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Las redes sociales en el siglo XXI: ¿Conectados o hipnotizados?

La era digital tiene a toda una generación completamente fidelizada y adicta a sus plataformas, ¿o eso creíamos? Un grupo de jóvenes demuestra que es posible vivir ‘desconectados’ del mundo virtual y, más bien, enfocados en disfrutar de la vida ‘real’.

Por: María Fernanda Paredes para el Taller de Crónicas y Entrevistas

París. Hablar de amor y no pensar automáticamente en esta ciudad resulta algo imposible. La capital francesa tiene un encanto que enamora a cualquiera. La Torre Eiffel deslumbra con sus 300 metros de altura, el museo del Louvre no se queda atrás con las colecciones privadas de la monarquía y las infaltables catacumbas son perfectas para los visitantes más valientes. En otras palabras, el lugar al que todos lo tienen en un altar. Sin embargo, hay algo en lo que este país gana por partida doble: el fin a la adicción por las redes sociales. 

Un estudio a cargo de la revista El Mundo señala que ocho de cada 10 adolescentes revisa su teléfono apenas abren los ojos. Sin embargo, en la ciudad de la luz un grupo ha decidido poner freno a la vorágine de internet para dedicarse a vivir una vida real. ¿Esto puede ser posible? ¿Existe gente que puede vivir sin mandar un whatsapp o like de Instagram? Probablemente esta duda esté pasando por tu cabeza, pero en realidad se trata de una nueva tribu, exótica pero cada vez más numerosa: la de los “desconectados”. 

Las historias de los “desconectados”

David Macián, conocido cineasta, toma asiento y no se arroja ansioso a comprobar si le ha llegado un mensaje de WhatsApp ni mucho menos una notificación de Twitter. Lo único que le interesa es su auténtica reliquia, una pieza de anticuario. Un viejo Nokia con ocho años de servicio a las espaldas, abollado y con las esquinas bastante esquilmadas. No tiene conexión a internet, sirve única y exclusivamente para hacer y recibir llamadas y uno que otro mensaje de texto. La batería es una cosa alucinante, puede durar una semana y en algunas ocasiones hasta mucho más. Quizás al leer esta descripción se visualiza a Macián como un marciano anticuado que vive en su burbuja y no habla con nadie. Sin embargo, ocurre todo lo contrario, sale constantemente a divertirse y vivir su juventud. “Mis amigos saben que no tengo redes sociales ni mucho menos WhatsApp, así que cuando necesitan de mí, me tiran una llamada. No es tan difícil”, señala. 

Igual es el caso de Puig Punyet, a quien este asunto no solo le ha llevado a desconectarse completamente de lo digital, sino que también se animó a escribir un libro sobre ello. “La gran adicción: Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo”, lo llamó. Punyet junta testimonios de personas que, como él, han decidido desconectarse de las redes no por romanticismo sino por salud y calidad de vida. Es así como llegó hasta Philippe, un comercial francés que se quedó en el paro hace unos tres años. Triste y desempleado, actualizaba día y noche todas las plataformas de búsqueda de empleo. Se volvió loco, la ansiedad y frustración de no encontrar trabajo lo consumía. Hasta que un día, en una de sus búsquedas obsesivas, descubre el libro de Punyet. Philippe pensó que se trataba de una estafa, pero estaba tan desesperado que decidió aplicar los consejos escritos en las páginas. Después de mucho tiempo, los rayos del sol iluminaban el rostro del comerciante. Philippe había decidido salir a las calles, confiado y con su currículum en mano recorrió varias empresas. ¿Qué creen? Le salió trabajo. Y no solo eso, se dio cuenta de algo más: el increíble poder del trato directo. Antes de firmar el contrato, una de las cláusulas más importantes era desempeñar su empleo sin echar mano de internet, recurriendo a las relaciones personales entre los trabajadores. Philippe lo entendió todo, las redes habían consumido buena parte de su tiempo que ya era como su rutina tóxica. Es ahí donde se sumó al gran grupo de “los desconectados”.

Así como las historias de Macián, Punyet y Philippe encontramos muchísimos más testimonios de personas que pertenecen a esta nueva tribu. Y no hablamos de místicos o ermitaños que deciden aislarse del mundo; nos referimos a urbanistas, gente de ciudad, nativos digitales que crecieron al amparo de la red. Lo que buscan es demostrar que es perfectamente posible vivir sin internet y eso no implica renunciar a toda tu vida social, profesional, y demás. En otras palabras, buscan vivir la vida de verdad, esa que tiene lugar fuera de una pantalla y unos likes coloridos.

Un llamado a la reflexión

Hoy en día, darle un vistazo a las redes sociales se ha vuelto algo tan indispensable en nuestras vidas como tomar el desayuno. Un estudio realizado por el tecnólogo Santiago Bilinkis señala que una persona desbloquea su celular 150 veces al día cada seis minutos; en otras palabras, el teléfono es un compañero que está en todo lugar y momento. Sin embargo, ¿no se han puesto a pensar que quizás todo esto se trate de una estrategia por parte de las compañías de aplicaciones móviles? Como si se tratase de una competencia de Mario Kart, las distintas redes sociales luchan entre sí para captar la atención de sus consumidores. Al contar con tantos datos personales en las plataformas que usa el cibernauta, el hecho de manipularlos se vuelve una tarea sencilla e instantánea.

Un claro ejemplo fue el pasado lunes 4 de octubre, el cual se convirtió en un día negro para muchos usuarios. Las pantallas se quedaron con la mitad del video visto, un contenido cargando o un mensaje sin enviar. Las redes sociales más usadas del internet: Facebook, Instagram y WhatsApp, sufrieron una caída de aproximadamente seis horas. Los cibernautas enloquecieron, muchos de ellos hasta pensaban que se trataba de una falla de su Wifi que frustrados llamaban a las compañías de internet. No sabían qué hacer, el hecho de no poder mandar un sticker de WhatsApp o actualizar su feed de Instagram los estaba matando. Es así que las aplicaciones sobrevivientes, como Telegram o Kwai, aprovecharon la oportunidad y con los brazos abiertos recibían a estos zombies adictos a lo digital. En efecto, ambas empresas indicaron en un comunicado que esta falta de comunicación hizo que la cantidad de usuarios nuevos en sus plataformas aumente hasta un 21% en todo América Latina.

¿Qué podemos rescatar de todo esto? No todo es malo con respecto a las redes sociales, muchas veces pueden conectar personas a gran distancia, proporcionar información para trabajos y hasta servir de pasatiempo en las horas libres. No es necesario renunciar a ellas, pero sí es importante tener un buen uso, y sobre todo, ser conscientes. Dejar la ingenuidad y recuperar el control de la vida física hará que se pueda sacar un mayor provecho de ellas, usarlas para experiencias compartidas en lugar de quedar cada uno encerrado en su propia burbuja. Existen tantas cosas en nuestra vida que son imposibles de reemplazar mediante un ordenador. Sí, las redes pueden ser divertidas, pero no por eso debemos dejar de lado la vida real. Sal a tomar un café, camina y respira el aire puro, te aseguro que lo pasarás mucho mejor que estar sumergido en una pantalla.

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