Con las nuevas sanciones estadounidenses y del G7 a Rusia, se pone de nuevo en debate hasta dónde podría extenderse el conflicto con Ucrania tras cuatro años de su inicio.
Por Mauricio Mendoza
Mientras el G7 anuncia nuevas sanciones contra Rusia y refuerza la defensa aérea ucraniana, el conflicto que comenzó en febrero de 2022 entró a su cuarto año sin que ninguno de los dos bandos logre una victoria total. Las negociaciones formales siguen estancadas, la economía rusa muestra signos de fatiga estructural y Europa enfrenta su propia prueba de resistencia política frente a una administración estadounidense impredecible.
A pesar de que han habido intentos para llegar a un acuerdo y dialogar, la carta abierta que Zelenski envió a Putin el 4 de junio del 2026, proponiendo un alto al fuego inmediato y un intercambio de «todos por todos», no logró destrabar nada. Esa distancia entre la intención declarada y el resultado real es, justamente, el punto de partida para entender por qué la guerra no termina.
Un frente que no se rinde
El frente ucraniano se extiende hoy a lo largo de aproximadamente 1,200 kilómetros, y los avances rusos que caracterizaron el 2024 y buena parte de 2025 se han desacelerado de forma marcada. Según el Institute for the Study of War (ISW), Ucrania logró liberar más territorio del que Rusia conquistó durante abril y mayo de 2026, lo que confirma el deterioro del rendimiento militar ruso en el terreno.
Las cifras del medio Russia Matters son aún más contundentes porque, entre el 5 de mayo y el 3 de junio de 2026, Rusia registró una pérdida neta de 93 millas cuadradas de territorio ucraniano, prácticamente el doble de lo perdido en el periodo anterior. Carlos Novoa, analista en asuntos internacionales, coincide con este diagnóstico desde una lectura más amplia del conflicto.
«El apoyo ha sido clave desde un inicio porque primero le permitió resistir y hoy contraatacar. Con la ayuda de occidente, Ucrania ha podido responder en un momento en que, por el tiempo de la guerra en sí, hay un desgaste en Rusia”, comenta el experto.
Según Francisco Belaunde, internacionalista, esa presión ya se siente en suelo ruso, porque en Crimea la gente ya no puede vender libremente combustible. “En varias ciudades rusas están como locos buscando gasolina, y eso afecta también al ejército», explica. Además, agrega que se tendría que ver qué hace el presidente Vladimir Putin porque, según sus palabras, “está siendo de alguna manera humillado por la reacción ucraniana”.
Ese desgaste tiene como base cifras económicas claras. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, el año 2025 marcó el final del impulso de crecimiento bélico ruso, tras dos años de expansión superior al 4%. Incluso el crecimiento del PBI para 2025 se desaceleró a alrededor de 1% o menos, con los mismos obstáculos persistiendo hacia 2026.
En mayo de este año, el propio gobierno ruso recortó su proyección de crecimiento para apenas 0.4%, frente al 1.3% previamente estimado, todo ello junto a menores ingresos petroleros, alta inflación y fuerte gasto bélico, haciendo contraste con el discurso oficial. Putin insiste en que Rusia puede ganar una guerra de desgaste prolongada si avanza en cuanto a las operaciones, pero esa afirmación resulta incompatible tras verse los datos.
Sin acuerdos para la paz
Las negociaciones formales —divididas en pistas militares, políticas, territoriales, económicas y de garantías de seguridad— llevan más de un año sin lograr un acuerdo integral. El núcleo del bloqueo sigue siendo el mismo: Rusia insiste en que se le ceda la totalidad del Donbás, mientras Ucrania afirma que no se retirará unilateralmente de esa región y exige negociar sobre la base de la línea de contacto actual.
A esto se suma un segundo obstáculo igual de duro, que tiene a Ucrania exigiendo garantías de seguridad occidentales como condición para cualquier alto al fuego, una condición que Rusia rechaza porque se opone al despliegue de personal e infraestructura militar occidental en su territorio.
Novoa fue claro al respecto al diferenciar los tres posibles desenlaces del conflicto. Sobre el alto al fuego, detalla qué sucedió entre Irán y Estados Unidos: frenar las acciones bélicas y postergar la discusión del problema de fondo. El armisticio, en cambio, «es casi como una imposición que hace el vencedor al derrotado», comparándolo con el final de la Segunda Guerra Mundial. Y el tratado de paz es el escenario más estable, ya que es resultado de una negociación diplomática que pone fin a todas las hostilidades.
Para el analista, el escenario ruso-ucraniano está lejos de finalizar en el corto plazo. «En el caso ruso no veo forma de que puedan llegar a un tratado de paz, ni siquiera con Irán o Estados Unidos de por medio. La guerra está durando porque Rusia no quiere salir de la zona de Crimea y de todo lo que ha tomado, e insiste a la fuerza en declarar esa zona como provincia rusa cuando es de Ucrania», declara Novoa.
Belaunde, por su parte, tuvo la misma perspectiva respecto al corto plazo, comentando que no parece muy posible este escenario de paz porque Putin sigue creyendo que le está yendo bien en el frente. Además, por el tipo de régimen que maneja el mandamás ruso, es mejor no ser portador de malas noticias.
“Parecería que Putin cree que le está yendo mejor en el frente de lo que en realidad le está yendo, por eso no creo que haya un cese al fuego real en el corto plazo», recalca.
Consecuencias globales
El frente energético es, quizás, donde más se siente el desgaste acumulado de cuatro años de sanciones. Según Centre for Research on Energy and Clean Air (CREA), en abril de 2026, el precio promedio del crudo de urales ruso subió 19% mensual, más del doble del tope de precio actualizado de la Unión Europea y el Reino Unido, fijado en 44.1 dólares desde febrero de este años.
Este repunte de precios no se ha traducido en algo positivo para Moscú, ya que los ataques con drones ucranianos contra infraestructura de exportación rusa provocaron una caída del 24% mensual en los volúmenes de exportación de crudo por vía marítima en abril, reduciendo los ingresos petroleros pese al alza de precios.
Novoa profundiza en esta paradoja, situándose en una guerra librada en múltiples frentes simultáneos, porque «están golpeando a Rusia en varios frentes: el económico, el bélico, y el político, que ya estaba golpeado hace tiempo». Sin embargo, advierte sobre los límites de esa presión. «No creo que logren debilitarlo más de lo que ya está porque a la crisis económica derivada de la situación natural, más las sanciones, han seguido resistiendo», complementa.
Esa resiliencia, para Novoa, tiene raíces históricas, dado que Rusia es un pueblo que ha resistido conflictos durante siglos. Las cifras macroeconómicas, sin embargo, sugieren que esta vez el desgaste es distinto al de guerras pasadas porque es fiscal y estructural, no solo militar.
Según Centre for Eastern Studies, el costo de servicio de la deuda rusa pasó de representar apenas 0.9% del PBI en 2021 a cerca de 2% en 2026, mientras el país permanece excluido de los mercados financieros internacionales por las sanciones impuestas.
Por primera vez desde el inicio de la invasión a gran escala, el Kremlin anunció una reducción en el financiamiento para defensa nacional en su presupuesto 2026, aunque mantiene la capacidad de asignar recursos adicionales si las circunstancias lo requieren. Ante ello, Belaunde señala el impacto social interno, un costo que rara vez aparece en la conversación del tema.
«Los consumidores están viendo que ya no tienen la vida que tenían hasta hace poco, y si a eso le sumamos medidas como la interrupción de internet en gran parte del país, eso hace que en Rusia ahora ya no puedan tomar un taxi por aplicativo ni hacer pagos con el celular en varios lugares. Eso tiene un efecto, seguramente, político, aun cuando hay una inestabilidad en Rusia», advierte el internacionalista.
En el plano europeo, el respaldo de Estados Unidos sigue siendo decisivo, pero su fiabilidad es cada vez más cuestionada por los propios aliados. Los europeos temen que el consenso alcanzado en la cumbre del G7 sea frágil, y que la inclusión de Trump termine perjudicando más de lo que ayuda. «Trump está jugando la política: a veces suelta, a veces regresa, a veces apoya, a veces frena», destaca Novoa.
Además explica que, retirando un poco el apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea todavía está en condiciones de apoyar a Ucrania, pero más de una forma nominal y diplomática, mas no tanto con ese ejercicio de presión suele realizar Estados Unidos. Aún así, descarta un abandono total por parte de Washington, porque saben que Rusia es una competencia directa para ellos.
La fragilidad de ese consenso, no obstante, es real. Los países europeos, liderados por el E3 —Francia, Alemania y Reino Unido— han abierto canales propios de comunicación con Putin para convencerlo de que negocia desde una posición débil, en paralelo a la estrategia estadounidense, precisamente porque temen que Washington termine debilitando esa presión conjunta. Lo que queda claro, a cuatro años de iniciada la guerra, es que ni el campo de batalla ni la mesa de negociaciones ofrecen hoy un desenlace cercano.
