Manos y corazón que acompañan

(Foto: Cynthia Carmen Rouillon)

Las risas y colores inundan una casa amarilla rodeada de edificios a pocas cuadras del Hospital Nacional Edgardo Rebagliati Martins de EsSalud. Sus pacientes más pequeños han despertado buscando los brazos que les brindan ayuda y consuelo cada jornada.

Por Cynthia Carmen

Prosperina amanece una mañana más lejos de Iquitos, su tierra natal. El aire frío de las mañanas en Lima le recuerda lo alejada que se encuentra de su ciudad. Se alista rápidamente, tratando de no pensar en que desearía que esta semana fuera la última en la que tendría que caminar hasta el Hospital Rebagliati junto a su pequeña Alejandra, quien lucha con valentía contra la leucemia.

Cuanto más pasan las semanas, el pequeño retoño pierde sus pétalos y se convierte, tras cada sesión de tratamiento, en una flor que se marchita, aunque sus raíces en la tierra permanezcan fuertes, aferrándose a la vida.

A pesar de la desafiante tormenta que rodea sus vidas, Prosperina y Alejandra encontraron hace tres meses un refugio en la Casa Ronald McDonald EsSalud. Este hogar temporal ubicado en la avenida Olavegoya, inaugurado en enero de 2014 en alianza con el Hospital Rebagliati, se erige como un cálido abrazo que protege a las familias, brindándoles todo lo necesario para enfrentar con coraje la enfermedad que afecta a sus pequeños.

Sin embargo, la Casa Ronald McDonald es mucho más que una simple vivienda; se ha transformado en su nuevo hogar, una amplia pradera floral donde, aunque muchas flores se están desvaneciendo, persisten rodeadas de risas, juguetes y los más reconfortantes abrazos.

Mientras Prosperina y Alejandra se dirigen una vez más al hospital, los niños, despiertan enfrentando la cortante mañana. A pesar del mal tiempo, salen emocionados de la mano de sus padres y hermanos hacia el comedor, donde el tibio desayuno les espera para calentarlos desde las 7 de la mañana.

Al primer respiro de la mañana, Maribel y Naomi, cocineras de la Casa Ronald McDonald, comienzan a preparar las 90 raciones. Cada plato, preparado con dedicación, no solo alimenta, sino que también reconforta, tanto en la casa como en la sala de uso diurno que se encuentra al lado.

A lo largo de la mañana, se les informa a las familias sobre las actividades del día a través de una pizarra con las últimas novedades. Como es habitual, en esta ocasión recibirán la visita de los trabajadores del Proyecto Legado, que como guardianes de un refugio lleno de vida, llegarán a la casita para jugar con los pequeños y sus padres.

Cada semana distintas empresas los visitan con su voluntariado corporativo, ayudando a que estos niños sigan irradiando luz a través del brillo de sus sonrisas, gracias a los juegos y la compañía.

Bajo un techo de fe 

Desde que abrió sus puertas, la Casa Ronald McDonald se convirtió en un respiro para las familias que llegan a Lima para que sus retoños reciban la atención médica necesaria según la afección que tengan.

El viaje comienza con una frase dolorosa para cualquier familia: que el niño sólo podrá seguir su tratamiento si se traslada a la caótica capital. En su ciudad no existen los especialistas, ni equipos ni terapias que puedan sostener su vida. 

Con esta noticia, las familias acuden al área de ayuda social del hospital donde venían luchando por la salud de su hijo, buscando algún refugio en medio del torbellino que les espera en la urbe limeña. Desde ahí inicia la observación con lupa sobre la condición del agotado capullo: la posibilidad de que empeore, la situación económica familiar y otros factores que inclinan la balanza para decidir dónde serán recibidos

Sin embargo, llegar a un hogar temporal como la entrañable casita amarilla es una burbuja entre el resto de albergues. Sostenida por Ronald McDonald Charities, la asociación con EsSalud y un sinfín de compañías y organizaciones que apoyan la iniciativa, es mucho más que un cimiento donde descansar en las noches de incertidumbre.

El acompañamiento no se limita a lo material. Entre estas cuatro paredes brotan palabras que calman, abrazos que sostienen y una fe que se comparte sin imponerla. La Casa Ronald McDonald se vuelve un espacio en el que la familia se junta para que los retoños puedan empezar a florecer otra vez.

Las familias llegan completas, como ramas de un mismo tronco, con los más cercanos al pequeño siempre a su lado. La misión de la casita es mantenerlos juntos durante el tratamiento: la familia no es únicamente un lazo de sangre, sino una raíz que sujeta al menor mientras atraviesa la tempestad de la enfermedad. Se considera que el calor de quienes aman al retoño son indispensables para sentar un terreno fértil en el que germine la fuerza necesaria para que el niño siga adelante.

El cuarto mágico

La tarde se despliega con su luz dorada, y los niños juegan alegremente en la sala de juegos, mientras sus padres descansan en la sala de estar, donde el tímido sol comienza a asomarse a través de las ventanas. De repente, el timbre de la entrada resuena en toda la casa: un niño nuevo ha llegado.

Tanto Emery como Iris, quienes se desempeñan como asistentes de la Casa Ronald McDonald, se acercan presurosas a la entrada para recibir a la nueva familia. Luego de una entrevista junto a los padres, acercan al niño a una puerta especial en la sala de juegos. Sobre ella, un cartel anuncia: «Cuarto mágico», como si fuera la entrada a un mundo donde la imaginación gobierna.

Al abrir la gran puerta, cuya inmensidad hace aún más pequeña la silueta del niño, lo adentran hacia lo que parece ser un paraíso extraído de sus sueños. Las repisas deslumbran los ojos del pequeño: cientos de juguetes por todo el diámetro de la habitación. “Elige uno de estos juguetes y será totalmente tuyo”, menciona la asistente sonriendo, mientras se aleja dejando al niño inmerso en la emoción.

Por otro lado, a la familia se le hace un recorrido guiado por todos los rincones de la sede de Jesús María. Habitaciones listas para recibir familias enteras, baños cómodos, lavandería, cocina, sala de juegos, sala de usos múltiples y más. De esta forma, los encargados se aseguran de mostrarle tanto a la familia como a los niños que, a pesar de encontrarse lejos de sus casas, han llegado a un lugar seguro, en donde además de satisfacer completamente sus necesidades la felicidad de sus pequeños nunca estará ausente; tal como ocurre en sus propios hogares.

Los trabajadores del Proyecto Legado llaman a todos los miembros de la casa al patio a jugar vóley. Aunque Prosperina y Alejandra ya han llegado, el pequeño brote se encuentra muy cansado, así que su madre, con ternura, decide llevarlo a descansar en su habitación en el piso de arriba. En el segundo piso se alojan los retoños más frágiles, cuyas raíces son las más delgadas.

A pesar que la alegría reina en el ambiente, la melancolía cala hondo el corazón de Prosperina. Ella desearía que su niña pudiera jugar con el resto, pero al menos por el momento, esa ilusión se disuelve en la realidad que la rodea. La pequeña, como una flor que se apresuró a comenzar a secarse, debe dejar su delgado tallo descansar. 

Semillas de cambio

Todos juegan en el patio, compitiendo entre ellos con fervor. Los miembros de Legado, que ni en los Juegos Panamericanos habían presenciado almas tan aguerridas, observan asombrados. Cada salto y movimiento es un paso más hacia la meta, desafiando cualquier obstáculo en su camino hacia la victoria.

Al finalizar el desafiante partido, con el equipo de la casita amarilla como ganador, los trabajadores se separan de los niños, prometiéndoles volver para jugar de nuevo. Mientras Alejandra se despide por una de las ventanas, en cada uno de los visitantes late el deseo de regresar y saber que cada uno de las florecillas regresó a su ciudad completamente sano.

Liderados por el coordinador de voluntariado, Fernando Peñaranda, los voluntarios recorren incansablemente las instalaciones de la Casa Ronald McDonald. La mayoría de ellos pertenece a la tercera y cuarta generación de este grupo. Una cadena de ayuda que se renueva buscando reunir el mejor espíritu solidario.

Para formar parte del equipo, cada postulante debe atravesar un proceso de tres meses, durante los cuales se combinan la práctica diaria bajo supervisión con una comprensión profunda de la misión que sostiene el proyecto. Al final, un examen marca el paso definitivo: solo aquellos que demuestren estar preparados obtienen el título de voluntario oficial de Ronald McDonald Charities y serán asignados a alguna de las sedes.

Dayana Ayala, una estudiante de los últimos años de Psicología, llegó hace tres semanas a la Casa Ronald McDonald para comenzar su periodo de prueba como voluntaria. Desde entonces, cada día ha sido un aprendizaje, un paso más hacia el lugar que tanto anhela.

Después de aprobar el examen y convertirse en una voluntaria oficial añora poder afiliarse al grupo de psicólogos que contribuyen al proyecto. Aunque sabe que, desde su posición actual, ya está aportando a la causa, Dayana anhela el día en el que su carrera se alinee con su labor en la Casa.

“Desde que he entrado a la casa no he visto rostros nuevos, son los mismos niños” menciona mientras ve a los pequeños jugar. La Casa Ronald McDonald lo tiene todo: calor, apoyo y alegría, lo único que falta es más espacio. Afuera, por los lugares más vulnerables de nuestro país, la lista de flores a la espera de ser acogidas por este hogar se alarga día a día. 

Cada niño que aguarda en esa lista es una vida llena de sueños pausados, esperando la oportunidad de florecer bajo el cuidado de este refugio que procura iluminar los días más oscuros de una comunidad vulnerable, donde la enfermedad los obliga a abandonarlo todo y venir a la capital. Lugares como la Casa Ronald McDonald no deberían existir, pero son el resultado de una sociedad compasiva ante una injusta desigualdad que desafía a los tiernos botones que sólo desean sobrevivir.

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