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La nueva ola coreana

[Ilustración: Cynthia Carmen / Chat GPT]

La expansión cultural coreana ya no se mide solo por sus versátiles artistas: ahora conquista al mundo desde el cine, las series y la animación.

Por Cynthia Carmen y Amira Aliaga

Kpop: Demon Hunters llegó a Netflix y en pocos días se volvió tendencia global. En TikTok, los clips de las cazadoras cantantes acumulan millones de vistas; en Spotify, sus canciones suenan entre playlists de niños y adultos por igual. Aunque es una producción originalmente de Sony Pictures, está impregnada de vibra coreana por todos lados: los escenarios, la estética, los símbolos y los personajes. 

Sin embargo, detrás del ritmo pegadizo y la animación vibrante parece asomarse algo más grande. El fenómeno cultural coreano ya no necesita pasaporte ni control migratorio para seguir expandiéndose: ¿Estamos ante una nueva etapa del recordado Hallyu?

Los primeros pasos

Mucho antes de que la ola coreana llegara a Occidente, haciendo que cantemos letras en hangul o que hiciéramos maratones de entrañables doramas, Corea del Sur había comenzado a pavimentar el camino. A fines de los años 90, el gobierno coreano fomentó que su industria cultural se convirtiese en un motor económico en favor del país. Así nació el Hallyu, u “ola coreana”, un movimiento que surgió en China para hacer referencia al alza de interés en la cultura popular del país surcoreano. 

Los primeros fanáticos internacionales se formaron en la industria del Kpop, siguiendo a jóvenes que entrenaban sin parar para perfeccionar sus cantos, bailes, actuaciones e incluso cuerpos. Grupos como H.O.T y BoA fueron de los primeros en exportar el modelo de ídolos multifacéticos, cuidadosamente producidos por agencias que juntaban el marketing, el talento y la disciplina.

Pese a ello, el escenario no brillaba todo el tiempo para todos los artistas. Las extensas jornadas de práctica, contratos restrictivos, exigencias físicas y emocionales, además de una sociedad que aceptaba estas medidas marcaron el lado menos glamuroso del fenómeno. Pero, aunque existían sombras, esta industria logró algo difícil: construir una identidad cultural que atrapó a una generación necesitada de novedad, estética y emoción.

Oswaldo Morales, doctor en Estudios Internacionales, tuvo la oportunidad de vivir en Asia y observar de cerca la influencia de Corea en el resto del continente. “Su estrategia de expansión cultural tiene décadas (…) Viví en Japón alrededor de 2005 y ya se percibía la cultura coreana como un gran referente en ese entonces”, declaró.

Tras muchos años de consolidación del Kpop, el paso de los años dorados y su constante evolución, parece deslumbrar al final del camino una nueva oportunidad para el talento coreano: la cinematografía.

El punto de quiebre

El estreno y posterior éxito de Parasite (2019), dirigida por Bong Joon-ho, marcó un punto de inflexión en la historia del cine contemporáneo y en la proyección cultural de Corea del Sur hacia el mundo. La película, una sátira sobre la desigualdad y la lucha de clases, se convirtió en la primera producción de habla no inglesa en ganar el Óscar a Mejor Película en 2020, además de recibir los premios a Mejor Director, Guión Original y Película Internacional.

Más allá del reconocimiento, Parasite redefinió la identidad cultural de Corea ante el mundo: dejó de asociarse únicamente con el K-pop, la moda o los dramas televisivos, y pasó a ser vista como una nación capaz de generar cine de autor con mirada crítica y estética innovadora. 

Dicha victoria no sólo elevó el perfil del cine coreano sino que creó un precedente de visibilidad para producciones asiáticas, abriendo puertas a una industria que hasta entonces solía estar catalogada como “local”. Como señaló BBC Culture, Bong Joon-ho rompió “la barrera del subtítulo” al demostrar que una historia profundamente coreana podía emocionar y provocar reflexión en cualquier idioma.

Sin embargo, de acuerdo a Luis Esparza, y desde un punto de vista estratégico y comercial, este galardón no fue un golpe de suerte: “Corea viene de un proceso largo de madurez de sus industrias culturales como el K-Pop, los kdramas y el cine” indicó.

La victoria de Parasite simplemente reafirmó la etapa en la que trascendió el K-pop y los doramas hacia otros rubros como el cine y la animación, demostrando que Corea no improvisa: el Óscar fue la culminación de una estrategia cultural sostenida por décadas.

Actualmente, junto al éxito de K-pop Demon Hunters, aunque no forma parte de una producción asiática sí cuenta con claros elementos de la cultura asiática: mitología, platos típicos, industrias artísticas y más. ¿Podemos hablar de un estilo coreano en el cine?

“No creo que exista un estilo en sí. Sin embargo, la identidad que reconocemos en estos productos es el resultado de un largo proceso de maduración de sus industrias culturales, como el K-pop, los k-dramas, el cine y la animación.”, señaló Esparza.

El motor detrás

Corea del Sur demostró que su cultura actúa como una fuerza económica y política a nivel internacional. El marco legal y normativo del país define la “industria cultural” como aquellas industrias relacionadas con la producción, distribución y consumo de productos culturales, abarcando bienes y servicios tanto tangibles como intangibles. 

Además, el Framework Act on the Promotion of Cultural Industries establece mecanismos de apoyo y promoción para ese sector, incluyendo la creación o reorganización de organismos encargados de fomentar la industria en vez de sólo regularlo.

“A diferencia de gran parte de la cultura occidental, que suele tener un enfoque más privado, en Asia la cultura no es solo una iniciativa empresarial: se convierte en una política cultural de alcance nacional”, señaló Oswaldo Morales.

Existen organismos y agencias que funcionan como brazo del gobierno para promover contenidos culturales. Uno de ellos, la KOCCA (Korea Creative Content Agency), ayuda con financiamiento, investigación, exportación, distribución internacional entre otros. 

Un antecedente muy recordado en la industria musical sobre cómo la política y la cultura pueden confluir ocurrió en 2018, cuando el gobierno surcoreano debatió públicamente la posibilidad de exonerar del servicio militar a artistas con ‘méritos nacionales excepcionales’. El caso más mediático fue el de BTS. Finalmente, por decisión de los propios integrantes, la exención no se aplicó y cumplieron con su servicio militar.

Esta discusión reveló que el Estado reconocía a la industria cultural —y en especial a la musical— no solo como entretenimiento, sino como una fuerza estratégica capaz de generar turismo, comercio y reconocimiento internacional. Tanto así que el país llegó a replantear una de sus medidas más rígidas, aquella que aún persiste debido al conflicto latente entre las dos Coreas.

El camino del país coreano ya está marcado, y este país sabe reinventarse para afrontar las nuevas tendencias. “La gran diferencia, o el principal valor de esta cultura artística coreana, es su capacidad de adaptación. Hace unos años me llamó la atención ver a artistas coreanos cantando en español, interpretando canciones en inglés o haciendo covers de distintos géneros. Tienen una enorme facilidad para ajustarse rápidamente a nuevos públicos”, comentó Morales.

Lo que es seguro es que Corea del Sur ya no solo exporta productos culturales: exporta una visión del arte. Una que combina políticas públicas, creatividad y estrategias comerciales que apuntan alto. Todo indica que la ola coreana está muy lejos de romperse en la orilla.

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