Ausencia en las salas

[Foto: Chirapaq]

Los documentales peruanos perciben desafíos para ser proyectados. Desde menor presencia en cartelera y horarios, es un fenómeno de censura o un modelo de negocio.

Por: Sebastián Muñiz y Daniela Ramos

A raíz del estreno de Uyariy, documental que aborda la matanza de Juliaca y las protestas contra el gobierno de Dina Boluarte, se desató una polémica sobre la cantidad de salas en las que fue proyectada. El reclamo y la solidaridad de la audiencia permitió que Urayiy no sólo sea exhibida, sino que se mantenga más de una semana en salas. Sin embargo, el caso muestra una realidad más profunda: los desafíos que tienen los documentales en su distribución.

Con ello, las distribuidoras funcionan como un intermediario entre los productores de un largometraje y las salas de cine, esto para su comercialización. Estos contratos son los que determinan cantidad de cines, horarios tentativos y plazos. Sin embargo, se trata de un negocio altamente competitivo en el que las películas extranjeras cuentan con mayor apoyo, mientras que las nacionales pueden salir de las salas con más antelación. ¿A qué se debe esta situación?

Film competitive para principiantes

Un largometraje pasa por diferentes etapas entre la idea y su visionado por el público, siendo cuatro las principales: producción, venta, distribución y exhibición. Según el portal web de crítica y difusión cinematográfica Cinencuentro, en los últimos 3 años la cantidad de películas peruanas estrenadas osciló entre los 80 a 90 títulos anualmente. Asimismo, de acuerdo con el Departamento de Investigación de Statista, entre 2023 a 2025 hubo un incremento del 18% en la presencia de largometrajes en salas, aproximadamente 570 títulos de grandes estudios estrenados.

La presencia de las “majors” es el componente clave de la distribución. Productoras como Disney, Universal, Warner o Paramount invierten fuertes sumas de dinero para poder tener una gran acogida a nivel internacional. Dichas negociaciones construyen un calendario con las fechas oficiales y tentativas para lanzar una película, lo que se denomina film competitive, es decir, la competitividad interna entre varios títulos para llegar a la audiencia.

“Existe una cadena de distribución externa que obliga a las salas a priorizar las películas de ficción extranjeras. En ese contexto, el contenido peruano en la exhibición comercial es limitado y tiene poca capacidad de negociación con las distribuidoras internacionales o los exhibidores locales para acceder a mejores fechas y horarios. En el caso del documental, la situación es aún más compleja”, sostuvo Ángel Vizcarra, docente y realizador de documentales, para este medio.

Este modelo se estableció fuertemente con la llegada de los denominados blockbusters, largometrajes de alto nivel de producción que se lanzan en temporadas veraniegas para conseguir grandes niveles de público. De acuerdo con Suzanne Kvilhaug, marketera de contenidos para Investopedia, los blockbusters tienen presupuestos que oscilan en los 200 millones de dólares sólo para su producción. No obstante, estos pueden aumentar por el proceso ”P & A” (publicidad y venta) entre un 15% a un 50% del total para poder ser distribuidas.

Entonces, con un volumen de producción de 80 películas nacionales, compitiendo contra cientos de propuestas internacionales, se genera una desigualdad económica. Según el Instituto Peruano de Economía, un largometraje peruano puede tener un presupuesto que oscile entre los 100 mil dólares y los 750 mil dólares dependiendo de si es una propuesta comercial o independiente. Con esto en mente, las productoras locales no cuentan con el nivel presupuestal para competir en promoción y distribución comercial frente a producciones como Avengers o Superman.

Bajo esta premisa, la cosa se complica para los documentales, los cuales en sus presupuestos pueden no contar con el P & A o el apoyo de un estudio de renombre que respalde la producción. “Nos van a dar pocas alas, porque precisamente no estamos amarrados a una gran compañía. Eso pasa, incluso, hasta en los sectores más pequeños, hasta en los festivales, cuando tú estás colocando tu película, si no tienes de repente mucha cercanía al programador o al director del festival, te dan horarios en los que a nadie le gusta”, señaló Paola Molina, directora de documentales.

Sin embargo, el otro problema viene a nivel temático y de plazos. Normalmente los contratos de distribución con empresas como Cinecolor, BF distribution o Tondero exigen a las productoras una cantidad de largometrajes para ser producidos o tener los proyectos listos para una determinada fecha. En cambio, el cine documental funciona bajo otros procesos de producción en los que se puede no tener el producto listo para seguir investigando o grabando.

Según Molina, en el documental se puede estar años y años grabando, y aún no se conoce la película porque en el montaje algunas cosas cambian. “Nosotros tenemos que ser muy cuidadosos con las fechas, con los nombres. Un reportaje en televisión puede no retractarse, disculparse si hay un dato erróneo, pero un documental no, porque es una película que va a quedar para la posteridad, tiene un compromiso con los personajes, un compromiso con la verdad. Y es así que por eso nos toma más tiempo realizarlo”, añadió.

Es así que existe una realidad, los pesos pesados de la industria dominan, creando una agenda para maximizar la rentabilidad de sus proyectos. Esto deja a las propuestas peruanas, tanto para ficciones como para documentales, con el desafío de ser ubicados dentro de ese calendario. La razón por la que un largometraje puede durar una semana o menos en cartelera es justamente esta.

Sin promoción ni políticas

Sin embargo, el tratamiento del documental puede tener otros retos además de un contrato, y todo parte de algo más simple, el propio género. Es propicio acotar que este producto no es un medio diferente, pues sigue siendo una película, simplemente que se rige por otras lógicas de realización y puesta en escena.

“Un documental se distingue de la ficción porque nosotros investigamos por mucho tiempo, por muchos años. No podemos ir solamente con la información o con el guión que escribimos”, precisó Molina.

Este formato recae en una investigación elaborada, con entrevistas a diversas fuentes y con la explicación de un fenómeno. De forma que, para elaborar el guión, se requiere de bastantes fuentes para que el producto no sea solamente un reportaje, sino que pueda ser visualizado de manera universal. Al mismo tiempo, para la realización, aunque requiere de equipos técnicos similares a una propuesta ficcional, las entrevistas, las tomas de apoyo y el material grabado puede ser desarrollado en diferentes momentos y durante un largo tiempo.

Por lo tanto, la dificultad viene en que la audiencia está alejada del producto. Como detalló Molina, en los últimos años el documental ha perdido espacio dentro del cine comercial. Aproximadamente, desde los ochentas los documentales pierden relevancia en la cartelera. Y los públicos, especialmente las generaciones actuales, viven en un espacio en el que la ficción reina.

No obstante, en parte, si el público no consume documentales es porque no hay suficiente promoción. Para Vizcarra, la falta de campañas publicitarias consistentes hace que el producto peruano sea uno invisible para el espectador promedio. Al no tener una vitrina adecuada, el público difícilmente consume algo de lo que no tiene conocimiento, lo que perpetúa el ciclo de desinterés.

“Las ficciones tienen dinero para poder subvencionar las promociones en redes, las promociones gráficas o televisivas. En el caso del documental es muy diferente, porque dado que empieza con la problemática de no tener demasiado presupuesto, no tiene más para lo que es la parte de promoción”, explicó el realizador audiovisual. 

En Latinoamérica, industrias del cine como las de Argentina, México y Brasil presentan un público fiel al cine local gracias a las políticas públicas que intervienen en el panorama. Por ejemplo, en 2024, se aprobó la Ley N° 14.814 que reintrodujo la “Cuota de pantalla” en Brasil y otras leyes de incentivo. Según la Agencia Nacional del Cine (ANCINE), esta medida permitió que se triplicara la cuota de mercado de su cine nacional.

En Perú, propuestas legislativas como la “Ley Tudela”, que modifican las subvenciones económicas bajo criterios de rentabilidad comercial, ponen en riesgo la realización de géneros poco explorados como los documentales. Por lo tanto, en un contexto sin una cuota de pantalla estricta y con un Estado que poco a poco retira su apoyo al cine nacional, casos como el de Uyariy —que comenzó con horarios poco favorables y aún así llenó salas—  resultan excepcionales.

Cuando la mirada del público cambia

Debido a todas estas limitaciones, muchos realizadores de documentales optan por dirigirse  a públicos fuera de las salas comerciales. Al estar basados en sucesos reales, estos trabajos suelen tener un impacto cultural significativo, con el objetivo de abrir debate y generar diálogo en la sociedad. En esa línea, y ante el escaso respaldo de la exhibición comercial, los festivales de cine se consolidan como el espacio idóneo para la circulación de documentales.

El estreno oficial de Uyariy tuvo lugar en el 27° Festival del Cine de Lima, en agosto del año pasado. Su paso por este festival validó su relevancia cultural y política, lo que le permitió dar el salto a las salas comerciales, aunque no exento de dificultades. Tras lo que los especialistas consideraron un intento de censura debido a cancelaciones en su estreno y horarios poco favorables en las salas, el documental sobre la matanza en Juliaca, Puno, ocurrida en 2023, logró prevalecer.

“Cuando un documental aborda un tema vigente y político, tiene mayores posibilidades de ser visto y reconocido. En cambio, producciones que tratan asuntos como la tierra o la Pachamama, percibidos como más lejanos, difícilmente encuentran espacio en un estreno comercial, aunque sí lo hacen en circuitos alternativos”, señaló Molina. 

Para ambos especialistas, el impacto de Uyariy se vio reforzado por el clima político actual, que despertó un mayor interés ciudadano y transformó la indignación frente al trato de algunas cadenas exhibidoras en salas llenas y una ampliación de horarios. 

El director de la película, Javier Corcuera, señaló que el filme busca escuchar a las voces que fueron silenciadas por la historia y devolverles un lugar en la conversación pública. Vizcarra argumentó que en los últimos años, el acceso a tecnologías de grabación y edición ha democratizado la producción audiovisual, motivando a comunicadores y realizadores a experimentar.

“El ánimo de poder tener voz a través de un género que es tan importante, de tanto alcance cultural y social es que ha animado a mucha gente a poder hacer documentales y se producen muchos documentales. De ahí que hay muchos festivales documentales en el país, no solamente en Lima”, complementó Vizcarra.

Mientras el acceso a salas comerciales sigue siendo un desafío, el respaldo del público —tanto en redes sociales como en las funciones de Uyariy— anticipa un panorama alentador para el documental peruano, formato especialmente relevante en una región donde la memoria y el debate se vuelven herramientas clave frente a una serie de gobiernos marcados por innumerables fracturas.

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