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Carmen Mc Evoy: “Lo que se ha normalizado es un sillón presidencial vacío”

A pocos días de las elecciones generales, la reconocida historiadora conversó sobre el escenario político actual y los sucesos que lo llevaron a donde se encuentra

Por Rafael Ortega Alva

En lo que es la semana decisiva para los próximos cinco años, la contienda electoral se mantiene todavía bajo la sombra de la indecisión. En ese contexto, con 35 candidatos apuntando al puesto más alto de la República, el regreso a la bicameralidad, un alto grado de inestabilidad y el acecho de la inseguridad, queda la duda de cuáles fueron las causas que nos llevaron hasta acá. Por ello, conversamos con la historiadora Carmen Mc Evoy, quien reflexionó sobre la política y sociedad de este país llamado Perú.

Usted ha mencionado en sus redes sociales que el Perú es una “República distópica que acelera su lenta e inevitable implosión”. ¿Se puede caer más?

Siempre se puede caer más bajo. Porque lo que se ha establecido en el país es la contingencia y el azar. Entonces, como hay tantos actores colisionando unos con otros, algunas veces uniéndose, otras oponiéndose, no creo que duren las llamadas coaliciones. Hablamos de mecanismos de asociación para un interés específico que, logrado un propósito meramente personal, se pueden quebrar también. Esa es la tragedia.

Todo está tirado al azar

Por eso nos sorprendemos con cada nuevo escenario. Siempre es posible un cliffhanger, un final de película como, por ejemplo, lo que puede ocurrir en estas elecciones. No sabemos a ciencia cierta quiénes van a pasar a la segunda vuelta o si van a terminar entre los primeros. Todo es muy relativo e imprevisible en el Perú.

¿La presencia de José María Balcázar en la presidencia es parte de esa relatividad?

Absolutamente. Ante la irresponsabilidad de Jerí, que estaba construyendo su propia esfera de poder con publicidad a su propio beneficio, terminamos con este nuevo congresista, que probablemente fue escogido por su docilidad. El Congreso necesitaba a un personaje que permitiera que se logren sus objetivos, porque la política peruana se parece a esos programas donde uno está con el carrito y tiene que llenarlo rápido porque el tiempo se acaba. Ahí estamos, con este presidente hablando una serie de incoherencias que no vale la pena ni recordar mientras otros se encargan del saqueo organizado.

Y que ha terminado por banalizar la imagen presidencial

Claro. La figura del presidente se ha ido degradando con algunos mandatarios en la cárcel, con personas como Jerí que salía a la medianoche a comprar caramelos o como Dina Boluarte, que los arrojaba en el Ayacucho ensangrentado de las manifestaciones en su contra. Todo lo anterior es un signo de los tiempos. Lo que se ha normalizado es un sillón presidencial vacío. Porque la primera magistratura de la nación ya perdió contenido y, lo que es peor, dignidad.

Una particularidad que usted ha mencionado es que, históricamente, la presidencia tiene un trágico final. Sin embargo, nos encontramos ante la postulación de 35 candidatos, ¿tenemos una atracción por el abismo?

El poder en el Perú no se ha explorado en sus dimensiones psicológicas. El asunto es parecido a esas polillas que se acercan a la luz y, aunque son calcinadas, siguen yendo para ser destruidas. Siempre digo que es un símbolo la muerte del general Ramón Castilla a los 69 años —que para esa época era un anciano—, en los brazos del infame Tomás Gutiérrez, iniciando una revolución contra su enemigo Mariano Ignacio Prado. ¿No tenía este señor un hijo, familia, un huerto que atender, memorias para escribir? En el Perú no hay vida después del poder.

A pocos días de las elecciones, hemos visto el abanico de posibilidades que nos ofreció el debate presidencial, ¿hay algo en particular que rescate?

Creo que hay candidatos articulados. No voy a decir nombres, porque soy de la idea de que nadie puede estar por ahí sermoneando al votante sobre lo que debe o no debe de hacer. Ese es uno de los grandes problemas de la política peruana: dársela de moralista y tutor. Sin embargo, sí creo que ha aparecido un grupo de candidatos que se puede deducir quiénes son y que traen ideas renovadoras, aunque también se dejan llevar por la necesidad de confrontar al adversario, no sobre ideas sino sobre su trayectoria pública o privada.

¿Ha sido un buen formato de debate?

El tiempo que se les dio a cada candidato no fue suficiente para explicarnos, por ejemplo, cual era propuesta en torno al déficit fiscal. El primer problema que va a enfrentar el próximo gobierno es qué hacer con gastos fuera de control, incluso ya programados por sus antecesores de la mano del Congreso. También se ha debido hablar con mayor detalle y solvencia sobre seguridad ciudadana, educación o salud pública, pero lo que ha primado es la tentación de pelear con el otro.

Es más entretenido

El público no ve el debate como uno de ideas, sino como una suerte de ring de boxeo. Los grandes temas nacionales no despiertan el interés de una población que, desafortunadamente  y con notables excepciones,  vive del espectáculo y el escándalo.

Quien ha tenido una subida considerable, sobre todo en el ámbito rural, es Roberto Sánchez, que nos recuerda un poco al escenario de 2021, ¿qué lectura le da?

Hay un ámbito rural desatendido al que el presidente Castillo prometió mucho y defraudó más. Luego se creó toda una narrativa de que el acto reprochable del expresidente no fue un golpe de Estado, cuando todos vimos que el intento iba en esa dirección. Con la victimización de Castillo, más el uso estratégico de su narrativa y su sombrero, Sánchez aparece como su continuador. A ello se suma una población que ha sido secularmente olvidada: la combinación perfecta para que un oportunista como este señor acusado de una serie de traiciones, por decir lo menos, suba en las encuestas, aunque al parecer no con el ritmo previo.

En una carta de Andrés Avelino Cáceres, posterior a la guerra del Pacífico, indica lo siguiente:

Si nos cupo la mala suerte, no se debió en modo alguno a la pérdida de las armas enemigas, sino que es imputable más bien al estado de desorganización en que se encontraba el Perú, a los desaciertos de sus dirigentes y a la menguada actitud de elementos pudientes que no supieron ni quisieron mantener firme hasta el último extremo la voluntad de luchar por la integridad territorial de la nación, y que, lejos de esto, coadyuvaron a la labor emprendida con inaudito refinamiento por el enemigo, dejando al ejército patrio no sólo sin apoyo alguno, sino restándole el que podían haberle proporcionado.

¿No le parece que un texto como este podría tranquilamente hacerse para días como estos?

A diferencia de lo que se ha dicho y se ha subrayado, eso de que nos faltó nacionalismo, a nosotros lo que realmente nos faltó fue organización. Las guerras no se ganan por patriotismo, se ganan porque existe un Estado que ordena y dirige eficientemente la maquinaria militar.

¿Cómo estaba nuestro ejército?

El año anterior de la declaratoria por parte de Chile, 5 de abril de 1879, Manuel Pardo fue asesinado en la puerta del Senado. Hay que recordar que algunos años antes ocurrió el magnicidio del presidente Balta y los hermanos Gutiérrrez fueron ajusticiados y sus cuerpos colgados en el campanario de la Plaza de Armas… El Estado peruano estaba implosionando justamente por la corrupción, el autoritarismo y la desmoralización generalizada. En ese escenario, el de un ejército en crisis, Mariano Ignacio Prado se fue a comprar barcos en medio de la guerra como si fuera a un supermercado y no regresó hasta que todo terminó.

¿Y Piérola?

Su mayor preocupación era que los militares no lo sacaran del poder, y entonces los dividió. Miguel Grau pedía torpedos y la limpieza de los fondos del Huáscar, esto ocurrió con Prado, y no se le escuchó. A pesar de ello logró contener por seis meses el avance marítimo chileno. En la guerra hubo individualidades muy notables, pero lo que se necesitaba era un Estado que diera las órdenes y defendiera la integridad del Perú. Entonces, en 1879  hay  una situación, con sus diferencias, es similar a la presente. Un Estado a la deriva, envuelto en sus propias pugnas y que, por ello,  no se da cuenta que hay un enemigo —la delincuencia o la expansión de un nuevo imperialismo económico— a la vuelta de la esquina…

A diferencia de otros analistas que indican que nuestra crisis comenzó hace unos 10 o 20 años, usted ha señalado que, posiblemente, venimos arrastrando este problema desde la década de los 30, ¿ha habido oportunidades de cambiar ese rumbo hacia una inevitable caída?

Creo que la crisis viene de una independencia que es transnacional. Llegaron maquinarias político militares de otros países, cada una con su agenda particular. Probablemente el momento de quiebre está en la crisis del modelo de sucesión presidencial establecida en la etapa denominada, aunque no estoy de acuerdo con el nombre,  República Aristocrática. Ahí converge el crash de la bolsa con el de un modelo autoritario —impuesto por Leguía—, que a pesar de sus errores abre las puertas a la mesocracia a nivel político y socioeconómico

Había un intento de nación

Más bien diría que es una contribución político-cultural que, con sus luces y sombras, es probablemente una de las más interesantes y poco reconocidas del siglo XX.

En su libro, La utopía republicana, recoge en palabras de Orbegoso que la República fue concebida como una obra inconclusa que algún día debía ser terminada. ¿La política actual representa un avance hacia esa construcción o se trata de una repetición de su permanente postergación?

No, yo creo que la etapa actual es la distopía. Porque en el diseño, que tiene fallas de origen entre ellas “el Estado como botín”, han entrado una serie de elementos disruptivos,  probablemente a partir de la caída de Leguía, seguida del asesinato de su sucesor, Sánchez Cerro. La década de 1930 es de una violencia desatada, como los fusilamientos en Chan Chan, la persecución del APRA, el bombardeo de Trujillo, entre otros más. A partir de ello el sistema se endurece y es durante el gobierno del general Odría que Vargas Llosa se hace la famosa pregunta, ¿cuándo se jodió el Perú? Nuestra historia del siglo XX ha sido de guerras civiles que nos negamos a recordar.

¿No somos quizás el resultado de un intento de olvidar ese terrorífico pasado que tenemos?

Efectivamente. Yo denomino a ese olvido constante la “lobotomía autoinfligida”. Cada cierto tiempo hay una fracción de tu memoria que remueves porque te molesta, porque no puedes confrontarla o porque no la has resuelto con responsabilidad. La tragedia de ser historiadora en el Perú es que son muy pocos los que quieren recordar. Cada presidencia es como una suerte de chivo expiatorio y al desaparecer administraciones enteras, envueltas en el escándalo, nos hacemos de la justificación perfecta para un el viejo cliché bicentenario: “vamos a refundar”, “vamos a empezar de nuevo” y, sin embargo, volvemos a tropezar con la misma piedra.

Vienen con la promesa de un nuevo Perú

Claro, y no es posible empezar de nuevo porque se carga con los mismos problemas que no se han querido resolver de manera colectiva. Cuando el presidente Castillo juró y nos anunció que iba a resolver, más bien borrar de un plumazo,  500 años de historia, ¿en qué se convirtió? En una copia, obviamente con sello propio, de los predecesores que tanto criticó.

¿Ve en estas elecciones la posibilidad de corregir ese abismo en el que estamos o nuevamente nos encontramos ante otro escenario de vacancias consecutivas?

Creo que hay algunos actores que ya empezaron a darse cuenta de esta idea del “eterno retorno” en el que nos encontramos entrampados por no reflexionar en el largo plazo, sino siempre de manera coyuntural. Urge cambiar el paradigma del Estado como botín de guerra. Esa forma de pensar se instituyó después de la batalla de Ayacucho, cuando el Perú se repartió entre múltiples maquinarias militares que impusieron la cultura de la guerra. Ese modelo hay que desmantelarlo, y la pregunta clave es qué vamos a poner en su lugar. Si no somos capaces de pensar creativamente nuestro destino es el caos y, en algún momento, espero que no, la implosión y el desborde social.

Pero, según encuestas, casi el 70% de la población no está siquiera interesada en la política, ¿esa desconexión con nuestros representantes no hace que el “cambio de paradigma” suene como una esperanza, o como una ficción?

Lo cierto es que quien nos gobierne debe conocer lo que yo llamo “el mecanismo”. Es necesario saber cómo funciona y ello viene de un conocimiento histórico de las raíces del Estado peruano. Ciertamente sabemos que es excluyente, frágil y en manos de una minoría. Pero ello no debe pasar por alto que tiene una lógica de funcionamiento y es necesaria entenderla para reformarla o si es necesario desmantelar, dejando en pie lo que funciona.

¿Se vive al margen?

Es una lástima que la ciudadanía esté por un lado buscando su bienestar y que, por otro lado, el Estado no cumpla con su labor en aras del bien común, a pesar de contar con los bienes, que provienen de nuestros impuestos e inmensos recursos materiales. El Perú no logra aún su independencia política, económica y social porque está congelado en el viejo modelo que fue  instalado hace 200 años y con sus variantes siguen allí. Estas elecciones son un capítulo más, porque no sabemos si quienes entren a la arena del circo romano podrán vencer al viejo león, que conoce todos los trucos para sobrevivir.

Seguimos siendo un país adolescente, como dice Luis Alberto Sánchez

Efectivamente, pero no es posible que el eterno Peter Pan pueda dar la batalla en este tránsito de era que tenemos al frente. En el mundo actual, de guerra pero también de altísima tecnología,  ¿vas a seguir con las mismas prácticas prebendarias, argolleras y corruptas? La adolescencia termina a los veintitantos años y nosotros ya tenemos 200 y seguimos detenidos en el tiempo. Por supervivencia, como colectivo, ha llegado el momento de madurar para seguir existiendo como República.

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