La ansiedad dejó de ser un tabú para la Generación Z, pero las cifras y los especialistas advierten que el problema tiene más factores de los que podemos creer conocer.
Por Mauricio Mendoza y Thiago Castañeda
La Generación Z —aquellos nacidos entre 1997 y 2012— se ha ganado el apodo de «la generación ansiosa» no por nada, ya que los números lo respaldan. Una encuesta de la consultora Gallup difundida en 2025 encontró que apenas el 23% de los adultos Gen Z califica su salud mental como «excelente».
En la misma línea, un reporte de Harmony Healthcare IT del año pasado señaló que casi la mitad de la “Gen Z” que vive en EEUU (46%) ya recibió un diagnóstico formal de algún trastorno de salud mental, siendo la ansiedad el más común, seguido de depresión y trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH).
Pero hablar de ansiedad puede ser engañoso, porque bajo esa misma palabra cabe casi cualquier cosa, desde los nervios antes de un examen, hasta esa sensación de no dar abasto. Todo eso es real, pero no es lo mismo porque una cosa es sentir ansiedad de vez en cuando, y otra muy distinta es vivir con un trastorno de ansiedad diagnosticado. Esa diferencia no es un detalle menor, dado que marca si lo que enfrentan los zoomers -como también se les llama- es más estrés del día a día o un problema de salud mental que requiere tratamiento.
Trastornos mentales en la Gen Z
Las cifras globales arrojan un cuadro preocupante, aunque los datos cobran mucho más peso cuando se ponen en perspectiva nacional. En el Perú, donde la salud mental rara vez ocupa un lugar de debate, los números también hablan de una juventud que carga más de lo que podría aparentar. Según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar del INEI de 2022, casi un tercio de los jóvenes peruanos de entre 15 y 29 años reportó algún problema de salud mental o emocional.
Por otro lado, el MINSA, a través de su Línea 113, confirmó el patrón desde otro ángulo: entre enero y julio de 2025, los jóvenes de 18 a 29 años hicieron 12,267 consultas por bienestar emocional, y la ansiedad fue la segunda causa más frecuente, justo detrás de los trastornos relacionados al estado de ánimo.
Karen Rázuri, psicóloga y docente, señala que todo empieza por un detalle que pocos consideran. Ella plantea que la ansiedad no es una emoción primaria, como el miedo, sino una que aparece recién cuando el cerebro aprende a imaginar el futuro. Asimismo, añade que el giro hacia lo patológico ocurre cuando esa función pierde su propósito.
«En un trastorno de ansiedad, la respuesta fisiológica y estas preocupaciones ya no son tan específicas. De repente la persona se siente preocupada o ansiosa y no hay un motivo claro que lo desencadene», explica la especialista.
En la misma línea, Amílcar Ramírez, psicólogo y parte de la Defensoría Municipal del Niño y del Adolescente (DEMUNA), confirma que la frontera entre lo manejable y lo patológico se está cruzando con más frecuencia, ya que «los trastornos de personalidad, de ansiedad o depresión se han seguido incrementando cada vez más”. Agrega que la pandemia fue el quiebre que aceleró esa curva.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la prevalencia global de ansiedad y depresión subió 25% solo en el primer año de la pandemia, un salto que un artículo académico de la revista Invecom sobre adolescentes peruanos post-confinamiento también documenta y confirma a nivel local. Lo que complica el diagnóstico, sin embargo, no es solo clínico, sino también cultural.
Rázuri destaca que las redes sociales han llenado el lenguaje cotidiano de etiquetas que no siempre corresponden a lo que describen. «Si empezamos a mirar las redes sociales, escuchar diversos casos y ponernos etiquetas, terminamos contribuyendo a generar desinformación sobre qué es lo esperable», advierte.
Las redes sociales y la ansiedad
Cabe destacar que las redes sociales no son ajenas a este panorama. Para la Generación Z, plataformas como Instagram, TikTok o X no son solo espacios de entretenimiento: se consideran un lugar donde se construye la identidad, se busca validación y se mide el valor propio en likes y vistas. Y esta dinámica viene a un costo.
El uso prolongado de estas redes sociales se ha asociado con mayores niveles de ansiedad social. Algunos especialistas denominan a esta comparación constante como fear of missing out (FOMO), la sensación persistente de estar quedándose atrás. Para los zoomers, la adolescencia y adultez temprana son precisamente las etapas en que se construye su identidad, y ese proceso hoy ocurre en los espacios digitales.
El problema no es solo el tiempo de pantalla. Es la naturaleza de lo que se consume. Rázuri explica que estos espacios digitales están diseñados para mantener la atención. «Aparece un video corto, impactante, nos genera una emoción y rápidamente pasa al siguiente», complementa. Ese ciclo de estímulos constantes está relacionado con la liberación de dopamina y puede derivar en un uso problemático.
Los algoritmos priorizan contenido que genera reacción, lo que muchas veces significa ansiedad, indignación o inseguridad. La exposición sostenida a cuerpos idealizados, vidas aparentemente perfectas y opiniones polarizadas construye una percepción distorsionada de la realidad que, con el tiempo, pasa factura.
A ello se suma lo que Ramírez observa en su práctica clínica: el uso excesivo de pantallas no se queda en el plano emocional. Según él, puede desencadenar síntomas físicos como taquicardias, dificultades para relacionarse y una impulsividad intensa que complica la dinámica familiar. «Ya estamos hablando de un problema de adicción», señala, pues como cualquier otra adicción, genera resistencia cuando se intenta poner límites.
Gen Z y los retos de salud mental
Sin embargo, algo distingue a esta generación de las anteriores: la disposición a hablar de lo que siente. A diferencia de los Millennials o la Generación X, que en muchos casos crecieron con el estigma de que la salud mental era un tema privado o incluso vergonzoso, los zoomers lo han convertido en conversación pública. Buscan terapia, la mencionan sin pudor y exigen que los espacios laborales, educativos, digitales, entre otros, los tomen en cuenta.
Rázuri, por su lado, lo confirma desde su experiencia docente. «A diferencia de cuando empecé a enseñar, dónde encontrar uno o dos casos de estudiantes con problemas de ansiedad era algo poco común, actualmente es mucho más frecuente», declara.
Esa mayor visibilidad no es señal de que la generación sea más frágil, sino de que hay más conciencia respecto a la salud emocional y una mayor disposición a reconocer y expresar lo que se siente.
Eso no lo resuelve todo. Ramírez advierte que el acceso a la ayuda profesional sigue siendo desigual y que muchos padres aún perciben la salud mental como un tema reservado para casos extremos. «Piensan que la salud mental es solamente para locos», señala.
Sin embargo, también apunta que existen alternativas accesibles: centros de salud mental, postas médicas y organismos como el Instituto Nacional de Salud Mental (INSM) ofrecen atención gratuita o a bajo costo para quienes no pueden costear una terapia privada.
En ese contexto, algunas acciones concretas pueden marcar la diferencia. Rázuri propone dos ejes clave: regular el tiempo de uso de redes sociales y ser conscientes del contenido que se consume. «Debemos aprender a identificar qué tipo de perfiles o publicaciones pueden ser contraproducentes para nuestra salud mental», indica.
La salud mental no es un lujo ni una debilidad. Y un diagnóstico no define a una persona, sino que describe una condición. Cada vez más, para la Generación Z y el resto de la población la salud mental está dejando de ser un tabú. El desafío ahora es pasar del reconocimiento a la acción, es decir, pedir ayuda, establecer límites, no definirse por etiquetas y recordar que lo que otros muestran en redes es solo una parte de su experiencia, no un reflejo de la realidad.
