¿Por qué perdimos la capacidad de debatir sin atacarnos?

[Imagen: RED EDUCA]

En un país cada vez más polarizado, los desacuerdos han dejado de centrarse en las ideas para convertirse en ataques personales. 

Por Jabes Medina, Julio Espinoza, Gisel Giraldo y Hugo Chávez

Camila tiene 19 años y estudia Derecho en una universidad de Lima. Cada domingo, la mesa familiar termina convirtiéndose en el escenario más tenso de su semana. Su padre, ferviente seguidor de un candidato de derecha, y su abuelo, que votó toda su vida por la izquierda, terminan casi siempre discutiendo a gritos por la misma dualidad que existe entre ideas políticas. Camila, en el medio, muchas veces no sabe si intervenir o guardar silencio, donde, en realidad, ninguno de los dos escucha al otro.

Esta escena no es ajena a casi ningún joven peruano, pues muchas veces las discusiones familiares por política, religión o visiones de mundo forman parte de la cotidianidad de una cultura profundamente dividida. La Encuesta Mundial de Valores 2025, presentada por investigadores de la PUCP, evidenció que el país vive en una lógica de polarización permanente, agravada por una crisis de tranquilidad donde la sensación de total inseguridad se ha cuadruplicado, pasando del 7% en 2012 al 29% en 2025, debido a las campañas de desinformación, ataques a instituciones y un ecosistema digital que amplifica la confrontación.

Esta problemática está lejos de ser una nueva tendencia, pues es el reflejo de divisiones históricas que llevan ya mucho tiempo arrinconadas en la idiosincrasia peruana, normalizando así el conflicto por encima del acuerdo. ¿Cómo se encuentra la situación del debate en el Perú?

Cuando el argumento se vuelve un ataque personal 

En teoría, debatir debería ser algo simple. Escuchar, responder e intentar entender por qué alguien piensa distinto. De eso se trata. Un debate sirve para intercambiar ideas, cuestionarlas e incluso, tras una profunda reflexión, cambiar de opinión. Pero, en la práctica, muchas conversaciones parecen haber perdido ese sentido. Hoy, demasiadas veces, ya no se discuten ideas, se busca atacar a las personas.

Según el líder regional de gobernabilidad del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Jairo Acuña, una sociedad empieza a volverse altamente polarizada cuando quienes piensan diferente dejan de convivir con normalidad e incluso evitan relacionarse en espacios cotidianos, como reuniones familiares o laborales. En otras palabras, el desacuerdo deja de ser sólo político y empieza a sentirse personal.  

“Lamentablemente, en la política se han perdido esas reglas básicas. Tú debes atacar la idea y defender tu posición, no atacar al oponente criticando e insultando”, aseguró Miguel Vásquez Lynch, moderador del torneo de debates “Divergencias” de la Universidad de Lima.  

Basta hablar de política o temas sociales para que aparezcan etiquetas rápidas como “terruco”, “facho”, “ignorante”, “progre” o “vendido”. En segundos, la conversación deja de centrarse en lo que alguien dice y pasa a convertirse en un juicio sobre quién es, o lo que el otro cree que es. El desacuerdo se vive como una especie de pelea entre bandos donde escuchar parece una pérdida de tiempo.

«Cuando en el espacio político dos opositores se juntan a debatir, entre comillas, no debaten, pelean. Se ha pervertido la práctica política sana y eso ha pervertido también el término ’debate’. Debatir en este momento significa discutir porque sí», recalcó José García Contto, experto en semiótica.

De acuerdo con una encuesta realizada por Nexos a jóvenes universitarios entre 18 y 25 años, los datos revelan que el 64.8% de los jóvenes percibe que sus argumentos son invalidados mediante etiquetas negativas, una práctica que otro 29.5% experimenta de forma ocasional. Toda interacción social funciona como un espejo. Al no poder hacer swipe o deslizar a una persona con el dedo, optamos por interrumpirla, ya que ante la incomodidad, recurrimos al insulto o al distanciamiento.

Encuesta Nexos

El problema se encuentra instalado en diferentes espacios cotidianos como almuerzos familiares, grupos de WhatsApp, reuniones de amigos y hasta salones de clase, pero también en programas de televisión o redes sociales.

Estos espacios también atrapan a las nuevas generaciones. El investigador Julio César Mateus, durante CADE Escolar 2025, señaló que muchos jóvenes crecen en burbujas sociales y culturales que dificultan entender al otro, refuerzan estereotipos y reducen la capacidad de llegar a acuerdos.  

El problema, sin embargo, no es discutir. Una sociedad necesita desacuerdos porque pensar distinto ayuda a cuestionar ideas y entender mejor la realidad. Lo preocupante aparece cuando la conversación deja de buscar comprensión y se convierte en una competencia por demostrar quién tiene razón o quién humilla primero.

Como destacó el psicólogo social Jonathan Haidt, cuando una discusión deja de centrarse en las ideas y pasa a entenderse como una lucha entre “buenos y malos”, las personas ya no buscan comprender al otro, sino derrotarlo. En ese escenario, el ataque personal termina reemplazando al argumento.

Las redes sociales hacen este fenómeno todavía más visible. Todo ocurre rápido: se responde, se comparte y se discute casi sin pausa. La lógica parece premiar más el golpe rápido, el comentario hiriente o la burla que una conversación incómoda, pero honesta. Poco a poco, el debate termina reemplazado por reacciones impulsivas y posiciones cada vez más cerradas.

Quizá lo más preocupante no sea que pensemos distinto, sino que cada vez parezca más difícil aceptar que alguien con otra opinión no es automáticamente un enemigo. Cuando eso pasa, el debate deja de acercarnos, aunque sea un poco, y termina levantando muros entre personas que ya no intentan entenderse.

¿Y el escucharnos?

No poder ver una película sin scrollear, jugar o responder mensajes, incluso el no poder leer esta nota en su totalidad, son señales de que hemos perdido nuestra capacidad de concentrarnos. Nuestra atención se ha fragmentado y esto también influye en la forma en cómo debatimos. 

Encuesta Nexos

Según la misma encuesta, el instinto de los jóvenes peruanos encuestados es mantener la atención hasta que la otra persona termine de hablar. No obstante, este porcentaje contrasta con la siguiente pregunta. 

Encuesta Nexos

El 26.9% aceptó que las redes sociales (como Tik Tok o Reels) han influido en su capacidad de escuchar argumentos largos, mientras que un 49% afirma que sí les afecta en menor medida. Esto significa que, aunque los jóvenes quieren prestar atención a formatos extensos, el 75.9% confirmó que no puede hacerlo de forma sostenida debido al impacto de estas plataformas.

Para entender el origen de este fenómeno, Johann Hari, autor de El valor de la atención, advirtió que «hay doce fuerzas que la ciencia muestra que están destruyendo nuestra capacidad para concentrarnos y pensar profundamente». Estas funcionan como indicadores en nuestro estilo de vida que, con voluntad, podemos corregir.

Como señaló el autor en su entrevista con Graciela Gioberchio, el colapso de nuestra atención nos hace sentir menos competentes. En consecuencia, esta crisis atencional termina desencadenando mayores niveles de ansiedad y depresión.

Esta fractura explica por qué los debates han dejado de ser conversaciones fluidas para convertirse en confrontaciones. Al perder la capacidad de sostener la escucha y quebrar nuestro autocontrol, recurrimos de inmediato a las etiquetas o los insultos contra nuestro interlocutor.

Como explicó Contto, las nuevas generaciones han perdido la costumbre de postergar o sostener la incertidumbre. “Ante la incapacidad de esperar, buscan la inmediatez. Es resolver la duda de la manera más simple, más rápida y menos problemática», declaró.

Callar para no pelear

Camila, al final de esa mesa familiar, por lo general suele optar por un silencio algo más incómodo para ella. Y no porque no tenga los argumentos sólidos para poder contestar, sino más bien ha aprendido que a veces hablar tiene un cierto costo. 

El riesgo de que la conversación escale a tal grado, de que alguien de su familia se ofenda, y que la cena del domingo se convierta en una herida que dure semanas donde termine cicatrizando de mala manera. Y es en esa decisión aparentemente pequeña donde se esconde uno de los problemas más silenciosos de la democracia peruana y así cada vez más ciudadanos eligen no hablar.

Este fenómeno tiene nombre, los psicólogos sociales lo denominan como “silencio motivado”, y se produce mayormente cuando una persona ve que el costo emocional o social de expresar su opinión supera el beneficio de hacerlo. No es apatía ni ignorancia: es un cálculo racional involuntario ante un entorno que se castiga con el desacuerdo. 

Las redes sociales han agravado este mecanismo de forma peculiar porque, si antes callar era una decisión privada, hoy el silencio también es público. El hecho de no compartir, no comentar y no reaccionar cada vez está más presente. El algoritmo interpreta esa inacción y reduce aún más la exposición a ideas distintas. Lynch lo describió como una burbuja que «retroalimenta mi pensamiento y me aleja de la verdad».

La problemática se profundiza más aún cuando ese silencio se vuelve un hábito colectivo, cuando nadie en la mesa familiar se atreve a hacer esa pregunta incómoda o cuando nadie señala el error evidente, ahí se construye una cultura del consenso falso. Todos parecen estar de acuerdo, pero nadie realmente lo está. García afirmó que los llamados debates se convierten en «monólogos aceptados precisamente porque no cuestionan nada». El silencio, entonces, no es pacífica, sino que se pospone y se acumula.

Este comportamiento tiene ciertas consecuencias especialmente graves en los jóvenes,  ya que esta generación está  creciendo y  aprendiendo que es más seguro callar que debatir. El debate no es solo una habilidad académica, en realidad es el músculo cívico que permite transformar el desacuerdo en propuesta, la queja en solución. Un músculo que, si no se ejercita, se atrofia.

Frente a esta situación, recuperar la palabra no necesariamente significa buscar la confrontación por sí misma. Significa, en esencia, como señaló García Contto, entender que el debate en su sentido más puro «supone que tú y yo dialoguemos con el objetivo de llegar a algo en común». Callar para no pelear es, en el fondo, renunciar a esa posibilidad. Es aceptar que el otro es irrecuperable, que el argumento no tiene sentido, que la democracia es un trámite y no una conversación.

Camila, tarde o temprano, tendrá que hablar con sus familiares. No para ganar la discusión del domingo, sino para aprender a perderla con dignidad, para lograr escuchar lo que su padre y su abuelo no se dicen entre ellos por sus visiones distintas. Así podrá descubrir que, en el espacio incómodo, entre dos posturas opuestas es, precisamente, donde se construye algo nuevo.

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