Más allá de su capacidad destructiva, el misil nuclear ruso “Satán II” representa una herramienta de disuasión geopolítica con la que el Kremlin busca reforzar su influencia y proyectar poder ante Occidente.
Por Mauricio Mendoza
La tensión nuclear es un tema amplio que nos remonta al siglo pasado, en los años de la Guerra Fría, donde Estados Unidos y la ya disuelta Unión Soviética competían por la carrera armamentística, tecnológica, ideológica y, por supuesto, nuclear. Durante ese periodo, ambas potencias desarrollaron armas capaces de destruir el mundo, instaurando una lógica basada en la amenaza constante de un ataque nuclear como forma disuasiva para evitar una guerra directa.
Aunque el fin de la Guerra Fría pareciera haber reducido el riesgo de un conflicto global, las tensiones entre Rusia y Occidente se han vuelto constantes y han reactivado discursos y estrategias propias de aquel contexto histórico. En ese escenario, el misil nuclear ruso RS-28 Sarmat, conocido también como “Satán II”, es considerado por la OTAN como uno de los misiles balísticos intercontinentales más poderosos jamás desarrollados.
Su capacidad destructiva, alcance y posibilidad de transportar múltiples ojivas nucleares lo convierten no solo en un arma militar, sino también en un símbolo de poder político y estratégico. Más allá de su función bélica, el Sarmat representa un mensaje geopolítico de poder por parte de Rusia frente a Estados Unidos, la OTAN y Ucrania. Su exhibición y pruebas públicas funcionan como mecanismos de presión internacional, reforzando la idea de la disuasión nuclear como herramienta política en el mundo nuevamente.
La bomba política de Putin
El RS-28 Sarmat es, en términos estrictamente militares, un misil balístico intercontinental de combustible líquido con tres etapas de propulsión que pesa más de 200 toneladas, mide 35.3 metros de largo y 3 metros de diámetro, convirtiéndolo en el cohete más pesado jamás fabricado.
Sin embargo, la pregunta que atraviesa los análisis geopolíticos no es qué puede destruir —que probablemente sea un país en su totalidad—, sino para qué fue construido realmente. La distinción entre arma operativa y símbolo de poder político es central para entender el papel del Sarmat en la estrategia rusa contemporánea, sobre todo frente a su panorama político y bélico.
Desde que Rusia lanzó su invasión a gran escala el 24 de febrero de 2022 en Ucrania, la relación entre Moscú y Washington entró en su peor momento desde la Guerra Fría. Estados Unidos y sus aliados de la OTAN respondieron con sanciones, asistencia militar y un respaldo sostenido a Kiev que Rusia interpretó —y comunicó públicamente— como una amenaza directa a su seguridad.
En ese escenario de hostilidad abierta, pero sin confrontación directa, el arsenal nuclear ruso dejó de ser un elemento de fondo para convertirse en un argumento clave para la política exterior del Kremlin. Según declaraciones del propio Putin, tras la primera prueba exitosa en el año 2024, el misil sería «invencible frente a todos los sistemas de defensa antimisiles existentes». Esa afirmación no fue técnica, sino que pasó a ser un mecanismo político.
En entrevista para este medio, Pavel Podvig, investigador del Programa de Armas de Destrucción Masiva de la UNIDIR, mencionó que “para el liderazgo ruso, y especialmente para el presidente Putin, la idea de penetrar o contrarrestar la defensa antimisiles de Estados Unidos es una parte muy importante del discurso”.
“Tradicionalmente, Estados Unidos estaba preocupado por este tipo de misiles pesados, como el SS-18 (creado en la Unión Soviética). Existe esta idea en la forma en que algunos rusos lo perciben y creen que este tipo de arma asusta a los estadounidenses. No es tan simple, pero esa noción existe”, explicó el investigador en relación a la representación política del Satán II.
El miedo nuclear como arma diplomática
La disuasión nuclear nació durante la Guerra Fría bajo la lógica de la «destrucción mutua», pero esto hizo que ninguna potencia atacara a la otra porque el resultado hubiera sido la aniquilación de ambas. Esta narrativa ha sido retomada los últimos años debido al arsenal nuclear que dejan ver al mundo las superpotencias. Sin embargo, lo que quizás sí ha cambiado en el contexto de la guerra en Ucrania es que Rusia ha comenzado a usar esa lógica no como escudo defensivo, sino como arma ofensiva en el tablero diplomático.
Rusia ha conducido su agresión contra Ucrania bajo una sombra nuclear caracterizada por una amenaza constante y peligrosa, y por una retórica pública sobre la escalada nuclear. Estas acciones elevan el riesgo tanto de un ataque nuclear real de manera deliberada como involuntaria. En ese contexto, el Sarmat no es un misil que espera en su silo para ser usado y ese es el argumento que Moscú despliega en cada reunión diplomática, en cada declaración presidencial y en cada prueba transmitida en vivo.
A pesar de estos esfuerzos de Rusia por transmitir superioridad, Podvig explica que “los programas de modernización en Estados Unidos o en Rusia siguen su propio camino” y que “avanzan a su ritmo independientemente de lo que haga la otra parte”. Incluso, criticó el programa de misiles rusos debido a los múltiples problemas desde la primera prueba en el año 2024.
“El programa Sarmat ha sufrido retrasos y ha habido varios ensayos fallidos. Así que no es tan sencillo como decir vamos a empezar a producir más misiles en respuesta a tu programa de misiles, por lo que no es posible simplemente duplicar la producción de cualquier misil, porque es algo difícil”, detalló Podvig.
La señalización nuclear rusa, sin embargo, tuvo objetivos concretos y medibles. Según el Centro de Seguridad y Cooperación Internacional de la Universidad de Stanford, la estrategia de Moscú apuntó a disuadir tres frentes: la intervención directa de la OTAN en Ucrania, el suministro de armamento occidental a Kiev y los ataques al territorio ruso y a Crimea. Es decir, el arsenal nuclear funcionó como un cerco invisible que delimita hasta dónde podía llegar Occidente sin cruzar una línea que Moscú consideraba existencial.
Esa estrategia mostró resultados iniciales buenos, pero también límites claros y, a pesar del éxito temprano de la señalización nuclear rusa, se hizo evidente que algunas de las líneas rojas de Moscú eran cruzables. Para 2023, Occidente había comprobado que el aumento del suministro de armas, la pérdida de territorios anexados y la ampliación de la OTAN hacia Finlandia y Suecia no habían desencadenado una respuesta nuclear.
La respuesta del Kremlin a ese desgaste fue radicalizar su propio marco doctrinario y, en noviembre de 2024, Rusia publicó una nueva doctrina nuclear en la que rebajó el umbral para el uso de armas nucleares, en un intento de hacer más audible su señalización hacia Occidente y Ucrania. La consecuencia directa fue la extensión total de la tensión de Ucrania a toda Europa y aliados de la OTAN. Francisco Belaunde, internacionalista, explicó para este medio la lógica que está aplicando Rusia bajo la dirección de la tensión como arma política.
“Hay una gran tensión con los europeos y además en un contexto en que ellos están preocupados porque Estados Unidos se ve que es un país que eventualmente no defendería a Europa en caso de un ataque ruso y eso es algo que, evidentemente, a Putin le conviene”, explicó.
Sin tratados, sin confianza
Durante décadas, los tratados de control de armas nucleares funcionaron como los cimientos jurídicos que hacían posible una convivencia entre potencias capaces de destruirse mutuamente. Esa base se construyó con paciencia durante la Guerra Fría y fue desmantelada, sin que nadie se diera cuenta, en los últimos años. El Sarmat no emergió en un vacío, es el producto de un mundo que dejó de valorar las reglas que él mismo se dió.
El Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (New START), el último acuerdo bilateral de control de armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia, expiró oficialmente el 5 de febrero de 2026. Tras su terminación, el Ministerio de Relaciones Exteriores ruso declaró que Moscú ya no estaba sujeto a ninguna obligación ni límite con respecto a sus armas ofensivas estratégicas, afirmando que era «libre de elegir sus pasos posteriores».
Con el vencimiento del New START, dos de las mayores potencias nucleares del mundo operan ahora sin ningún marco vinculante al control de armas por primera vez desde la Guerra Fría, lo que impulsa a los países europeos a explorar nuevos enfoques de disuasión. Podvig explora la posibilidad de que la tensión se alivie a pesar de haber un tratado de por medio, ya que “se deberían intentar encontrar nuevas formas de gestionar sus relaciones”.
“Creo que el número de ojivas ya no es tan importante como antes, pero lo que sí importa es la transparencia y cierto grado de confianza. Y la forma de construir confianza es haciendo cosas concretas. Por ejemplo, las notificaciones y todos esos mecanismos que antes existían, pero que ya no están vigentes legalmente, creo que eso es un buen punto de partida”, comentó el investigador.
Lo que sorprendió fue la velocidad con la que ambas potencias asumieron la nueva realidad sin un control. La publicación de la nueva doctrina nuclear rusa de 2024 formó parte de un esfuerzo para disuadir los ataques al territorio ruso con armas proporcionadas a Ucrania por Estados Unidos y sus aliados. Según analistas del Instituto Nacional de Políticas Públicas de Estados Unidos, Putin cree que el uso de amenazas nucleares aumenta el peso político de Rusia, y, sin un tratado que lo obligue a la transparencia, ese cálculo se vuelve más fácil de sostener.
En ese contexto, las señales que llegan desde Washington D.C. tampoco son tranquilizadoras. El gobierno de Trump volvió a plantear la idea de modernizar arsenales con capacidades propias de la Guerra Fría, mientras que el propio presidente aludió públicamente a la posibilidad de reanudar pruebas subterráneas de detonación nuclear. Belaunde refuerza esta idea y dice que “ahora los países se sienten libres de desarrollar”.
Además, indicó que “estamos en una era donde se ha roto la confianza a pesar de esa buena relación que quiere mantener Donald Trump con Putin. Pero claro, Trump tiene que tener en cuenta lo que se dice también en su partido y él tiene también que tener en cuenta eso».
El Sarmat no es únicamente un sistema de armas; encarna un instrumento de presión política en la doctrina nuclear rusa. Sus exhibiciones públicas, sus pruebas televisadas y las declaraciones presidenciales que lo acompañan funcionan como un código que Rusia emite permanentemente hacia Washington D.C., Kiev y a su propia población de “existimos, somos peligrosos y no pueden ignorarnos».
