. 

Cuando el diseño muestral no refleja adecuadamente la diversidad del país, las respuestas pueden distorsionar la realidad electoral y sobrerrepresentar a ciertos grupos sobre otros. Por ello, que las encuestas detallen si el muestreo es probabilístico o no probabilístico es una condición imprescindible para entender qué tan extrapolables son sus conclusiones y qué tan fielmente capturan la complejidad del voto en un país marcado por profundas brechas territoriales y sociales.

Como señaló el analista político, Eduardo Salmón, “hay encuestadores y encuestadoras cuya credibilidad depende de que trabajen bien sus muestras y de que realicen un buen trabajo metodológico”.

El tamaño de la muestra es otro de los factores determinantes para evaluar la solidez de una encuesta electoral porque de este se desprenden dos indicadores clave: el nivel de confianza y el margen de error. Mientras el primero señala qué tan probable es que los resultados representen al universo total del electorado, el segundo advierte cuánto pueden variar los porcentajes reales respecto a los publicados.

Por otro lado, el nivel de representatividad y los lugares en los que se realizó el proceso son índices que determinan la diversidad territorial del país que se está tomando en cuenta. No obstante, señalar la fecha en la que se ejecutó refleja la forma en la que la población piensa en un momento específico.

En sintonía con esto último, el politólogo Caleb Rojas remarcó que la opinión pública es volátil y que las preferencias electorales suelen definirse al término de la campaña. “(La encuesta) es como una foto borrosa. Todavía tienes que acercar el lente o ajustarlo para que tengamos la foto más definida”, advirtió.

¿Qué revelan las encuestas?

Más allá de los aspectos metodológicos que permiten confiar en un sondeo, la desconfianza que surge hacia ellas —al menos en el caso de las 61 encuestadoras oficiales inscritas en el JNE— no se centra en la veracidad de sus datos, sino en qué tanto logran reflejar las preferencias reales dentro de un electorado indeciso, desinformado y desinteresado.

Puede resultar un poco contradictorio observar en los resultados de estas encuestas que actores políticos como Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga se encuentren encabezando las listas de intención de voto, tomando en cuenta su alto grado de desaprobación por parte de la ciudadanía. Sin embargo, esto se explica porque, según la encuesta de Datum, solo el 12% de los encuestados ya tiene decidido su voto y el 35% aún lo está evaluando, lo que termina por colocar adelante a estos candidatos, aunque no superan el 12% de intención de voto, un nivel de representatividad muy bajo.

“En el Perú, se elige en las últimas semanas. El porcentaje de personas que se deciden a estas alturas no llega a la mitad. Y son los que les interesa un poco la política. Pero como son elecciones obligatorias, todos van a votar al final, o casi todos. Son indicativas de cómo está el temperamento entre aquellos que ya decidieron, pero no reflejan necesariamente la votación final”, explicó el politólogo Gastón Zapata.

Por lo tanto, en algunos momentos de la historia republicana del Perú, los candidatos que ganaron la primera vuelta de la contienda electoral resultaron sorpresivos. Hace casi cinco años, durante la recordada carrera electoral, la figura del expresidente Pedro Castillo surgió como un outsider que dividió opiniones a lo largo del Perú y puso en duda la transparencia de esos comicios.

Ello alegó que las encuestas previas no lo mostraban como un candidato principal.Asimismo, aquí también entra en juego otro factor. Para Salmón, si bien Lima alberga a un tercio del electorado, los analistas políticos y los medios de comunicación suelen desatender el voto del mal llamado Perú profundo.

“Hay una visión limeño-céntrica del país y, en muchos casos, no se percibe cuando un candidato empieza a ganar popularidad en las regiones. El seguimiento que hacen los medios a las campañas regionales —incluso los más connotados— suele ser muy pobre, ya sea por limitaciones de recursos o por un sesgo capitalino”, observó el analista político.

En el clima político actual, marcado por un alto grado de polarización, movimientos como #PorEstosNo buscan llevar al electorado hacia nuevas alternativas más allá de las mismas caras de siempre. Sin embargo, esto implica realizar el trabajo de informarse e investigar las propuestas de candidatos menos visibles, un proceso que resulta tedioso para muchos peruanos.

En estas elecciones 2026, la bicameralidad aumenta la carga. Para Rojas, el votante cae en “una lógica de costo-beneficio”, la cual impacta severamente en la calidad del voto. “Es muy denso conocer a los 37 o 38 partidos que están en la competencia y elegir quiénes van a ser diputados y senadores”, complementó.

El registro de un votante volátil 

Las encuestas no deciden el voto, pero sí marcan la conversación pública en torno a él. Según los resultados de Datum, a enero de este año, de los 36 candidatos a la presidencia, 20 se encontraban por debajo del 1% de intención de voto. Además de evidenciar una fragmentación del escenario político, los sondeos influyen en el comportamiento electoral, empujando a algunos ciudadanos hacia el voto útil y a otros hacia la apatía, especialmente cuando los candidatos por los que pensaban votar se ubican por debajo de la valla electoral.

Según Zapata, el peruano percibe que respaldar a un candidato con menos del 1% de intención de voto equivale a desperdiciar su decisión electoral. En ese escenario, el voto suele desplazarse hacia otra figura, pero dentro de la misma corriente ideológica.

“El peruano vota de acuerdo a sus preferencias. La mayoría de la gente se va a posicionar con el que vaya primero dentro de su corriente, ya sea de izquierda, derecha o centro, pero con el que vaya ganando, para que pase la valla, para asegurar”, remarcó. 

Por ello, es claro que las personalidades con una larga trayectoria en la política —incluso aquellas que han postulado en múltiples ocasiones o han protagonizado escándalos recordados por la ciudadanía— son las que terminan canalizando el apoyo, en un primer momento, dentro de sus corrientes. Más que por el candidato en sí, el respaldo se da por lo que este representa políticamente.

Cabe destacar que no resulta sorpresivo que los medios tradicionales hayan perdido credibilidad en los últimos años, ya sea por un cambio en los hábitos del consumo informativo o porque diversos conflictos de interés han puesto en tela de juicio su imparcialidad. Según la encuesta de Datum, las redes sociales se han convertido en el medio más importante para informarse para el 49% de la población.

“La percepción puede cambiar mucho más rápido. Un error garrafal o un destape de algún candidato puede tener un impacto mayor, porque se viraliza con rapidez y la percepción cambia con facilidad. En este espacio se facilita la desinformación y la difusión de bulos”, explicó Salmón.

En ese contexto, los resultados de las encuestas difundidos en redes sociales y reinterpretados por los propios usuarios pueden omitir, exagerar o moldear información, proyectando una imagen distorsionada del pensamiento del electorado y profundizando la polarización.

A dos meses de las elecciones, el 70% de peruanos que aún no ha decidido su voto deja de ser solo una cifra alarmante y pasa a reflejar la crisis de representación que atraviesa el país. Las encuestas seguirán registrando el temperamento en las calles, pero será ese porcentaje el que determine si el Perú logra romper con un ciclo de inestabilidad y crisis política.

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