Colas, manitas, orejas y cabezas de peluche. La melodía del k-pop resonando por las calles. Así nos recibió el distrito de Miraflores este 31 de octubre por Halloween. Miembros de la comunidad furry, disfrazados de animales, recorrieron las avenidas repartiendo dulces y alegría a los más pequeños, enfrentando las miradas críticas y las burlas de siempre.
Por Igor García
Personajes terroríficos, superhéroes y princesas de Disney dejaban de ser solo fantasías para cobrar vida en esta temible fecha. Son las 7 pm. del 31 de octubre en el centro comercial Larcomar. Bajo las luces tenues y sombras alargadas, figuras de todas las edades desfilan envueltas en capas, máscaras y disfraces que mezclan lo adorable con lo inquietante, una fiesta que ocurre entre un sueño y una pesadilla.
Entre todos esos rostros pintados, destaca un grupo que roba las miradas y despierta susurros. Decenas de individuos se congregan alrededor de una fuente vacía. La mayoría viste trajes de animales, transformados en un carnaval de colores y texturas que parecen querer desafiar la monotonía de la noche. Ríen, charlan y se mueven al ritmo del k-pop. Los furros están en su mundo, un espacio donde cada gesto es una celebración de su libertad para ser ellos mismos.
Irrumpiendo en Lima
Aún es temprano, por lo menos para una fecha como esta, Halloween. A través de las redes sociales, la comunidad furry con su cuenta llamada Fur Raymi había anunciado su recorrido especial para este espeluznante día, programado para iniciar a las 5 p.m. en el parque Raúl Porras de Barrenechea, a un paso del bullicioso Parque Kennedy y resguardado por la Iglesia Virgen Milagrosa.
Con el reloj marcando la hora señalada, no parece suceder nada extraordinario. Los gatos, como es habitual, merodean el lugar, mientras que personajes de cuentos con calabazas en manos deambulan por ahí. Solo llama la atención un grupo de jóvenes vestidos de manera cotidiana, ajenos a la magia de una jornada tan especial.
En un abrir y cerrar de ojos, la calma se quiebra como un cristal al caer. Los felinos, sintiendo el acecho de una cacería, corren despavoridos. Tras ellos emergen figuras imponentes: animales salvajes como lobos, zorros y osos que, bajo las últimas luces del crepúsculo, cautivan a los espectadores con su presencia casi mítica. Resulta que aquellos jóvenes comunes aún se encontraban despojados de su auténtica esencia.
Ahora, algunos están vestidos con su verdadera piel, compuesta principalmente por orejas, colas, manitas y cabezas de animales, mientras que otros se apresuran en armarse con su pelaje, queriendo lucirlo con orgullo. Poco a poco, el parque se fue transformando en un escenario encantado donde la comunidad furry despliega su magia, dando inicio a sus preparativos para celebrar Halloween a su manera.

Aquel grupo aún era pequeño, un reflejo de los primeros pasos de esta tendencia en el país. Hace diez años, fueron apenas cinco entusiastas los que, unidos por su fascinación por los animales, se reunían tímidamente en Campo de Marte del distrito de Jesús María, pero que, con el paso del tiempo, como ríos que convergen, se sumaron más miembros, haciendo crecer esta peculiar familia.
De igual forma sucedió en ese momento. Transcurrieron los minutos y más integrantes comenzaron a sumarse. Aunque no alcanzaron las mil personas que tienen en redes sociales ni los 423 asistentes de su evento principal en agosto, la mancha de furros compuesta por decenas de ellos bastaba para llenar el ambiente de camaradería y una energía desbordante.
Más allá del traje
Veinte minutos después de la hora programada, el grupo de furros comienza su marcha. Con entusiasmo, inician su recorrido preestablecido, comenzando en el parque anteriormente mencionado y moviéndose hacia Larcomar para concluir en el Parque Kennedy a las 8 p.m.
Sin embargo, hay algo que no encaja y que rompe con la expectativa: no todos llevan trajes completos. Algunos solo exhiben una cola esponjosa, unas orejas puntiagudas o un collar que deja entrever su vínculo con la comunidad. Otros, más discretos, van sin ningún accesorio que los delate, lo único que los une es el paso firme que acompaña a la manada que se forma a lo largo de la avenida José Larco.
En medio de la multitud, un joven curioso se acerca a una chica enérgica con una enorme cabeza de zorro, intrigado por su llamativo disfraz y los variados estilos de los demás. “Nadie en el fandom está obligado a tener un traje”, comenta Marizza, una furra orgullosa de su traje que encarna a Conie Kitsune, su personaje animalesca creado por ella.
Mientras caminan rumbo a su primer destino, el diseño de los disfraces se convierte en un espectáculo en sí mismo. Algunos, confeccionados con felpa y con detalles minuciosos, se mueven con una gracia sorprendente que se asemeja a un verdadero animal. Otros, hechos con materiales más sencillos como cartón y tela, no dejan de reflejar la dedicación y la pasión de sus creadores, quienes prefieren hacerlos ellos mismos. Cada pieza implica una inversión significativa, ya sea de dinero, tiempo o creatividad.
Pero, ¿cuánto cuesta hacerse un traje así? No pude resistir la curiosidad y me acerqué a un panda que parecía estar a la cabeza del pelotón. Tal como imaginaba, él era el organizador del evento y uno de los pioneros de la comunidad. Aprovechando un cambio de semáforo que detuvo la marcha, accedió amablemente a responder algunas preguntas.
“Como siempre decimos, ser furro es un lujo”, comenta Augusto, cuyo personaje se denominaba Blick Panda, el cual ya es casi una leyenda en la comunidad. ”Hay algunos trajes muy económicos que cuestan unos S/. 300 o S/. 400, y otros más elaborados que pueden superar los S/. 2000”, explica, dejando en claro que vestirse o no como furro no determina la autenticidad. Finalmente es una cuestión de quien quiera y pueda hacerlo. La esencia va más allá de un traje.
Una misión infantil
Desde el punto de reunión, a cada furro se le asignó una canasta con dulces de diferentes sabores, pero no estaban destinados para ellos. A lo largo del recorrido, estos peludos se convirtieron en una especie de héroes inesperados para los pequeños, repartiendo con alegría. Los niños, fascinados por sus figuras y trajes, recibían los caramelos como si fueran verdaderos tesoros de Halloween. “¡Gracias, señor lobo!”, exclamó un pequeño zombie mientras recibía un chupetín de manos de un furro, aplaudido por una vampira adulta que lo acompañaba.
A medida que avanzaban, los furros abrían su camino entre las sonrisas agradecidas de los niños, siendo recibidos con una mezcla de sorpresa y admiración. Estos jóvenes de entre 18 a 26 años conocen bien el arte de disfrazarse y se adentran en ese mundo casi a diario. No obstante, en esta ocasión, aprovecharon para compartir su tradición con los más pequeños, queriendo dejar una huella en sus memorias.
Alrededor de las 7 p.m. al llegar a Larcomar, el grupo se tomó un merecido descanso y, uno a uno, volvió a su forma humana. Todos, al quitarse sus cabezas, revelaron rostros sudorosos, demostrando gestos de alivio. Entre risas, se acomodaron en una pileta vacía que, a pesar de su abandono, parece cobrar vida por quienes lo rodean. Pusieron “Wannabe” del grupo musical de k-pop ITZY y tomaron un respiro, participando en un pequeño sorteo organizado por la comunidad, celebrando el día con la misma emoción que habían obsequiado a los demás.
De pronto, una escena encantadora llamó la atención. Flavio, un pequeño que sostenía la cabeza de un lobo de peluche, jalaba a su madre y señalaba emocionado. “¡Mamá, ellos son! ¡Al fin los encontramos!”, gritaba sin poder contener su emoción. Con algo de timidez, se abrió paso entre los furros y fue recibido con una lluvia de dulces y gestos de cariño. No importaba su corta edad, pues, para ellos, era un nuevo amigo que compartía la magia de Halloween y el espíritu furry al igual que todos.
Prejuicios y desafíos
El evento estaba llegando a su fin. De regreso en el Parque Kennedy, los furros se abrazaban y despedían, agotados pero felices. Sin embargo, un comentario rompió la armonía del momento. Desde unos metros más allá, Carlos, un adolescente acompañado de su amigo, lanzó un grito que resonó en el lugar. “¡Corre, son furros!”, y ambos se alejaron rápidamente, como si hubieran visto algo perturbador.
No hubo reacción en el grupo, parecía que era una situación común para ellos. Lo sucedido era un recordatorio de los malentendidos y prejuicios que rodean a esta comunidad fandom. Lo había hablado antes con Blick Panda, líder de Fur Raymi, quien me explicó cómo muchas personas aún los ven de manera incorrecta y los ridiculizan, tal como sucedía hace años con los otakus. “Nos ven como algo raro y nos toman a la burla”, confiesa Blick, mientras ajustaba con orgullo su traje. Halloween, pensé entonces, parecía la noche ideal para que los furros pudieran ser ellos mismos sin tapujos, integrándose en la festividad donde disfrazarse es lo más natural del mundo. No pude estar más equivocado.
El eco de aquel grito hacía evidente que, para los furros, su ritual de autenticidad y autoexpresión aún enfrenta barreras. El anhelo de celebrar una noche libre de prejuicios y restricciones sigue siendo un sueño, pero uno que parece cada vez más posible. Estos jóvenes, a pesar de todo, demuestran que su pasión no se apaga.
A medida que el grupo comienza a dispersarse, una atmósfera de camaradería queda en el aire. El parque, que minutos antes rebosaba de personajes salvajes y coloridos, va quedando vacío. Aunque algo permanece: una promesa silenciosa de que volverán a encontrarse con la misma energía y disposición para celebrar sus singulares pasiones, sin importar el día ni el lugar.