Cada 31 de octubre, mientras algunas calles peruanas se inundan de disfraces, dulces y calabazas, en otros el sonido de la guitarra y el cajón protagonizan la jarana.
Por Marjorie Chauca
El Día de la Canción Criolla, una fecha que, desde 1944, rinde homenaje a los intérpretes y compositores de la música criolla. Según un estudio de Ipsos realizado el año pasado, existe una mayor preferencia en festejar el Día de la Canción Criolla que celebrar Halloween.
Con ello, se confirma que el criollismo, a pesar de los años y la popularidad de otros géneros musicales, sigue sonando fuerte incluso en tiempos digitales y celebraciones extranjeras. Sin embargo, ¿qué mantiene aún viva a la música criolla?
Sangre criolla, alma mestiza
Su origen se remonta a Lima, una ciudad que, desde el siglo XIX, se traduce en un punto de encuentro de diversas culturas. En sus puertos y callejones convivían influencias indígenas, africanas y europeas. Allí, el sonido de la guitarra, el arpa y la quijada de burro acompañaban en las fiestas de los barrios afrodescendientes de Malambo y el Callao, mientras el yaraví andino encontraba eco en los teatros y reuniones limeñas.
De ese crisol nació una música que contaba las historias del pueblo: su amor, su lucha y su esperanza. Tras la Guerra con Chile, el escritor Abelardo Gamarra, “El Tunante”, rebautizó la zamacueca (no la actual) como marinera, en homenaje a la Marina peruana.
Con el paso del tiempo, el vals limeño dejó los salones aristocráticos para instalarse en los callejones, donde Felipe Pinglo Alva le dio su forma definitiva, convirtiéndolo en el corazón de la música criolla. Sus composiciones, como El plebeyo, consolidaron al vals como un símbolo de identidad y sentimiento popular, marcando el final de un proceso de decantamiento que terminó por dar a la música criolla el perfil que conserva hasta hoy.
En los años cincuenta, la radio hizo del criollismo un fenómeno nacional. Voces como Chabuca Granda, Jesús Vásquez, Lucha Reyes, Alicia Maguiña, Óscar Avilés y Arturo “Zambo” Cavero marcaron su edad dorada. Aunque desde la década de 1980 su presencia en los medios se redujo, la música criolla nunca desapareció: se replegó a los barrios y encontró refugio en centros musicales y peñas.
“Sobre este resurgimiento en los espacios populares, lo que fue sucediendo con el tiempo es que albergaron a muchos de los músicos que no necesariamente tenían una presencia tan notoria en los medios de difusión más masiva. Tanto compositores como intérpretes. Entonces, eso fue súper importante”, explicó Fred Rohner Stornaiuolo, historiador y subdirector del Instituto de Etnomusicología de la PUCP.
Unida la costa, unida la sierra, unida la selva
Según el Estudio Nacional Urbano de Ipsos realizado en 2024, el 52% de peruanos prefiere celebrar el Día de la Canción Criolla, frente al 16% que opta por Halloween. Dentro de ese grupo, los adultos mayores representan el 60% de quienes mantienen viva la tradición, mientras que casi el 40% de jóvenes afirma que planea festejar al ritmo de una guitarra o una marinera.
El informe revela, además, cómo se vive esta fecha: un 51% planea celebrar el 31 de octubre en una peña o fiesta criolla; un 13% en una fiesta de disfraces; un 10% saldrá a pedir dulces; un 8% asistirá a una reunión sin disfraces, y un 5% realizará otra actividad.
Por otro lado, la tradición criolla también varía según la región. En la selva, un 65% de peruanos planea festejar la música criolla, superando a la costa (53%) y la sierra (48%). La encuesta demuestra que el entusiasmo por este género trasciende edades y geografías, pues si bien el criollismo nació en la capital, hoy se ha transformado en un símbolo de identidad compartida.
En ciudades como Iquitos, Pucallpa o Tarapoto, el cajón y la guitarra siguen marcando el compás de la jarana. Para el antropólogo Alex Huerta, este fenómeno no es casual. “La cultura criolla ha sido fundante; aunque surgió en Lima, ha influido en todo el Perú, para bien o para mal”, señaló.
Su arraigo en distintas regiones se explica por las letras, emociones y sentido de identidad que transmiten sus canciones. “Lo que pasa es que, aparte de que las letras hablan del Perú y de la Unión, son de los pocos momentos en que tenemos una identidad colectiva, que podemos hablar sobre la tierra, sobre el Perú”, resaltó.
El vals criollo, la música criolla, y los ritmos afros permiten rescatar un poco la forma como son los peruanos: emocionales, querendones y orgullosos de la tierra en que nacieron. “Los conocemos desde niños, los hemos cantado siempre y por eso nos siguen uniendo”, destacó Huerta.
Criollismo que se reinventa
El público ha cambiado, pero el sentimiento sigue siendo el mismo. La música criolla enfrenta nuevos desafíos: la competencia con otros géneros, los costos de mantener vivas las peñas y la falta de espacios de difusión. Sin embargo, su espíritu permanece, incluso se reinventa entre generaciones y encuentra en las redes sociales un nuevo escenario dónde sonar.
El joven compositor e intérprete de 14 años, Facundo Sanz Bracelli, reconoció que el secreto para mantener viva la tradición está en adaptarse sin perder la esencia. “Lo que mantiene vigente la música criolla entre los jóvenes es la fusión con nuevos sonidos. Si uno escucha la criolla de los años 50 o 60, es distinta, pero igual de hermosa. Hoy los instrumentos modernos y las fusiones la acercan a más personas”, enfatizó.
Para Sanz, las redes sociales cumplen un papel clave. “Uno se las ingenia para difundir los proyectos culturales. A veces los canales cierran las puertas, pero felizmente existen las plataformas digitales. Gracias a eso, el criollismo sigue creciendo con nuevos exponentes que lo llevan a su manera”, mencionó.
En las peñas y en los centros culturales, ese renacer también se siente. La dueña de la famosa Peña Don Porfirio, Marilú Loncharich, contó que, incluso después de la pandemia, el público joven se ha multiplicado. “Hay noches que me emocionan. Vienen chicos que nunca habían bailado un vals y aquí lo hacen, disfrutan y reconocen nuestra música”, relató.
El criollismo, como toda tradición viva, cambia, se mezcla y se adapta. Pero su esencia que nace del cajón, la guitarra y el corazón sigue intacta porque, aunque los tiempos y los ritmos se transformen, la jarana nunca muere.
