El reciente llamado a la insurgencia del candidato presidencial Rafael López Aliaga reabre el debate sobre el impacto de los discursos de odio.
Por Mauricio Mendoza y Álvaro Urquizo
Pese a su creciente normalización en los últimos años, el discurso político ha adoptado un tono cada vez más agresivo, logrando evidenciarse aún más en contextos electorales. En escenarios de alta polarización, ciertos discursos apelan emocionalmente y son capaces de influir en la forma en que las personas reaccionan frente a coyunturas políticas.
En contextos como el peruano, marcados por tensiones históricas y desigualdades persistentes, este tipo de lenguaje no solo refleja divisiones, sino que también puede trascender del plano discursivo a acciones concretas. ¿Qué hace que estos discursos logren conectar con tantas personas?
De simples palabras a acciones concretas
La política, por lo general, suele apelar a la comunicación y al convencimiento de ideas, razones o motivos a través de las palabras. Justamente esta característica es la que hace que ciertos discursos resuenen más que otros, incluso utilizando otros medios como las redes sociales para hacer campaña. El lenguaje político no solo convence, sino que también divide y estigmatiza según el público que se quiera abarcar.
A nivel nacional, hemos tenido algunos ejemplos que ponen en hechos lo que es un discurso político que incita el odio. Phillip Butters, excandidato presidencial por Avanza País, tuvo constantes declaraciones a lo largo de su carrera en los medios de comunicación que, en campaña, le pasaron factura.
Sectores de la población, sobre todo fuera de Lima, cuestionan sus comentarios, como los relacionados a los manifestantes en protestas de 2021 y 2022, cuando afirmó: “¿Por qué a esos señores no les han metido un balazo en la cabeza?”. Como consecuencia, en un intento de mitin político en Puno, Butters tuvo que andar con seguridad y protección ante la turba de personas que lo confrontaba directamente.
Por otro lado, uno de los casos más recientes es el del candidato Rafael López Aliaga, quien es una de las figuras polarizantes de los últimos comicios, en gran parte por el tono de sus intervenciones públicas. Durante un encuentro en Andahuaylas, en la región Apurímac, el candidato fue increpado por un grupo de opositores, recibiéndolo con huevos y tomates.
La situación obligó a que fuera resguardado por su equipo de seguridad; sin embargo, lejos de desescalar el conflicto, López Aliaga respondió a los ataques calificando a sus detractores como “basura” y dándoles la responsabilidad de que el país no progrese. Los militantes y simpatizantes del candidato aplaudieron y celebraron las palabras dichas.
Lo que reflejan estos dos ejemplos es una normalización de la violencia —tanto física como verbal— que existe en torno a la política y se intensifica, además, en contextos electorales. En este escenario, el debate público deja de centrarse en propuestas y pasa a girar alrededor de la defensa de posturas individuales, mayormente asociadas a la figura de un líder político antes que a un partido.
En esa línea, el antropólogo Alex Huerta-Mercado recalcó que lo que ocurre actualmente en la política es una defensa de ideas y del personaje que representan estas, mas no de las asociaciones que deberían tener esta ponencia como eje de su discurso político. Esto termina configurando un panorama marcado por tensiones ideológicas y escenarios polarizados, en especial durante los comicios electorales que acontecieron este año.
“Los discursos de odio se hacen, por ejemplo, en internet. Suele haber dos posturas, aparece la idea de que poblaciones que no viven en la ciudad no deberían votar. Por otro, discursos como ‘Lima no es el Perú’, que evidencian esta tensión. Lo que hoy se defiende no es tanto una ideología, sino al candidato, al caudillo”, comentó Huerta-Mercado.
Un enemigo en común
Uno de los elementos más recurrentes en este tipo de discursos es la construcción de un “otro” al que se le atribuyen los problemas o amenazas. En ese sentido, Huerta-Mercado destacó que estos funcionan porque “nada une más a un grupo político que un enemigo común”, lo que hace que “un pueblo dividido se una”.
Esta lógica no es reciente, pero cobra mayor relevancia en contextos de alta polarización, donde las diferencias ideológicas se simplifican en una confrontación directa entre bandos. Con un adversario claro, el discurso no solo apunta a un culpable, sino que también le da un sentido al colectivo formado.
Un ejemplo de este mecanismo pudo observarse en Europa durante el siglo XX, en donde la narrativa, no solo de Alemania, sino también de algunas otras zonas cercanas, construía gran parte de su identidad en base a la identificación de un adversario claro. Así, la población judía fue utilizada para unificar a una sociedad fragmentada, como explicó Huerta-Mercado.
En esa misma línea, Eduardo Salmón, politólogo de la Pontificia Universidad Católica del Perú, complementó que este proceso también se sostiene en la identificación con el líder. Más que una propuesta o una ideología en específico, lo que moviliza es la conexión con una figura que expresa ideas o emociones compartidas, dando lugar a lo que se conoce como un “voto identitario”.
“Muchos de ellos piensan tal cual lo que dice (el líder), pero no se atreven a decirlo. Entonces, el que vean a alguien que lo expresa de forma autoritaria genera identificación.” señaló Salmón.
En este panorama, aparece también el “antivoto”, donde el rechazo hacia un candidato —que puede entenderse también como un enemigo en común— pesa más que el apoyo hacia una propuesta en particular. Así, la construcción de un enemigo orienta el comportamiento de las personas en función de la oposición, dejando atrás a las afinidades ideológicas.
De ese modo, la alocución no solo construye un enemigo con características en específico, sino que refuerza el sentido de pertenencia dentro de un grupo que manifiesta activamente su rechazo.
Un país dividido en estereotipos
En medio de esta dinámica confrontativa, esta clase de discursos también simplifican la realidad social a partir de estereotipos. Grupos que, en un principio, tienen integrantes con rasgos en común, pero que no implican una norma, pasan a ser percibidos como bloques totalmente homogéneos, reducidos a características generales que no necesariamente los representan.
Esta tendencia tampoco es nueva, ya que Huerta-Mercado advirtió que tal generalización tiene raíces históricas y mencionó que, desde la época colonial, se tendió a agrupar a poblaciones distintas bajo una sola categoría. “Los españoles llamaron ‘indios’ a distintos pueblos que eran diferentes entre sí y los unificaron”, afirmó. Un raciocinio que sigue presente en la manera en que se construyen ciertos discursos a día de hoy.
Asimismo, según un sondeo realizado por el Ministerio de Cultura en el 2023, el 53% de los encuestados consideró que los peruanos somos racistas o muy racistas. Esta misma percepción se ha llevado a la política y sus discursos. Salmón señaló que las conductas discriminatorias han tenido especial énfasis en nuestra sociedad y que se engloban como país, donde prima el individualismo en el pensamiento.
“Hay personas que elegirían a cualquiera que no sea de izquierda y no están dispuestos a evaluar una propuesta solo por ser de izquierda. Es como que no conciben que sea democrático, pero es uno de los estereotipos que se han instalado”, indicó el politólogo.
Este tipo de dinámicas contribuyen a mermar la legitimidad y democracia, llamando a la división de una manera alarmante porque incitan el rechazo y la estigmatización al otro por no compartir la misma posición política. De igual manera, Salmón observó que la construcción actual de nuestra sociedad evidencia rasgos antidemocráticos, reduciéndose a conceptos como “estás conmigo o estás contra mí”.
En conjunto, estos elementos reflejan un escenario en el que el discurso político deja de ser una herramienta de deliberación para convertirse en un vehículo de confrontación. La normalización del odio y la fragilidad de los partidos configuran un entorno donde el disenso no se entiende, sino que se combate, debilitando así las bases de una democracia plural y tolerante.