Seis presidentes en menos de una década revelan una constante en la política peruana: la fragilidad del poder y la desconfianza en las instituciones.
Por Jhonatan Lago
Desde 2016, seis mandatarios no han logrado culminar su mandato debido a crisis sucesivas marcadas por vacancias, renuncias y escándalos de corrupción. Solo el 8% de peruanos confía plenamente en las elecciones generales de 2026, mientras que un 37% no confía en absoluto, según el Instituto de Estudios Peruanos, lo que refleja el desgaste de la confianza ciudadana en el sistema democrático.
La historia reciente parece girar en torno a una misma escena que se repite cada vez más. Un presidente debilitado, un Congreso enfrentado y un país dividido se han convertido en elementos recurrentes de cada crisis política. Desde Pedro Pablo Kuczynski hasta Dina Boluarte, ningún mandatario ha logrado completar el periodo presidencial. Las razones no se reducen a decisiones individuales, sino que responden a un entramado institucional que permite que estas crisis se repitan.
Partidos políticos que no son partidos
El periodista y analista político, André Villacorta, considera que este patrón se explica por la debilidad con la que los mandatarios asumen el cargo. “Desde PPK hemos tenido presidentes muy precarios, muy débiles”, comenta. La falta de alianzas estables y de partidos estructurados convierte a la figura presidencial en un blanco fácil. La caída de Martín Vizcarra, la breve gestión de Manuel Merino y la destitución de Pedro Castillo muestran que no hay margen de maniobra para gobiernos sin base política sólida.
Asimismo, cuando un presidente logra apoyo ciudadano temporal, como ocurrió con Vizcarra, ese respaldo termina siendo volátil y no sustituye una verdadera gobernabilidad. La fragilidad del sistema político peruano tiene uno de sus pilares en la debilidad de sus partidos. No existen estructuras ideológicas consistentes, sino organizaciones efímeras creadas para competir electoralmente y desaparecer o fragmentarse después.
Para Carlos Paredes, periodista y analista político, el problema es claro. “No existen partidos políticos como tales, sino franquicias o empresas políticas”, sostiene. Esto significa que los liderazgos se construyen en torno a figuras individuales y no a proyectos colectivos, lo que explica la facilidad con la que se rompen alianzas y la ausencia de gobernabilidad.
El caso de Castillo ilustra esta lógica: llegó al poder como “invitado” en su propio partido. Como recuerda Villacorta, el expresidente no controlaba ni siquiera la bancada que lo debía respaldar. Esta desconexión entre Ejecutivo y Legislativo crea un terreno minado donde cada paso político puede transformarse en un detonante de crisis.
Medios débiles, redes ruidosas y opinión pública
En un contexto de instituciones frágiles, la opinión pública ha adquirido un peso inusual dentro de la dinámica política. En algunos casos, como el de Vizcarra, la presión ciudadana permitió sostener un gobierno por más tiempo. En otros, como el de Boluarte, la desaprobación no fue suficiente para forzar una salida instantánea. Esta irregularidad evidencia que no existe un canal institucional sólido que traduzca la voz ciudadana en estabilidad política.
A ello se suma un ecosistema mediático en crisis. “Los medios no están pasando por un buen momento”, advierte Paredes. Con menos recursos y personal, los tradicionales han perdido influencia frente a las redes sociales, donde predominan mensajes simplistas y polarizados. Villacorta, por su parte, apunta que, en esos espacios, “abunda el espectáculo y la ligereza”, lo que termina afectando la calidad del debate público.
La figura de la vacancia presidencial, concebida en un inicio como un mecanismo excepcional, se ha convertido en un instrumento de uso frecuente. La ausencia de parámetros claros para aplicarla deja en manos del Congreso la posibilidad de destituir a un mandatario por motivos políticos más que institucionales.
Paredes considera que, en la actualidad, el país vive en “un parlamentarismo bastardo, donde el Congreso tiene el poder absoluto”. Este desequilibrio de poderes alimenta estrategias de corto plazo, bloquea acuerdos y profundiza la desconfianza ciudadana. Cada vacancia no solo implica un cambio de presidente, sino también la paralización de políticas públicas y la ruptura de planes estatales.
Votantes desinformados y sin opciones reales
La responsabilidad no recae únicamente en las élites políticas. El electorado también es parte del problema. No obstante, en un país con más de cuarenta organizaciones políticas y miles de candidatos, la capacidad real de los votantes para informarse y comparar propuestas es mínima. “Ninguna persona común se va a dar el tiempo de investigar a 39 candidatos”, señala Villacorta.
La sobreoferta electoral, combinada con partidos débiles y un ecosistema mediático deteriorado, deja al ciudadano sin herramientas claras para elegir. Por ende, la desinformación se multiplica y las decisiones se toman muchas veces basándose en simpatías personales antes que en propuestas concretas.
Esta desconexión entre la ciudadanía y la política no solo alimenta la crisis, también la perpetúa, ya que un electorado sin información sólida tiende a elegir opciones improvisadas o extremas, debilitando aún más la legitimidad de los gobiernos que surgen de esas decisiones. En ese contexto, el voto deja de ser un mecanismo de cambio real y se convierte en un acto rutinario, sin expectativas de transformación duradera.
La solución no es sencilla, aunque existe consenso sobre la necesidad de una reforma política profunda. Villacorta considera que se deben establecer reglas más estrictas para dificultar la vacancia de un presidente o la disolución de un Congreso, además de exigir mayor responsabilidad a los partidos políticos. Sin cambios estructurales, la inestabilidad seguirá siendo la norma.
Paredes, por su lado, resalta que la ciudadanía, de igual manera, debe asumir su culpa. “Los electores también somos parte de esa mediocridad, elegimos sin haber hecho un estudio”, afirma. Una cultura política más sólida podría servir como freno a la improvisación y a la captura de poder por parte de intereses particulares.
Estabilidad política, una tarea colectiva
La inestabilidad presidencial en el Perú no es producto de un único error ni de una persona específica: es el resultado de un diseño institucional débil, partidos degradados, medios en crisis y una ciudadanía desconfiada. Cada gobierno que cae deja heridas abiertas y una sensación colectiva de que nada cambia realmente.
Reformar las reglas del juego no garantiza un equilibrio inmediato, aunque representa un paso necesario para romper con el patrón que ha convertido la presidencia en un asiento inestable. Mientras eso no ocurra, el país seguirá atrapado en un ciclo político que se repite con inquietante precisión.
La reanudación constante de estas crisis ha debilitado la confianza en la política como herramienta de transformación. Cuando la ciudadanía percibe que ninguna autoridad logra sostenerse, el voto pierde peso simbólico y se vuelve un acto desprovisto de esperanza. En ese escenario, la democracia se vuelve más frágil y los espacios de poder quedan a merced de intereses de corto plazo que refuerzan el estancamiento.
Romper con esta lógica no es una tarea sencilla ni inmediata. Exige una visión colectiva que trascienda la coyuntura y un compromiso político que no se limite a la supervivencia de cada mandato.
Solo cuando se comprenda que la estabilidad no nace de la casualidad, sino de un esfuerzo común, el país podrá dejar atrás la idea de que la caída de un presidente es inevitable. La verdadera transformación no estará en un nuevo rostro de la nación, sino en un sistema político que inspire confianza, que perdure en el tiempo y que permita, al fin, dejar de repetir la misma historia.
*Trabajo realizado para el curso de Producción Informativa 2025-2.
