El mar morado

Foto: Cynthia Carmen

Lo que comenzó entre auriculares y pantallas encontró, por fin, un lugar en común. Con la llegada de BTS a Lima, miles de ARMY dejaron de imaginar una presentación de sus ídolos para reunirse bajo el mismo cielo y convertir más de una década de escucha solitaria en una experiencia colectiva.

Por Cynthia Carmen

Octubre tiene un color propio. Cada año, el morado de los hábitos de los fieles acompañan el recorrido del Señor de los Milagros, cuya imagen convoca a miles de personas en las calles. Pero este 2026, durante tres noches, ese mismo color encontró otra forma de congregar a sus devotos: siete hombres surcoreanos llegaron para cantar ante miles de peruanos que habían esperado durante años la oportunidad de verlos en vivo.

BTS, la banda que debutó en 2013 regresaba a los escenarios después de que sus integrantes cumplieran el servicio militar obligatorio en Corea del Sur. Por primera vez, Lima formaba parte de su recorrido. Para sus seguidores, las canciones que los habían acompañado en sus habitaciones y sus audífonos dejarían de escucharse únicamente a solas.

El anuncio oficial había llegado meses atrás, pero la espera se prolongó mucho más allá de la compra de una entrada. ARMY, como se conoce a los fanáticos de BTS, prepararon sus atuendos, organizaron “fan projects” y buscaron la manera de estar presentes en una cita que llevaba años manteniéndose pendiente.

En la cultura de los conciertos, la ropa también puede ser una forma de pertenencia: los colores y las referencias les permiten reconocerse aunque se encuentren a kilómetros del recinto. Esta vez, el rojo y el negro acompañaban la estética de Arirang, el álbum que marcaba el regreso de la banda y tomaba como referencia una de las canciones folclóricas más reconocidas de Corea.

La semana de BTS en Lima había desbordado los límites del estadio. Seguidores se congregaron en los exteriores del hotel donde se hospedaban; iniciativas como un espectáculo de drones en la Costa Verde y la intervención temática de un tren de la Línea 1, vinculada al cumpleaños de Jimin, trasladaron la expectativa a distintos espacios de la capital. En el Estadio de San Marcos, el 10 de octubre se celebraba la última fecha, miles de personas se preparaban para despedir una visita que, hasta hacía poco, solo podían soñar.

La ciudad en vela

Un concierto no empieza cuando se abren las puertas para los asistentes VIP. Empieza mucho antes, cuando todavía es de noche y los primeros grupos de amigos llegan a los alrededores del estadio. También cuando padres y madres acompañan a sus hijas para ayudarlas a ocupar un lugar en una fila que, con el paso de las horas, se extenderá varias cuadras.

Desde las once de la noche anterior, las filas comenzaron a formarse como serpientes humanas alrededor del recinto. La misión era clara, debían resistir hasta la tarde siguiente. El agua embotellada, la comida enlatada y algunos pedidos de delivery que llegaban por la mañana ayudaban a sobrellevar las horas. La policía y el serenazgo habían advertido sobre las restricciones para acampar y, en algunos momentos, retiraron a quienes permanecían en la calle durante la madrugada. Aun así, algunas ARMY consiguieron quedarse cerca.

Al mediodía, las cuadras próximas al estadio ya estaban ocupadas por una multitud que crecía a medida que avanzaba el día. A cientos de metros de las puertas, la ansiedad se traducía en preguntas que viajaban de una persona a otra.

“¿Usted qué puerta es?”, preguntaba una señora. “¡Puerta cinco! Me mandó acá el señor del frente”, le respondían. “¿Pero usted es Oriente?”, dijo con expectativa. Después llegaba un silencio. Alguien, desde más lejos, intentaba tranquilizarla. “Mientras no sean de Campo, todo debe estar bien. Ya nos avisarán cuando empiece la apertura de las puertas”.

En medio de la incertidumbre, los desconocidos empezaban a cumplir la función inesperada de orientación. Nadie parecía tener todas las respuestas, pero siempre había quien estaba dispuesto a seguir difundiendo lo que había oído en el camino hasta allí.

Fue cuestión de horas para que lo que había comenzado durante la madrugada con decenas de chicas se multiplicara hasta ocupar veredas, pistas y patios de algunas casas. Los vecinos se asomaban a sus ventanas. Algunos observaban con curiosidad; otros se reían de la dimensión que había alcanzado el evento y algunos contemplaban con disgusto la ocupación de los espacios.

La espera tenía así, dos caras. Para quienes habían llegado por BTS, cada hora acercaba un poco más el momento de entrar. Para la ciudad, aquella multitud era una presencia extraordinaria que alteraba el ritmo habitual.

El emporio contrarreloj

En un día cualquiera, quien quisiera conseguir una prenda o un artículo de BTS podía dirigirse a centros comerciales como Gamarra o Arenales. Durante el concierto, sin embargo, el comercio se había mudado temporalmente a los alrededores del estadio.

Había camisetas, gorros, bandanas, abanicos y mantas estampadas con imágenes de los integrantes. Algunos puestos ofrecían realizar maquillajes exprés con los colores de la nueva era de la banda. Mientras las filas avanzaban lentamente, los vendedores ofrecían también agua, gaseosas y almuerzos para quienes llevaban horas bajo el sol.

Pero entre todos los productos había uno que muchos buscaban con especial interés: la ARMY Bomb. En los conciertos de K-pop, los lightsticks son mucho más que accesorios para agitar al ritmo de la música. Algunos pueden sincronizarse con el espectáculo y cambiar de color, de modo que miles de seguidores participan en una misma composición luminosa.

No era obligatorio tener una ARMY Bomb para entrar al concierto. Aun así, conseguir una significaba poder levantarla junto a las demás cuando llegara el momento. Cada una sería apenas una luz entre miles, pero juntas formarían una imagen luminosa que nadie podría construir individualmente. Algunas sostenían ya sus lightsticks; otras seguían buscándolos. Todavía no podían ver el estadio convertido en un mar de luces, pero pronto estarían dentro de él.

Durante las primeras horas de la tarde, algunos habían tenido la oportunidad de escuchar a BTS antes del concierto, en un ensayo al que accedieron quienes pagaron una entrada especial. Para los demás, la espera continuaba. Campo A, B y C, las tribunas y los distintos sectores del estadio aguardaban la apertura de sus puertas, prevista para las cuatro o las cinco de la tarde, según la ubicación.

A lo largo de las avenidas Amezaga, Colonial, Universitaria y Venezuela, cientos de personas aguardaban su turno con carteles bajo el brazo, las ARMY Bombs protegidas del sol entre las manos y la esperanza de que, esta vez, la fila avanzara. Poco a poco, comenzaron a moverse. Primero fueron unos pasos; después, zancadas apresuradas. Las colas se estiraban por las avenidas, avanzaban unos metros y volvían a detenerse.

Sin embargo, la prisa tenía una creativa excepción. En las interminables filas aparecían los freebies: pequeños obsequios que los propios seguidores preparaban para intercambiar durante el concierto. Fotografías, tarjetas, dulces y manualidades circulaban de mano en mano. Algunos llevaban imágenes de los integrantes de BTS con bandas presidenciales peruanas; otros jugaban con referencias que solo alguien familiarizado con el universo de la banda podía reconocer. También estaban los freebieshots, pequeñas dosis de alcohol que algunos repartían como parte de sus regalos.

Había quienes intercambiaban sus obsequios con desconocidos y quienes los entregaban sin esperar nada a cambio. Bastaba extender la mano, recibir un obsequio y agradecer.

Al ingresar al estadio, el agua y la comida se vendían a precios que obligaban a pensarlo dos veces: botellas a diez soles, choripanes a treinta. El calor, el cansancio y las horas de pie seguían presentes. También la expectativa.

Las ARMY Bombs permanecían apagadas o encendidas a voluntad de sus dueñas. Al estar aisladas, lucían pequeñas, casi insignificantes frente a la inmensidad del estadio, porque todavía no había llegado la hora de que todas brillaran juntas.

El rugido de un encuentro

A media hora de las ocho de la noche, el estadio estaba casi lleno. En las tribunas, las conversaciones nacían entre personas que hasta hacía unas horas ni se conocían. Alguien sonreía a quien tenía al lado. Otra persona preguntaba si aquella sería su primera vez en un concierto de BTS. Había quienes habían llegado de ciudades como Arequipa, Trujillo, Piura, Ica; o incluso ciudades de otros países con tal de poder vivir esta experiencia. Se compartían recuerdos, nervios y teléfonos celulares con los que inmortalizaron la espera. Todos estaban allí por los mismos siete chicos, quienes habían impactado en sus vidas de formas diversas pero poderosas para hacerlos encontrarse en este momento.

Una melodía con ritmos orientales sonaba una y otra vez. Con cada repetición, la ansiedad parecía aumentar al igual que la velocidad de la canción. En cuanto el volumen disminuía o aumentaba, las conversaciones se interrumpían, las miradas volvían al escenario y las manos se aferraban rápidamente a los teléfonos y a las ARMY Bombs por si ya había llegado el ansiado momento.

Tras que la multitud entonara un verso del himno nacional y la melodía oriental se reiniciara con mayor intensidad, un bailarín apareció con una bengala que desprendía un humo rojo. Corrió de un extremo a otro, mientras la humareda se extendía detrás de él. Entonces llegaron los primeros sonidos de Hooligan. Las Army Bombs se tornaron rojas y el estadio estalló.

La música, los gritos, las lágrimas escaparon por la parte superior del recinto hacia las calles. En las pantallas aparecieron los integrantes de BTS y, de pronto, las siete figuras que durante años habían existido en fotografías, videos y pantallas pequeñas estaban allí, frente a miles de personas que habían esperado para verlas. Al unísono, los presentes gritaron sus nombres: ¡Kim Namjoon, Kim Seokjin, Min Yoongi, Jung Hoseok, Park Jimin, Kim Taehyung, Jeon Jungkook, BTS!

El concierto avanzó entre coreografías y canciones que el público reconocía desde los primeros segundos. Las luces de las Army Bomb de cada asistente cambiaban al ritmo de la música: una pradera verde, un cielo de estrellas blancas, un mar celeste que se extendía por las tribunas.

Entre una canción y otra, los integrantes se dirigían al público en castellano. Algunas palabras eran sencillas; otras, inesperadas. “Perú es clave”, “causa”, “sin cilantro, por favor”. Esas expresiones, tomadas de la calle y de las conversaciones cotidianas, provocaban nuevas oleadas de gritos. No se trataba solamente de que los músicos hablaran en otro idioma con acento extranjero. Era la sensación de que habían intentado acercarse al lugar que los recibía, de que habían aprendido algo de sus códigos para devolverlo desde el escenario.

Al otro lado del mismo sol

Tras el paso de canciones llegó el canto tradicional, Arirang, que Army había ensayado múltiples veces. Transmitida de generación en generación, esta melodía coreana ha acompañado historias de despedida, añoranza y reencuentro. Su significado también quedó ligado a los momentos más dolorosos de la historia del país: la división de la península, en 1945, y la guerra de Corea, entre 1950 y 1953, que dejó a millones de personas separadas de sus familias. Con el tiempo, Arirang se convirtió en una expresión de la memoria y la identidad del pueblo coreano

En San Marcos las voces crecieron. Las palabras en coreano salieron de miles de gargantas, pronunciadas por personas que habían aprendido a cantar en un idioma distinto al suyo. La habían hecho parte de su propia historia con BTS. Desde el escenario, los integrantes se quitaron los auriculares.

Por unos instantes, las voces de miles de peruanos llenaron el espacio que habitualmente ocupaban los grandes altavoces. Una canción nacida al otro lado del mundo regresaba a sus intérpretes convertida en un coro que atravesaba generaciones y fronteras. Una melodía que guardaba la memoria de un pueblo y que, ahora pudiera acompañar el reencuentro de una banda con quienes llevaban años esperándolos.

Tras las canciones sorpresa llegó la despedida. La intérprete traducía las palabras de los integrantes, pero algunas frases no necesitaban esperar una traducción para ser comprendidas. Los “te amo”, las promesas de volver, los agradecimientos y las menciones a Lima se mezclaban con las lágrimas y los gritos. Cada palabra parecía insuficiente para resumir los años que habían transcurrido hasta ese encuentro.

La última canción resonó por todo el recinto. Into the Sun convirtió el amarillo en una promesa: si alguna vez llamaban, BTS correría a su encuentro; incluso en los días oscuros, encontrarían el sol. Aunque la distancia se interpusiera y el tiempo amenazara con agotarse, quedaría el recuerdo. Bastaba con seguir caminando hacia la luz para volver a estar juntos. Esa era la promesa de la canción con la que BTS se despedía de su ejército de estrellas.

Tras la última nota, las luces amarillas se volvieron blancas. El estadio comenzó a vaciarse, y el silencio, todavía frágil, se quebró entre sollozos y abrazos que parecían querer prolongar unos minutos más. Sin embargo, las ARMY Bombs permanecían encendidas.

Afuera, la noche se volvía una salpicadura de un ejército de luces. Una a una, se alejaban del estadio en manos de quienes emprendían el camino de regreso a casa o a sus hospedajes. Su resplandor se apagaba al cruzar cada puerta, pero hasta entonces las acompañaba, como si alguien las hubiera tomado de la mano para asegurarse de que llegaran a salvo. Después, las canciones volverían a los auriculares, a las pantallas de los celulares y a los miles de videos que atesorarían de aquella noche en las redes sociales.

La promesa, entonces, quedó pendiente una vez más. Algún día volverían a encontrarse sobre la misma tierra, con otras canciones retumbando en el pecho y miles de luces encendidas a su alrededor. Todavía no había una fecha para ese encuentro. Solo quedaba esperar hasta que llegara el próximo amanecer.