Mientras los fallecimientos por siniestros viales se mantienen, especialistas centran su atención en problemáticas que van más allá de la conducción: la formación de los conductores, el sistema de licencias y la escasa cultura vial del Perú.
Por Cynthia Carmen y Fabiana Ipanaqué
En el Perú, en promedio 8 personas mueren por siniestros viales cada día. Esta cifra hace referencia a los 2,979 fallecimientos ocurridos en las calles durante el año 2025. Si revisamos los decesos a lo largo de los años, estos varían ligeramente.
Sin embargo, las diferencias no son lo suficientemente sustanciales como para asumir que alguna política pública o medida pudo haber hecho un cambio consistente en este panorama. El comportamiento de las cifras demuestran un problema persistente y esto plantea una pregunta: ¿qué es lo que ha desencadenado que miles de personas pierdan la vida en las calles?
El problema más allá del volante
Aunque podríamos creer que los errores suceden cuando una persona comienza a conducir, no es totalmente de esa manera. Expertos como Lino de la Barrera, especialista en derecho del transporte, consideran que el sistema de licencias de conducir evalúa para aprobar, no necesariamente para manejar. “En realidad lo que hacemos es poner a prueba a las personas para que pasen un examen, no evaluamos su capacidad real para conducir”, declaró.
Un balotario que consta de 200 preguntas variables expone a que los futuros conductores tan sólo se preparen memorizando las respuestas en lugar de realmente aprenderlas a largo plazo. Acerca de ello, Luis Quispe Candia, presidente de Luz Ámbar, opinó sobre la sencillez de la evaluación. “El Ministerio publica 200 preguntas con sus respuestas. En dos o tres días las memorizan todas, no hay ninguna exigencia”, explicó el especialista.
Sin embargo, las deficiencias de la prueba no se limitan al listado de preguntas, ya que el examen práctico en circuitos cerrados no reflejan la experiencia de conducción real. “Van a un circuito cerrado, dan vueltas de dos o tres horas y ya están expeditos. No tienen ninguna experiencia manejando en la vía pública”, sostuvo Quispe. Esta falencia del sistema toma mayor gravedad debido a que nuestra capital es la ciudad del país que concentra mayor cantidad de siniestros viales por la densidad vehicular y poblacional.
El gerente general de la organización Transitemos, Alfonso Florez, coincidió en que el examen de manejo actual no refleja la realidad. “No basta con un perímetro cerrado. La prueba debería hacerse en la calle, con un instructor evaluando en la vida real”, señaló el ingeniero. Este modelo de calificación recuerda a sistemas como el estadounidense o el de Reino Unido en el que los futuros conductores se enfrentan a situaciones reales bajo supervisión.
Sin embargo, otra brecha determinante entre el sistema estadounidense y el peruano es que el proceso de obtención de una licencia en el país norteamericano requiere un mínimo de horas prácticas de manejo, las cuales varían en algunos estados.
Conducir es una responsabilidad
Los siniestros que protagonizan los noticieros generan indignación, pero también evidencian que la facultad de manejar un vehículo es una responsabilidad que exige sobre todo prudencia.
“Se confunde que conducir es un derecho, y en realidad es un privilegio (…) Un automóvil es como darle un arma de fuego a alguien: es un medio con el que se puede causar daño”, mencionó Lino de la Barrera.
A su vez, Luis Quispe consideró que el futuro conductor peruano es indiferente a lograr una correcta preparación para manejar, sus intereses son otros. “A la gente no le interesa capacitarse, lo que les interesa es tener el brevete en la mano”, añadió. La licencia de conducir ha dejado de percibirse como una responsabilidad y ahora se observa como un documento al cual acceder.
La responsabilidad del conductor yace desde su preparación para brindar el examen de reglas hasta el momento en el que está al volante, no solo aprender para la evaluación las normas. Al respecto, aunque el procedimiento solicita exámenes médicos con cierta regularidad, tanto para la emisión como renovación de licencias, dos de nuestros especialistas reconocen debilidades en torno a la evaluación psicológica.
“El examen psicológico es para reírse, es el mismo que te toman para cualquier trabajo”, declaró Florez. De igual forma, de la Barrera señaló que existen más riesgos en la conducción asociados a la salud mental que no son correctamente detectados. “No evaluamos rasgos esquizofrénicos, rasgos de psicosis ni la tolerancia a la frustración, que en una ciudad tan complicada como Lima puede generar consecuencias negativas”, indicó.
El caótico tráfico limeño cobra aún más relevancia al recordar que, según el TomTom Traffic Index, Lima ha estado entre las 10 ciudades más congestionadas del planeta en rankings recientes. En ese contexto, no sorprende la intensidad de emociones negativas que esta situación genera a diario entre los conductores.
Finalmente, el peso de la actitud del conductor sobresale más al situarse escenarios como la existencia de alcohol en la sangre al momento de rodar por las calles o el exceso de velocidad. “Si yo voy a exceso de velocidad y mato a alguien, ¿dónde está el accidente? (…) Es un hecho premeditado ya que he violado una norma de tránsito”, argumentó el ingeniero Florez.
¿Cómo lo solucionamos?
Si bien es cierto que, aunque existen las regulaciones vigentes, hay cerca de 3,000 muertes al año por siniestros de tránsito y durante más de dos décadas las cifras se han mantenido de forma similar.
Según Luis Quispe, esto revela que, si bien se manifiesta la necesidad en hacer cambios estructurales en el sistema, entre los más resaltantes es elevar la calidad en la que se evalúa a los futuros conductores. La memorización de las respuestas, en vez de comprender el porqué de las normas de tránsito, precariza el estándar con el que obtienen los permisos.
Otro factor importante es la cultura y educación vial porque, sin esta o un control efectivo, las normas terminan siendo ignoradas. “Esa criollada, esa viveza, la aplicamos al mundo del tránsito y del transporte”, declaró de la Barrera.
Debido a ello, las críticas hacia el tráfico y en especial la manera de conducir de los limeños son recurrentes. “Como no hay fiscalización ni educación, la gente genera su propia ley y conduce como le da la gana”, indicó Florez. Es así cómo incrementan conductas peligrosas como la normalización de conducir en estado de ebriedad o superar los límites de velocidad.
De acuerdo con la postura del especialista, una de las propuestas de mayor alcance y orientadas a la prevención de estos siniestros es la iniciativa de la educación vial como parte de la currícula obligatoria. Esta norma alcanzaría desde el nivel primaria hasta secundaria, e incluso en las universidades o institutos superiores.
Dicha perspectiva busca formar ciudadanos que aprendan, desde una temprana edad, las normas de tránsito y la responsabilidad que conlleva conducir y transitar por las calles. “El concepto de seguridad vial es compartido; no solo es culpa del conductor”, complementó Florez.
Frente a ello, la discusión sobre quién debería manejar va más allá del simple hecho de conseguir una licencia, porque conducir es un privilegio, no un derecho que debamos asumir como automático. Solo cuando las normas se cumplan de manera efectiva y nuestro sistema logre garantizar que quienes obtengan este permiso estén completamente capacitados será posible revertir una cifra lamentable que, año tras año, sigue cobrando vidas en las calles del país.
