Varados, atrapados y angustiados. Miles de ciudadanos de origen extranjero se encuentran en la frontera del Perú y Chile. ¿Cómo llegaron allí?
Por Alvaro Urquizo y Thiago Castañeda
El Perú se convirtió, en menos de una década, en uno de los principales destinos de la migración venezolana en América Latina. Lo que comenzó como una migración impulsada por la búsqueda de estabilidad y nuevas oportunidades, terminó siendo uno de los mayores complejos fenómenos sociales y políticos a nivel internacional. Millones de personas dejaron atrás a sus familiares, sus carreras y sus proyectos para intentar reconstruir su vida en un territorio desconocido.
Con el paso del tiempo, la imagen del migrante venezolano que tenía el colectivo peruano y global se transformó. Pasó de una solidaridad inicial a una profunda desconfianza, y luego a un rechazo masivo. Este fenómeno social no ha sido únicamente un cambio de percepción: ha sido un lento proceso por el cual un grupo de personas dejó de ser considerado humano para ahora percibirse como una amenaza pública.
El éxodo venezolano
Desde mediados de la década de 2010, Venezuela vivió una crisis nacional sin precedentes. La hiperinflación, el colapso de sus servicios básicos y la represión política empujaron a millones de personas a abandonar su país. Para muchos, migrar no fue una elección, sino la única salida viable. El Perú, por su relativa estabilidad económica y sus políticas de ingreso accesibles, se convirtió rápidamente en uno de los destinos principales de los venezolanos.
En los primeros años de llegada masiva, los venezolanos que ingresaban al Perú lo hacían principalmente por vías formales. El gobierno peruano habilitó el Permiso Temporal de Permanencia (PTP), un mecanismo que buscaba regularizar la situación migratoria de quienes llegaban y sobre todo facilitarles el acceso al mercado laboral y a servicios básicos.
Quienes llegaron en esa primera etapa no eran un grupo homogéneo ni respondían al estereotipo que después se instalaría en el discurso público. Eran familias, jóvenes profesionales, médicos, ingenieros, docentes y trabajadores de distintos oficios. La mayoría traía consigo títulos universitarios, experiencia laboral y la voluntad de integrarse. Lo cuál no les garantizaba un estilo de vida digno comparado a lo que tenían antes de la crisis.
Posteriormente, el flujo migratorio creció a una velocidad que superó la capacidad de respuesta del Estado. Los mecanismos de regularización colapsaron, los procesos se volvieron lentos e inaccesibles, y cada vez más personas comenzaron a ingresar de manera irregular. El PTP dejó de renovarse y miles quedaron en un limbo legal que los hacía vulnerables a la explotación laboral, la informalidad y la exclusión de los sistemas de salud y protección social.
Fue por este desbordamiento institucional que la narrativa pública comenzó a cambiar. La crisis del Estado para gestionar la migración se tradujo, en la percepción colectiva, en una crisis causada directamente por los migrantes. Los medios de comunicación empezaron a cubrir la presencia venezolana a través del lente de la inseguridad y el conflicto social. Las noticias ahora se centraban en delitos (reales o fabricados) y la narrativa también real de integración exitosa o contribución económica quedó en un segundo plano.
Actualmente, el Perú alberga una de las poblaciones venezolanas más grandes fuera de la región. Este fenómeno migratorio se ha convertido en un tema de gestión política constante, pasando a ocupar un lugar central en los debates sobre seguridad, empleo y servicios públicos, casi siempre con un sesgo que obvia analizar los factores sistemáticos de estos problemas.
Del recibimiento al recelo
La acogida inicial fue genuina y muy abierta. Sin embargo, ese tránsito de actitud de recibir a rechazar no se explica solo por el desbordamiento institucional. Para Soledad Castillo Jara, investigadora de la Cátedra de Migraciones y Desplazamientos Forzados de la Universidad del Pacífico, la apertura inicial nunca fue solo humanitaria. «Sí había ese tema de solidaridad del lado humano, pero también la parte ideológica», precisa.
El “framing”, destaca, era el de la apertura, en sintonía al Grupo de Lima “conformado por presidentes mayormente de la centro-derecha o de la derecha”, como Piñera, Macri o Kuczynski, que leían la crisis venezolana como “comunismo versus la libertad”. No obstante, mientras más llegaban, mayor era la exigencia para poder cruzar la frontera y, en consecuencia, terminó fomentando más la irregularidad paradójicamente.
A nivel social, el giro fue parecido. Al inicio, la gente describía a los venezolanos en términos amables. Esa simpatía, explica el antropólogo Alex Huerta-Mercado, docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), tenía raíces propias: un país acostumbrado a ser de emigración se descubría, por primera vez, como destino, y arrastraba además una vieja «xenofilia», la cual consistía en la idea, heredada del largo pasado colonial, de que «lo extranjero es mejor».
Había, además, algo más incómodo detrás de esa acogida. Para Huerta-Mercado, ciertos grupos peruanos históricamente marginados encontraron en el migrante venezolano a alguien «aún más abajo» en la escala social. Ese rechazo, sostiene, llegó a operar como una suerte de alivio, e incluso de alianza entre quienes siempre habían sido víctimas del racismo.
No obstante, esa imagen amable se quebró. Castillo Jara explica que el cambio llegó hacia 2019 y se profundizó tras la pandemia, cuando algunos crímenes de alto impacto empezaron a asociarse a la población venezolana en su conjunto. “El papel de la prensa fue decisivo, pues mostraba hechos que se prestaban para el morbo, para el sensacionalismo”, comenta. A ello se sumó que muchos motorizados vinculados a delitos comunes eran venezolanos.
Para Huerta-Mercado, por su lado, ese miedo recae en una especie particular de racismo. «No se basa en la apariencia, sino en la procedencia», sostiene, y se activa muchas veces por algo tan simple como el acento. El propio lenguaje de los medios lo refuerza, ya que de «venezolanos cometieron un robo» se pasó al eufemismo «extranjero», que terminó ligando un origen nacional entero con el peligro.
Ese mismo prejuicio, agrega Huerta-Mercado, cambió de canal. Si la burla al migrante andino se hacía antes desde los programas cómicos de televisión, hoy el humor televisivo está “mucho más controlado”, porque los grupos antes ridiculizados ya tienen voz en los medios. El desprecio, en cambio, se mudó a los memes y a TikTok, donde la parodia del venezolano circula con mucho menos filtro.
Aun así, Castillo Jara traza una distinción que ese clima borró: una cosa es la migración y otra, la migración delictiva. Apoyándose en el trabajo de José Luis Pérez Guadalupe sobre el Tren de Aragua, recuerda que se trató de una minoría —personas «que ya tenían antecedentes»— cuyas primeras víctimas fueron los propios venezolanos. El problema, dice, es que se terminó por «ver como que todos fueran así, cuando en realidad no era una mayoría», sino un grupo «muy visible, muy escandaloso».
Por ello, insiste en la proporción que el relato mediático generalizó. Esa minoría, además, tuvo como primeras víctimas a los propios venezolanos. La problemática es que se terminó por “ver como que todos fueran así, cuando en realidad no era una mayoría”, sino un grupo “muy visible, muy escandaloso”. Ese miedo, alimentado por los medios, no se quedó únicamente entre las personas. Para la clase política, hablar de seguridad pasó a ser, casi automáticamente, hablar de migración.
Ese cambio de discurso se materializó en Chile. Castillo Jara recuerda que el triunfo de José Antonio Kast se explica, en buena parte, por una demanda de orden heredada del Estallido social de 2019 y por un gobierno —el de Gabriel Boric— percibido como blando. Ahora, con Kast en el poder, buena parte de sus acciones se focalizó en el migrante. Así, miles de venezolanos quedaron varados en una frontera donde nadie quiere hacerse cargo. ¿Qué le queda a una persona cuando se vuelve el problema que dos países quieren expulsar?
El factor sobrante
Todo esto encaminó a lo que pasa hoy en la frontera. De un lado, Chile deporta y refuerza el control, mientras que Perú, por su parte, responde militarmente. Dos estados que ejercen su soberanía cada uno por su cuenta, sin un mecanismo común que ordene la respuesta.
Para Castillo Jara, ahí está el nudo. A diferencia de Europa y su zona Schengen, en América Latina “cada Estado mantiene mucha más soberanía”. Así, cada país cierra por su lado, convencido de resolver el problema dentro de sus propios límites. No obstante, la investigadora advierte que ese cierre no resuelve nada.
«Chile puede imponer sus políticas porque es su territorio, entonces dice: aquí queremos cerrar, ser más estrictos, no aceptar tanto como estaba pasando antes. Pero el punto es que la migración es algo muy fluido, que no se detiene por eso, sino que muchas veces se reorienta hacia otros países, o también se vuelve más irregular», detalla.
Ese desvío tiene otras implicancias. Quien cruza sin los documentos pertinentes queda más expuesto, sin acceso “a los trabajos formales, a las cuentas de banco, a la salud, la educación”. El migrante deja de ser un sujeto con derechos para volverse una cifra que cada Estado intenta restar de su territorio.
La consecuencia directa se puede explicar desde el terreno. Organizaciones como el Servicio Jesuita a Migrantes atienden a personas que se pierden y a veces pierden la vida en el intento. Familias con niños que no resisten el clima, pues la frontera se encuentra en un área que, según la Revista Pesquisa FAPESP, tiene la mayor radiación ultravioleta del mundo.
Frente a ese panorama, ¿qué se puede hacer? Castillo Jara responde a esto de manera sencilla: documentar. Dar al migrante un papel —tal como hacía el PTP— para que “no dependa del Estado sino que pueda navegar el sistema, encontrar empleo y pararse por sus propios medios”.
A ello se suma la convalidación de títulos, hoy encarecida y burocratizada, una traba que golpea tanto al migrante como al peruano que estudió afuera. Y cierra con que hay que “observar la realidad antes de legislar”, no hacerlo “desde un escritorio con una visión idealista”, sino mirando “lo que es”.
Por lo tanto, detrás de horas de demonización en televisión nacional por compartir nacionalidad con criminales que en el pasado atormentaban a su propio país, el migrante venezolano se encuentra en la adversidad, obligado a sobrevivir en un contexto que constantemente le da la espalda.
