La pluma que retrató la realidad de Lima

Con un estilo sencillo aunque sofisticado, caracterizado por la minuciosa observación y crítica aguda, Julio Ramón Ribeyro tomó elementos cotidianos de la sociedad limeña como fuentes de inspiración para sus cuentos. A 30 años de su muerte, su obra continúa vigente y, desde todos los rincones de la capital, Ribeyro dio voz a quienes rara vez eran escuchados.

Por Noelia Manrique

Con un ojo perspicaz y una mirada crítica, Julio Ramón Ribeyro observaba detenidamente la comedia humana que la sociedad limeña representa para escribir sus memorables cuentos. Desde Los gallinazos sin plumas hasta el fantasioso Ridder y el pisapapeles, personajes de todas las clases sociales peruanas eran retratados por la pluma del cuentista con un estilo sencillo y transparente, pero que, a la vez, esconde cierto toque de sofisticación.

Nacido en el barrio de Santa Beatriz, este ícono de la literatura nacional publicó su primera obra a los 20 años, para luego irse a vivir a Europa y después regresar al Perú con su mente cargada de conocimientos, experiencias y nuevas formas de ver el mundo. Sin embargo, en su narrativa, la protagonista siempre fue la Lima de mediados del siglo XX. Una época de transformación, migración y cambios tanto del paisaje urbano como social.

Es así como redactó una gran diversidad de historias que le dieron voz a protagonistas de la vida peruana que, de otro modo, difícilmente hubieran sido visibles. Aunque ya han pasado tres décadas de su fallecimiento, su obra sigue tan presente en el imaginario peruano como tiempos atrás.

Letrado de ayer

Perteneciente a la generación de escritores del 50, sus cuentos se ciñeron a lo que el campo literario de su época le exigía. Los autores peruanos de ese tiempo debían ofrecer una literatura realista que contribuyera a entender mejor cómo era el país en ese entonces. Por ello, tal como señala Alonso Rabí Do Carmo, literato y profesor de la Universidad de Lima, todo aquel que lo lee comprende de manera excepcional a nuestra sociedad.

“Aprendo más de Lima y los limeños con las historias de Julio Ramón Ribeyro que con un manual de sociología, con el respeto que me merecen todos los científicos sociales, por supuesto”, confesó el experto. Y es que Ribeyro se enfocó en abordar en su obra tópicos que reflejan la realidad del Perú en su máximo esplendor: el machismo, clasismo, materialismo y hasta el racismo.

Según Alejandro Susti, docente de Literatura y Sociedad en la Universidad de Lima, el escritor fue una especie de muralista peruano. “El cuento de Ribeyro toca una serie de temas que tienen que ver con la manera en que se ha transformado la sociedad limeña y que en su momento fueron decisivos. Él expusó nuestra identidad social como nadie”, declaró el especialista. Pero aquello solo lo logró gracias a dos elementos clave que nunca faltaron en sus cuentos.

Por un lado, caracterizado por construir personajes entrañables y hacerlos sentir como si existiesen de verdad con las minuciosas descripciones que dejaba en cada relato, Ribeyro logró retratar quiénes somos porque nunca dejó a ningún peruano por fuera de sus narraciones. “Sus personajes pertenecen a diversas clases sociales. Él recoge las vivencias de las clases más humildes, pero también se preocupa mucho por los de la clase media e incluso de la propia oligarquía”, agrega Susti.

Por el otro, tal cual rescata Agustín Prado, profesor titular de literatura en San Marcos y especialista en narrativa riberiana, sus primeros cuentos ocurren en la zona de Miraflores, pero poco a poco fue expandiendo sus espacios hasta incluir cada rincón de Lima. Sin embargo, aunque otros iconos como Vargas Llosa también se inspiraron en la capital para sus obras, lo que destacó a Ribeyro fue su capacidad de observación, reconocimiento y reflexión de su entorno. Él sabía perfectamente identificar hasta el más mínimo detalle de los rasgos físicos y psicológicos de los ciudadanos, así como de los ambientes en que situaba sus relatos.

Además, pese a ser un enamorado de la vida urbana limeña, marcó un distanciamiento y reconoció sus defectos. “Es crítico con la sociedad y eso fue innovador porque no hay otro cuentista en su época que, por ejemplo, se anime a escribir sobre el papel totalmente secundario al que fue reducida la mujer peruana”, explica Susti. De esta forma, con las exclusiones sociales y la discriminación todavía presente, la obra de Ribeyro es la principal referencia para las futuras generaciones de autores que desean escribir sobre la gran realidad del Perú.

El polvo del saber

Pese a ser un hombre solitario y que le encantaba mantener un perfil bajo, él consiguió dejar una huella imborrable en el cánon literario nacional. Su prosa simple, pero cautivadora lo convirtió en un maestro al que todos los que sueñan con ser escritores deberían emular.

Conforme a Susti, él es el mejor cuentista peruano del siglo XX y una figura importantísima en el desarrollo de la literatura peruana. Para verdaderamente aprender cómo narrar historias y organizar el tiempo en ellas, es necesario acercarse a su obra. “Cada pieza en un cuento tiene una función específica que cumplir. Nada debe sobrar ni faltar, hay que ser una especie de relojero para ordenar cada parte. En ese sentido, la forma de escribir de Ribeyro es un sistema muy valioso”, explica.

Según el especialista, la gran pericia y aporte del autor radica en su habilidad para elaborar protagonistas que logren pasar por un transformador arco de desarrollo en un contexto y tiempo muy cortos, considerando la extensión que tienen los cuentos. Pero esta no fue su única contribución para quiénes lo sucedieron.

“Los Gallinazos Sin Plumas es un cuento con una fuerza muy poderosa, pues es brutal y violento. Aunque también encierra esa visión humanizada del mundo que tienen sus relatos y que todavía persiste porque quedó marcada en la obra de escritores posteriores, como por ejemplo Oswaldo Reynoso”, agrega el profesor. 

Nadie como él domina a la perfección la estructura de los relatos, por lo que no hay duda de que de sus historias es posible aprender cómo estos se construyen, el manejo de las narrativas e, incluso, el foco que debe dársele a cada personaje. No obstante, más allá de los tecnicismos que se extraen de su obra, la vocación y pasión que él tenía por su profesión es contagiosa.

“Su principal legado es que la escritura y la literatura no son actividades ociosas ni inútiles, son un servicio a la comprensión y al conocimiento de la realidad”, comenta Rabí. Quiénes lo hemos leído alguna vez no solo sentimos mayores ansias por seguir adentrándonos en su cuentística, sino que también se nos despierta el apetito por descubrir nuevos autores y hasta por redactar nuestros propios relatos. 

Por tiempo indefinido

Ricardo Wu, joven estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima, se topó con la obra de Ribeyro durante los primeros ciclos de su carrera por una tarea universitaria. No obstante, desde el momento en que leyó Por las azoteas quedó completamente fascinado con el autor. A partir de allí, no paró de devorar sus historias y hasta se compró su antología completa: La palabra del mudo.

“Es un autor que forma parte de las lecturas de los manuales escolares, todos los que han pasado por el colegio lo habrán leído alguna vez”, señala el docente Prado. Es así que  muchos nos hemos acercado a este autor por imposición y aun así nos hemos sentido atrapados por su narrativa. Sin embargo, para quienes no lo leyeron en sus escuelas o no saben más allá que su nombre, existen otras formas para conocer y quedar embelesado con sus historias.

Mientras las editoriales se han animado a ilustrar los cuentos de Ribeyro para venderlos como si fueran un cómic, Wu menciona que una manera interesante de acercar a los jóvenes al autor es a través de representaciones teatrales o narradores que lean con ahínco y consigan suscitar la curiosidad de quienes los escuchen.

Por su parte, Susti recomienda que, una vez se hayan despertado esas ganas de leer sus relatos, se puede empezar por uno representativo de cada núcleo social. “Uno en el que los personajes pertenezcan a la clase más humilde, otro que representa la oligarquía limeña terrateniente y otro de corte fantástico”, sugiere.

De esta forma, la obra de este ícono literario peruano seguirá pasando de generación en generación, pues, para todos los expertos, al menos una vez en la vida debemos darnos la oportunidad de leerlo. “Él es un clásico porque le habla a personas de distintos tiempos y es una muy bonita manera de acercarse a los problemas actuales de la sociedad peruana”, añade Rabí.

Entonces, pese a que ya han pasado tres décadas desde que partió, la marca que dejó en la historia peruana es invaluable. Aunque reservado en su vida personal, Julio Ramón Ribeyro es un referente imprescindible para quienes buscan entender y narrar las complejidades de la realidad peruana. Con su pluma crítica y observadora, demuestra que la literatura es más que entretenimiento: es un espejo de la humanidad y bien utilizada puede ser hasta una herramienta para comprenderla.

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