Los jóvenes del mundo se enfrentan a sus gobiernos de turno mediante una serie de protestas que buscan cambiar el rumbo de sus historias. ¿Su poder de convocatoria a través de las redes sociales podría estar conformando una nueva forma sólida de participación política?
Por Matias Illescas y Daniela Ramos
En los últimos meses se han registrado una serie de protestas en distintos países del mundo. Las razones variaron de un país a otro, pero en todos los casos quienes encabezaron las manifestaciones fueron los jóvenes de la generación Z, nacidos entre 1997 y 2012. Nepal, Bangladesh, Madagascar, Paraguay y, recientemente, México -donde hubo marchas el pasado sábado 15 de diciembre- fueron escenarios de estas movilizaciones.
Perú también ha tenido varias manifestaciones promovidas por este grupo de jóvenes, que reclaman medidas efectivas del Gobierno para combatir la ola de criminalidad que afecta a diversas ciudades del país. Esta generación, por lo tanto, ha demostrado un carácter contestatario y rebelde frente a sus autoridades. Las redes sociales y la digitalización fueron aprovechadas para difundir convocatorias y sumar la mayor cantidad de personas posible. Ante ello, ¿podríamos hablar de una generación más activa políticamente?
El actuar de la generación Z
Uno de los primeros casos fue el de Nepal, donde los jóvenes protestaron acusando al Gobierno de corrupción y rechazando la prohibición de las redes sociales impuesta por las autoridades. La movilización terminó con la dimisión del primer ministro K.P. Sharma Oli y la quema de varios edificios públicos, incluido el Parlamento. Así como en Nepal, las manifestaciones de este grupo -que llevaba la bandera de Luffy del anime One Piece como símbolo de rebeldía- se extendieron por distintos países.

El fenómeno evidencia una generación dispuesta a reclamar por lo que quiere, grupo que representa alrededor del 23% de la población mundial según un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) publicado en 2024. Gran parte de sus integrantes está empezando a trabajar, a conocer las realidades políticas de sus países y entender las desigualdades de sus sistemas, especialmente en los que están en vías de desarrollo, donde se han registrado las protestas.
“Es la reacción frente a las imposiciones. Por lo general, sobre todo cuando hay contextos o atmósferas de cambio, esa imposición siempre va a molestar. Y si hablamos desde un punto de vista político y social, no solamente son las imposiciones de la atmósfera cultural, sino también política y económica porque sienten que las expectativas como sociedad, como jóvenes, están limitadas”, explicó el magíster en estudios sociales y políticos, Juan Carlos Vela.
Para el especialista, la novedad no está en el malestar frente a los problemas, sino en la forma en la que han logrado desfogar ese malestar. Esta es la primera generación “nativa digital”: no vivió la transición, sino que nació después de la digitalización. En ese sentido, ha optado por usar las redes sociales como forma de expresar su disconformidad y malestar con el objetivo de reunir a la mayor cantidad de personas posibles para las movilizaciones.
“Tenemos mecanismos para que el malestar fluya. Hoy esa fluidez se canaliza a través de las redes sociales. Entonces, a diferencia de antes, existen muchas más formas de manifestar lo que está ahí aguantado, o a punto de explotar”, afirmó Vela. En palabras del experto, no solo aparece el discurso juvenil, sino el de las subculturas juveniles porque el anterior llegaba a esconder lo hegemónico, conservador y dominante. “Hoy, en la juventud está lo subalterno, lo que estaba luchando por aflorar”, complementó el magíster.
Pero esto no solo implica que se reúnan para protestar. La generación Z peruana, por ejemplo, busca cambios concretos en la política, como la derogación de las denominadas “leyes procrimen”, o en algunos casos, la renuncia de Boluarte y ahora de Jerí. Podrían, por lo tanto, estar desarrollando nuevas formas de participación política que influyan en nuestro sistema democrático.
Una nueva forma de participación
Para una generación nacida en medio de crisis políticas, además de ser un sitio donde puedes compartir aspectos de tu vida, las redes sociales conforman un nuevo medio de convocatoria y reunión. Mensajes contundentes, afiches e ilustraciones digitales ocupan un lugar en medio de la marea de información que ofrecen estos nuevos espacios.
El politólogo Caleb Rojas Castillo reparó en que las redes sociales permiten que los jóvenes se organicen de manera más ágil y salgan rápidamente a las calles, generando cierta presión política en las autoridades. “Los movimientos en la red pueden aumentar la imprevisibilidad de los conflictos. Lo vimos en las marchas contra Merino de la Generación del Bicentenario, las protestas contra la Ley Pulpín en el 2015, o el tema de la repartija en el 2013”, aclaró.
Más allá de las marchas, también se han observado campañas digitales que buscan generar conciencia entre sus pares. En épocas previas a las elecciones presidenciales, surgen movimientos con hashtags como #PorEstosNo que promueven el voto informado. El mensaje transmite un rechazo hacia los partidos políticos que se encuentran actualmente en el Congreso y una crítica a las leyes que impulsaron. Este activismo digital se consolida como una nueva forma de participación política.
Estos perfiles funcionan como una suerte de voluntarios cívicos digitales. Producen contenido con intención pedagógica, explicando y difundiendo temas políticos de manera accesible. De esta forma, generan un espacio donde la información se vuelve más democrática gracias a un lenguaje sencillo, cercano e incluso humorístico, lo que permite mostrar que los asuntos políticos también impactan a quienes antes se mantenían al margen. Sin embargo, esto puede ser un arma de doble filo.
“El formato de entretenimiento contribuye a que la burla sea la norma y que eso precisamente trivialice la participación democrática, que la tomen a la ligera y que eso sea instrumentalizado por otros discursos”, resaltó Rojas.
Este humor es aprovechado por diversas figuras en el poder: lo vimos con Martín Vizcarra y sus tiktoks en los que ironizaba su proceso de captura por acusaciones de corrupción, y lo vemos actualmente en el caso del presidente José Jerí, cuya imitación por un influencer casi idéntico a él podría terminar eclipsando las acusaciones en su contra que a inicios de este año enfrentaba.
A pesar de esto, estas jornadas han tenido algunas victorias frente a las peticiones de los jóvenes. Las marchas realizadas a mediados de septiembre de este año contra la reforma de pensiones logró que se modificaran los puntos más controversiales de esta. Asimismo, el 9 de octubre el Congreso presentaba una moción para destituir a la expresidenta Dina Boluarte de su cargo. Si bien algunos de estos resultados pueden haber estado influenciados por intereses de algunos actores políticos, lo cierto es que la generación Z ya estaba tomando fuerza. O eso aparentaba.
¿Un grupo políticamente sólido?
Una de las mayores críticas a este grupo de jóvenes es que, a pesar de sus intentos por involucrarse más en los problemas que acontecen en el país, su participación termina por ser esporádica y poco profunda. Esta situación se debe a condiciones que van más allá de las voluntades y capacidades de esta generación.
Un estudio reciente del Grupo de Investigación de Mercados de la Universidad San Ignacio de Loyola (USIL) mostró que más de la mitad de los jóvenes tiene una visión pesimista sobre el futuro del país. En un contexto donde haber tenido ocho presidentes en los últimos diez años evidencia nuestra inestabilidad política y económica, el 72% de los jóvenes encuestados afirma tener la mirada puesta en el exterior y proyecta construir su futuro allí.
Sumado a este panorama, la juventud se enfrenta a partidos políticos poco sólidos y coherentes, lo cual genera un ambiente confuso para que sientan identificación con alguno de estos. “Hay una cuestión estructural bastante limitada porque cada vez los jóvenes son menos militantes, cada vez la gente participa menos en partidos políticos como tales. Entonces no hay una consecución o una correlación entre expectativa política, entre militancia digital y militancia participativa tradicional”, sostuvo Vela.
Para el especialista, los jóvenes presentan una actitud más orientada a la denuncia que a la fidelidad hacia los partidos políticos actuales. Sin embargo, muchas veces esta actitud se dirige también entre los mismos integrantes. Plataformas como X, antes Twitter, se han convertido en espacios donde el debate propicia una polarización que dificulta la formación de un frente cohesionado capaz de unir fuerzas en una misma dirección.
“No se ha visto articulación de los universitarios como en otras marchas. Por ejemplo, en la marcha contra la Ley Pulpín vimos una coordinación de San Marcos, La Católica, Villarreal y La Agraria. Ahora no hay decisiones incluso dentro de las mismas”, apuntó el politólogo Rojas. En este contexto de polarización, la estigmatización de las protestas aparece como un elemento más que añade leña al fuego.
Términos como “caviar” o “terruco” han sido utilizados por las autoridades de manera despectiva para referirse a algunos jóvenes manifestantes. Para Vela, este fenómeno no ocurre únicamente en nuestro territorio. “Tenemos que en Estados Unidos pasan los famosos woke, entonces, finalmente vemos que esto no es una cuestión solamente peruana o latinoamericana. Es una criminalización y una estigmatización de la protesta”, advirtió.
En un panorama donde solo el 10% de los jóvenes está dispuesto a participar activamente en la política, según el informe de la USIL esta generación está buscando otras formas de liderazgo. Para ambos especialistas, aún quedan puntos por reforzar: un frente cohesionado, una comunicación más articulada, y una actitud tolerante hacia quien piensa diferente.
