Estados Unidos superó los US$40 billones de deuda nacional. Aunque el país mantiene una posición central en la economía internacional, el aumento del endeudamiento genera interrogantes sobre el costo de financiamiento y la estabilidad de los mercados.
Por Alessia Martinez y Rafael Ortega
Estados Unidos batió un nuevo récord, pero no en el mundo del deporte o el entretenimiento. Según datos del Joint Economic Committee del Congreso de Estados Unidos, la deuda nacional estadounidense alcanzó los US$40,1 billones. Solo durante el último año, el monto aumentó a un ritmo promedio de US$7,350 millones al día, US$306,4 millones por hora y US$5,11 millones por minuto.
La cifra no solo sorprende por su magnitud, sino también por la velocidad con la que ha crecido. En 2016, al inicio del primer mandato presidencial de Donald Trump, la deuda nacional se encontraba por debajo de los US$20 billones. Diez años después, prácticamente se ha duplicado.
Según las proyecciones de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO por sus siglas en inglés), la deuda federal en manos del público equivale aproximadamente al 101% de su PBI en 2026. Es decir, la deuda que el gobierno mantiene con inversionistas y otras entidades fuera de sus propias cuentas equivale a más de todo lo que produce la economía estadounidense en un año.
El endeudamiento de la principal economía del mundo no ocurre de manera aislada. Los bonos del Tesoro estadounidense forman parte de las reservas de gobiernos, bancos centrales, fondos de inversión e instituciones financieras alrededor del mundo. Japón, Reino Unido y China se encuentran entre los principales tenedores extranjeros.
Pero que Estados Unidos acumule cada vez más deuda, ¿significa que estamos ante una nueva crisis económica global?
Una deuda que no deja de crecer
Entre los factores que explican esta trayectoria están el crecimiento del gasto obligatorio, como los programas de seguridad social y salud, los intereses de la deuda y las decisiones tributarias. La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) proyecta que la deuda federal continuará aumentando durante las próximas décadas si las políticas actuales se mantienen.
De acuerdo con el documento presentado por el organismo estadounidense, el déficit público puede seguir creciendo y esa deuda federal que representa el 101% del PBI podría aumentar a 120% en 2036. Solo para recapitular en la historia, esto superaría al máximo pico que ha tenido el país nortemericano desde la Segunda Guerra Mundial, donde la deuda fue del 106%.
Para Luciana Cáceda, economista del Instituto Peruano de Economía (IPE), el problema no es que la deuda exista, sino que su crecimiento termine comprometiendo la capacidad futura del país para sostener sus finanzas.
“Lo ideal sería trabajar para poder disminuir esta deuda y que pueda ser sostenible”, señala Cáceda. La economista advierte que el nivel de endeudamiento podría llegar a generar mayor tensión en los mercados si continúa creciendo durante los próximos años; sin embargo, un umbral muy alto sólo podría alcanzarse en unos 15 o 20 años.
¿Quién financia a Estados Unidos?
En junio de 2026, Japón mantenía alrededor de US$1,12 billones en bonos del Tesoro estadounidense, Reino Unido unos US$939.900 millones y China aproximadamente US$633.400 millones. En conjunto, los tres países poseían cerca de US$2,69 billones.
La mayor parte de la deuda, sin embargo, permanece en manos estadounidenses. Según el CBO, alrededor del 70% de la deuda federal estaba en manos de entidades domésticas al cierre del año fiscal 2025.
“Un país de esos representaría un poco de esa fracción”, explica Caceda. Por ello, una venta de bonos por parte de Japón, China o Reino Unido no significaría por sí misma que Estados Unidos pierda su principal fuente de financiamiento.
El verdadero problema aparece cuando se observa el comportamiento conjunto de los inversionistas.
Más deuda, mayor presión
Los bonos del Tesoro funcionan como cualquier activo financiero, su precio depende de la oferta y la demanda. Mauricio de la Cuba, economista y profesor de la Universidad del Pacífico, explica que esta relación es fundamental para entender el riesgo.
“Cuando hay mucha gente que quiere un bono, su precio sube; sin embargo, el rendimiento baja. Y cuando no lo quieren, es al revés, lo venden, el precio cae y el rendimiento sube”, explica.
Esto significa que un aumento de los rendimientos de los bonos estadounidenses puede encarecer el financiamiento del propio gobierno. Y ahí aparece el efecto que puede trascender las fronteras estadounidenses.
Cáceda señala que Estados Unidos termina compitiendo por el mismo dinero que buscan otras economías emergentes, como el Perú. “Si los inversionistas piden una tasa más alta para prestar a Estados Unidos por el mayor riesgo que perciben justamente porque se endeuda más, esta tasa de financiamiento sube para todos los países”, explica.
Aquí también es importante recordar que es imposible separar las finanzas con la política exterior de Trump. Una de las principales fuentes de ingreso según su administración es la de los aranceles -o eso es lo que se creía-. Sin embargo, si bien durante los primeros tres trimestres del año fiscal, los depósitos aduaneros aumentaron cerca de 55 mil millones de dólares, los desembolsos del tesoro crecieron unos 120 mil millones, sobre todo por los intereses de la deuda.
En todo caso, a pesar de que los aranceles pueden significar un ingreso considerable, también significa que se encarecen importaciones, insumos y producción. Ello termina por generar mayor inflación, lo que exige tasas mayores para comprar bonos estadounidenses.
¿Una amenaza para la economía mundial?
Para De la Cuba, la respuesta hoy todavía es negativa. Si la FED (la Reserva Federal) eleva las tasas de interés para contener una inflación impulsada, en gran medida, por los choques de oferta asociados al conflicto en Medio Oriente, esto podría afectar el precio de los bonos del Tesoro de Estados Unidos y elevar los costos asociados al servicio de la deuda. Sin embargo, el economista señala que la posición fiscal de Estados Unidos no es excepcional frente a otras economías desarrolladas como Japón, Francia, Italia o Reino Unido.
Además, las presiones sobre los bonos no dependen únicamente de la política monetaria o de la inflación, sino también de las dudas sobre la sostenibilidad de la deuda estadounidense en el largo plazo. El temor a una corrección, explica De la Cuba, tampoco se limita al mercado de bonos, existen cuestionamientos sobre si algunos activos, particularmente las acciones de empresas vinculadas a la inteligencia artificial, están adecuadamente valorados. Si bien una corrección brusca en los precios de los activos es posible, esto no implica necesariamente un riesgo de default en el corto plazo.
Por ahora, el sistema financiero internacional continúa dependiendo de los activos estadounidenses y no existe un sustituto capaz de ocupar su lugar de manera inmediata. Sin embargo, lo cierto es que las compras netas de bonos por inversionistas privados extranjeros cayeron más de 40% durante los últimos 12 meses.
Los US$40,1 billones no representan, entonces, una crisis mundial en sí mismos. Son una señal de advertencia. El verdadero riesgo no está en que Japón, China o Reino Unido dejen de comprar o vendan bonos estadounidenses, sino en que una deuda cada vez mayor termine elevando el costo de financiarse y modifique las condiciones bajo las cuales se financia el resto del mundo.
