La falta de inversión estatal, el déficit de personal y las dificultades para acceder a zonas periféricas son algunas de las problemáticas que atraviesa el sistema de bomberos en el país.
Por Mauricio Mendoza
La historia de los bomberos en el país se remonta a los años 1860, en el puerto del Callao, cuando vecinos y comerciantes de la zona decidieron organizarse para combatir los incendios que afectaron en esos años al muelle. Sin embargo, la institución como la conocemos hoy en día, nació hacia 1953, con el nombre “Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú (CGBVP)”, que se sigue manteniendo en la actualidad.
La compañía, a lo largo de los años, ha atravesado por problemas de todo tipo: desde falta de inversión por parte del Estado, hasta la situación del sistema de voluntariado. Lo que no es una duda es la gran responsabilidad que tienen los bomberos en nuestro país, sobre todo en fechas donde los incendios son más recurrentes, como Navidad o Año Nuevo.
El año pasado, en Nochebuena hubo 90 incendios solo en Lima. Este dato no solo refleja la cantidad —bastante alta y preocupante— de incendios que suceden, sino también el rol fundamental que tiene la compañía de bomberos en Perú.
La presupuesto cuando no hay apoyo
El presupuesto destinado al cuerpo de bomberos en el año 2025 fue de 96 millones de soles. Según comentó el comandante general de los bomberos, Juan Carlos Morales, para la prensa, el déficit actual supera los 4,000 millones de soles, y solo renovar los vehículos demandaría cerca de 1,500 millones. Esto significa que el presupuesto anual representa solo el 2.4% que se necesitaría para poder subsanar la institución.
La situación no es nueva, pero sí se ha agudizado. Para este 2026, el monto asignado bajó a 95 millones de soles, según la misma compañía. Esta es una reducción que, aunque modesta en términos nominales, golpea a una institución que ya opera al límite, evidenciando el desinterés de las autoridades para apoyar al cuerpo de bomberos.
En entrevista para este medio, Morales explicó que “muchas veces los propios bomberos son los que se compran sus equipos de protección personal” y que “la falta de pilotos y la falta de vehículos, que muchas veces quedan inoperativos, son los problemas que principalmente afectan a la CGBVP en la actualidad”.
“Desde la comandancia estamos haciendo visitas a todas las regiones para hablar con sus autoridades, para que sean ellos los que se preocupen por su comunidad y tengan que destinar presupuestos propios de la región o del municipio para los bomberos también”, declaró el comandante general.
La falta de recursos se traduce directamente en tiempos de respuesta más lentos y cuarteles que no pueden cubrir las emergencias de su zona. Cuando eso ocurre, las unidades deben desplazarse desde sectores más alejados con consecuencias visibles, ya que desde la compañía denunciaron que esa demora hace que, cuando llegan al siniestro, la expansión del fuego esté en un 60% o 70%.
“Nuestra flota vehicular data de muchos años y eso hace que continuamente sufran desperfectos, lo que ocasiona que, para llegar a zonas más alejadas o por la misma geografía de las pistas, sea bastante difícil”, comentó Morales.
Un sistema insuficiente
El CGBVP es, por definición, una institución de voluntarios. Esto significa que hombres y mujeres que responden a emergencias las 24 horas del día no perciben un salario por su labor. El Estado les otorga algunos beneficios —seguros y compensaciones en caso de accidente o muerte en acto de servicio—, pero no una remuneración formal.
Esta estructura, que en otros países funciona como complemento a un cuerpo profesional remunerado, en Perú es el modelo principal. Y aunque el compromiso de los voluntarios es indiscutible, el sistema tiene fisuras. Una de estas es que la retención se complica cuando quien sirve debe también sostener una vida laboral paralela, sumando a ello el estado de las compañías debido a la falta de mantenimiento a los equipos y vehículos, mencionados anteriormente.
Asimismo, cuanto más precaria es la situación institucional, mayor es la exigencia que recae sobre quienes eligen quedarse. Los voluntarios que permanecen cubren más compañías y operan con equipos que, en muchos casos, superan su vida útil. El voluntariado, que debería ser una expresión libre de servicio a la comunidad, termina convirtiéndose en una forma de subsidiar la inacción del Estado.
“Los problemas explicados anteriormente ocasionan que algunos bomberos digan, ¿a qué voy a hacer servicio si no voy a poder salir a las emergencias? Se necesitan muchos recursos y, lamentablemente, el presupuesto asignado a la Intendencia Nacional de Bomberos para los bomberos es insuficiente”, explicó Morales, en relación al voluntariado y falta de equipos.
Según la Red de Estudios para el Desarrollo, Perú solo cuenta con 16,000 bomberos para 34 millones de habitantes. Según estándares internacionales, debería haber al menos 1 bombero por cada 1,000 personas, lo que deja un déficit de 18,000 bomberos en el país.
“Actualmente cubren todas las compañías de bomberos, principalmente de Lima y Callao, pero debido a que muchas compañías se encuentran operativas por momentos específicos, se está ocasionando un ausentismo”, complementó Morales. A pesar de esto, la pregunta que subyace no es si los bomberos peruanos están comprometidos, sino si el Estado está a la altura de ese compromiso.
Llegar a donde nadie más llega
Lima es una ciudad que creció sin tener tanto en cuenta su propia geografía. Las laderas de los cerros que rodean la capital concentran hoy familias en asentamientos humanos de difícil acceso, donde las calles se vuelven escaleras, las escaleras se vuelven trochas y los camiones de bomberos, simplemente, no caben.
El problema no es solo logístico, es también el resultado de décadas de planificación urbana que ignoró —o fue deficiente— el crecimiento informal sin incorporar criterios mínimos de gestión de riesgos. Las habilitaciones urbanas en zonas periféricas rara vez contemplan vías de emergencia, hidrantes o espacios para el despliegue de equipos de rescate. Los bomberos llegan después, a resolver lo que la ciudad nunca previó.
La Municipalidad Metropolitana de Lima tiene la gerencia de Gestión de Riesgo de Desastres, cuya función es precisamente conocer y anticipar escenarios que podrían poner en peligro a la ciudadanía. Aunque existe todo un equipo detrás para poder mejorar las situaciones de riesgo, esto no se ve reflejado en la vida diaria.
En 2025, según estadísticas del CGBVP, hubieron en Lima —sin contar diciembre— acontecieron 8,900 incendios, que aunque sea una cifra ligeramente más baja que el año pasado, evidencia una problemática que parece no tener una solución pronta.
Mario Cassaretto, gerente de Gestión del Riesgo de Desastres, atribuyó culpa de la situación de la capital en relación a poder llegar a las zonas más difíciles de acceso al Estado y que “siempre va a responsabilizar al Estado de la situación precaria de los bomberos”.
Además lo que ocurre en las zonas periféricas de Lima no es una excepción, sino que es el reflejo de lo que sucede cuando una institución opera con presupuesto insuficiente, personal voluntario y sin el respaldo de una política de prevención seria. Los bomberos llegan —casi siempre llegan—, pero lo hacen a pesar del sistema, no gracias a él.
“Hemos ido como Gestión de Riesgos y Desastres a Independencia, y fue imposible apagar ese incendio. La manguera, si llega también, llega con la presión de agua débil, entonces definitivamente hay casos en que el acceso es limitado para las unidades por su dimensión y la viabilidad para que la emergencia”, indicó Cassaretto.
Los bomberos seguirán defendiendo su vocación ante cada emergencia, con lo que tienen y con lo que les queda, la diferencia se marcará cuando el Estado decida darles un valor real a la perseverancia y difícil tarea que tiene las fuerzas de los bomberos voluntarios al afrontar adversidades, desastres e incendios con las herramientas —mayormente precarias— que tienen.
