En honor a su lucha por el reconocimiento de sus derechos, cada 9 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Roger Rumrrill, autor y promotor cultural, es uno de los tantos personajes que han dedicado su vida a defender su adorada Amazonía.
Por Noelia Manrique
A pesar de las ocho veces que ha sido amenazado de muerte, se erige desafiante en el estrado de la Casa de la Literatura Peruana. Entre un mar de aplausos, espera recibir el premio que conmemora su ardua lucha que sus enemigos han intentado silenciar.
“Es maravilloso todo lo que él significa”, “deja una gran herencia intelectual”, murmulla emocionado el público presente. Y es que Roger Rumrrill, literato e indigenista amazónico desde hace más de 70 años, utiliza su pluma como su arma más poderosa para defender a capa y espada a su adorada Madre Selva.
Como los curiosos contrastes que lo hacen ser quien es, nomás voltear la esquina de la cuadra 15 de la caótica Av. Tingo María en Breña, una calma abrumadora inunda el pasaje Río Santiago.
Allí, una casita con la pintura verde un tanto desgastada y el portón de madera apolillado se destaca de entre las demás por su pequeño jardín. De él emana una delicada fragancia a tierra húmeda, la cual, esta vez, es opacada por un potente hedor a desagüe que te golpea nada más al acercarte a la entrada.
“Disculparás el olor a político”, es lo primero que me dice Roger al abrir la puerta para, después, soltar una estrepitosa carcajada y saludarme con un cálido abrazo que pocos tienen la fortuna de recibir por parte suya. A simple vista, es fácil percibir que es un señor muy humilde, pero que también le gusta vestir muy elegante.
Sus cabellos blancos y piel rojiza y agrietada por el pasar del tiempo combinan con la camisa celeste que lleva puesta, la cual es del mismo color de sus ojos vivaces que te escanean de pies a cabeza.
Él me invita a pasar a su hogar y, una vez adentro, me guía con su lento andar por un pasillo de una tonalidad turquesa pantanosa, similar a la del río Amazonas.
En él, lo primero que llama la atención es el inmenso retrato de José Carlos Mariátegui colgado en medio de una extensa variedad de pinturas de la selva de sus diferentes artistas amigos. Mientras que, de fondo, se oye una melodía de música clásica que va acrecentando conforme nos encaminamos hacia la primera puerta.
“Bienvenida a mi bunker”, me comenta con una sonrisa de oreja a oreja cuando ingresamos a su biblioteca personal. Un frondoso bosque de sabiduría amazónica -tal como su mente- con estantes en los que habitan más de seis mil libros, apuntes, documentos, recortes de periódicos, fotografías, cartas, dibujos y un millar más de papeles colocados sobre una mesa de madera que es casi imposible de ver.
Todo ello entremezclado con otros elementos como colecciones de CDs, casetes, adornos y trajes típicos de su pueblo, y hasta una gran pintura de él.
“¿Qué tanto anotas en esa libreta tuya?”, me pregunta de un momento a otro y, sin dejarme responder, vuelve a tomar la palabra. “Yo soy igual que tú y por eso ya he acumulado como unas 500 libretas. A ver qué escribes”.
“Perdonará la letra”, alcanzo a decir en lo que él se coloca a mi costado para observar mis notas.
“Ja, ja, ja, ja, esta letra parece petroglifos, es igual que la mía, es que tenemos letra de escritor”, bromea conmigo y, nuevamente, pero poniéndose serio, no me da tiempo a contestarle. “¿Sabes algo? Cuando estoy aquí, siento poder y fuerza, siento el viento, el aire, los olores de mi tierra. Esta es toda mi vida, déjame te muestro”.
Me lleva directamente hacia el anaquel en el que están algunas de sus más de 30 obras, las cuales resaltan del resto por ser las únicas que tienen su portada expuesta. Luego, como si las tuviera preparadas, me enseña las entrevistas que los medios han hecho sobre él, así como su distinción más reciente de Personalidad Meritoria de la Cultura.
“Este reconocimiento me lo dieron por mi gran labor como defensor y promotor de la Amazonía”, me confiesa emocionado.
“¿Acaso no es por ello por lo que ha estado muy cerca de morir en más de una ocasión?”, le consulto curiosa.
“Sí, es verdad, pero lo más riesgoso es detenerse. Uno elige entre la vida o hacer justicia y yo tengo claro que mi luz, mi epifanía y mi destino es amazónico”, afirma con coraje.
Inmersión en el bosque de la literatura
A orillas del río Ucayali, se extiende un amplio paraje verde acompasado por el trinar de los pájaros y el silbido del viento al chocar con las hojas del inmenso número de árboles que impiden ver el inicio y el final de la selva.
Desde allí, en la década del 50, a sus 14 años, Roger se dirigía todas las mañanas hacia el centro de Pucallpa a vender helados. Por las tardes, se adentraba ceremoniosamente en el cine de la ciudad a ver los clásicos filmes del oeste de aquella época.
En ese lugar, hipnotizado por las ilusiones del séptimo arte, lo encontró su hermana mayor, quien, habiendo cumplido la última voluntad de su madre de casarse a una temprana edad, vino a llevárselo para que se fuera a vivir con ella.
Él no quería irse por nada y con lo único que logró convencerlo fue con un tesoro que iba a atraparlo para siempre: una colección de cuentos de Constancio C. Vigil. “Así, subido a la lancha La Libertad camino a Iquitos, es que empezó mi voracidad por la lectura y mi camino literario”, rememora.
Sin embargo, aquel solamente fue el despertar de su vocación innata de escritor, la cual comenzó a cultivar imparablemente a partir de ese instante. Cada noche, a la luz de la higuerilla, rigurosamente de 9pm a 5am devoraba libros.
Incluso cuando a sus 20 años inició su vida de casado con Linda, sus hábitos continuaron tal cual. Ella, sin importar la hora que fuese, se levantaba en la madrugada entre 6 a 7 veces a prepararle su bebida mágica: la mazamorra de arroz. Hoy, seis décadas después, la rutina se mantiene, aunque con algunos ligeros cambios.
Entre su afán por proteger a su esposa e hijas de las amenazas de muerte, así como un intento por, según él, buscar un poco de paz, Roger dejó su querida selva para irse a vivir a los centros del occidentalismo: Lima, Europa y Estados Unidos. País en el que, cual obrero, ha redactado sus novelas de los últimos diez años en un estricto horario de 8am a 2pm, aislándose por completo para convertirse en uno mismo con su tema, personajes, estructuras y técnicas.
“¿Y cuál de todas es su favorita?”, lo interrumpo sin previo aviso. “El flashback, el cual, te explico, consiste en retroceder en el tiempo atrás para narrar un hecho o, simplemente, evocar alguna memoria”, me responde Roger minuciosamente para que no me pierda ningún detalle de lo que dice.
Él, tal como los protagonistas de su obra Virgen de Samiria, en todo momento vuelve al pasado para encontrar la dirección de su presente. Especialmente, es en aquellas horas de escritura y, sobre todo, en el extranjero que sus recuerdos de los sonidos, olores y sabores de su patria le llegan con mayor claridad e intensidad. Algo similar a cuando residió en el viejo continente en los 60, pues allí afirma haber reconfirmado su identidad charapa.
“Roger ha recorrido tanto estos bosques que tiene para contar historias únicas que las criaturas mágicas le han contado solo a él”, mencionó la narradora Cucha del Águila al presentarlo en la Feria del Libro Ricardo Palma, “de hecho, él se ha transformado en una de ellas”.
Y, aunque parezca imposible, tiene algo de razón. En su adolescencia y juventud, junto a su hermana y cuñado, él viajó de pueblo en pueblo, absorbiendo una inconmensurable cantidad de información sobre el mundo físico, cultural, mítico y mágico del oriente peruano.
“He dedicado mi vida a amar, estudiar, defender y sumergirme en la Amazonía”, me cuenta con los ojos brillosos.
“¿Entonces por qué alejarse de ella? ¿No cree que viviendo en otro lado tan opuesto vaya a terminar olvidándola?”, le cuestionó sin comprender las razones para distanciarse del que él llama su axis-mundi, el centro de su universo.
“Eso no va a pasar. Ella vive conmigo en cualquier lugar que esté, la siento y la sueño”, sentencia con un suspiro.
Navegando a contracorriente
A vísperas de Fiestas Patrias, Roger nació un 26 de julio de 1938 en Iquitos, ciudad en la que pasó gran parte de su difícil infancia. Huérfano de padre a los 6 meses y de madre a los 8 años, solo se acuerda del gran esfuerzo que hacía su progenitora, Carmen García Guerra, para que él sea el hombre que ella tanto anhelaba.
Supersticiosa y apegada a las creencias indígenas, lo alimentaba de seso de perdices para que fuera creativo, a la par que en el juane le quitaba la pata de gallina para evitar que tuviera mala letra.
En consecuencia, ante la ausencia de sus padres, la fantasía de la niñez se quebró tajantemente y no le quedó de otra que madurar muy rápido; sin embargo, aquello no fue impedimento para mantener vivo a su niño interior.
Para él, el secreto del conocimiento está en mirar a su alrededor como si lo estuvieras descubriendo por primera vez, como si no supieras nada y te asombrará todo lo que ves, escuchas, hueles, saboreas y tocas.
“Es así como me he convertido en el mayor experto en temas amazónicos”, me declara enfatizando cada una de sus palabras. “He logrado desarrollar una visión holística que me permite abordar mi realidad, perfectamente, desde más de un género”.
De esta forma, pese a que cada una de sus facetas fluye en su propio cauce, todas convergen y desembocan en el mismo propósito: revalorar y salvaguardar al pulmón del mundo. Dicha meta se convirtió en el destino final de todas las múltiples vivencias por las que ha navegado a lo largo de sus 87 años.
Una de sus preferidas y que suele relatar siempre que tiene oportunidad fue su encuentro con Mario Vargas Llosa, cuando, por allá del 2010, este se encontraba redactando El Sueño del Celta.
Roger, contrario a los ideales políticos del nobel de la literatura, recuerda como uno de sus mayores triunfos el haberlo vencido en su propia cancha con tan solo tres virotazos. “En nuestra conversación, le solté tres flechas envenenadas disfrazadas de datos que lo dejaron perplejo ante lo que yo sí sabía y él no”, evoca con una expresión victoriosa en su rostro.
Otra experiencia de la que está muy orgulloso, a pesar de su postura reacia a lo que él denomina el colonialismo y eurocentrismo del Estado peruano, fue cuando en la década de los 70 participó activamente de la política nacional.
En ese entonces, se unió a las filas del gobierno del General Juan Velasco Alvarado como encargado de realizar los discursos para Enrique Valdés Angulo, el ministro de agricultura de aquel mandato. Al igual que ellos, soñaba con construir una nación que reivindicara al indígena.
Durante esa época, también trabajó como asesor de Vladimiro Montesinos; no obstante, el lazo se rompió cuando, según lo que me revela, él lo acusó de comunista. “Y todo ese lío solo porque yo veía películas cubanas, ja, ja, ja, ja”, comenta jocosamente mientras observa el otro gran retrato que tiene de José Carlos Mariátegui.
Y así tiene mil y una anécdotas más, las cuales, pese a ser diferentes entre sí, todas juntas construyen lo que para él es su mayor riqueza: su sabiduría.
Tal como el Viejo Oroma, personaje recurrente en sus novelas y que se dice ser su alter ego por su profunda conexión con los pueblos amazónicos, está seguro de que podrá cumplir la misión que sus ancestros le han encomendado: transmitir sus memorias y cosmovisiones a las futuras generaciones.
“La vida deja huellas hondas o superficiales, donde pasa. Pero deja huellas inevitablemente”, lee en voz alta una de sus frases que tiene escritas en alguna de sus tantas libretas.
“¿Qué me está queriendo decir con ello?”, preguntó expectante por descubrir qué se esconde detrás de sus pensamientos.
“Que todo lo que hacemos queda grabado como parte de nuestra historia y tendemos a volver hacia lo que hicimos, pues nuestro futuro se construye de la memoria y la experiencia”, explica apaciblemente.
Cruzada por la Amazonía
Al paso que vamos, todos seremos culpables de que, en unos cuantos años, el verde vibrante que colorea a nuestra selva en los mapas sea reemplazado por un marrón opaco. Para Roger, la indiferencia y el analfabetismo que padecemos por haber dejado de leer el gran libro de la naturaleza nos ha condenado a ser sus homicidas.
“El ecocidio de la Amazonía ha provocado que esta se dirija hacia un punto de no retorno”, menciona Roger apesadumbrado, pero con un tono de voz que no deja lugar a dudas de la profunda indignación que le suscita esta situación.
“Entonces, ¿quiere decir que realmente ya no hay nada por hacer?”, lo interrogó atónita frente a su pesimismo.
“Pareciera que no, pero, todo depende de ustedes”, me dice mientras me señala y mira fijamente con un brillo de esperanza en sus ojos. “Ustedes los jóvenes son un terreno fértil de conocimiento, por eso debemos hablarles y traspasarles todo lo que uno sabe, solo así se puede soñar con el milagro de algún pequeño cambio”.
Es por esa ilusión que, aunque la deforestación, la expansión urbana y la explotación de los recursos naturales han provocado que la extensión de bosque ya desaparecido sea equivalente a cien veces la longitud del río Marañón, Roger trabaja fervientemente para combatir los crímenes que se están cometiendo contra el oriente peruano.
En 1962, junto a sus amigos escritores, narradores, poetas, teatristas, cuentistas y hasta pintores, fundó Bubinzana. Un movimiento cultural que planteaba que el centro de todo debía ser la cosmovisión indígena, ya que solo de este modo se entendería que al igual que respetamos a nuestros padres, también debemos hacerlo con nuestra Madre Naturaleza.
De esta manera, a sus 24 años, aquel fuego interno que llevaba en su interior desde que nació, se transformó en un incendio voraz que, hasta ahora, lo impulsa a alzar la voz para colocar bajo los reflectores la lucha de los 55 pueblos originarios del Perú por salvar su territorio.
Para él, tal como lo refleja por medio de la protagonista de La Virgen del Samiria, la selva está siendo mancillada, arrasada y violada.
En 2023, después de tanto tiempo, regresó a la Amazonía y la encontró en peligro de extinción. “Los ríos están secos, el calor es insoportable y los niños tienen pesadillas”, manifiesta con la voz un tanto quebrada.
Es por ello que, pese a haberse expuesto a gente extremadamente poderosa, como las FARC de Colombia o Tragabala, el narcotraficante más temido de Ucayali, él sigue terco y dispuesto a dar la vida por su tierra si es necesario. No obstante, para lograrlo, sabe que debe cubrir todos los frentes posibles.
En unión con CLAPI, el Consejo Latinoamericano de Comunicación de los Pueblos Indígenas, les llevó el cine para que sean ellos mismos quienes retraten fidedignamente en la gran pantalla lo que les está aconteciendo.
Mientras que, en alianza con las Naciones Unidas, ha recorrido el mundo entero intentando erradicar el negocio de la droga de la zona, ya que este ahuyenta a los pobladores, quienes, al migrar a la ciudad, pierden y olvidan su identidad.
Y, como no podía faltar en su artillería, él hace uso de su pluma para crear Miguelina. Su obra cumbre que relata la vida de una de las más importantes, pero invisibilizadas, activistas de las mujeres aborígenes.
Con ella, desea sembrar en sus lectores más pequeños la semilla que los haga voltear la mirada hacia las necesidades de estas comunidades tan olvidadas.
“Maestro, me quiero sumar a la miguelización”, le confiesa Mayte Cortez, narradora infantil, a Roger en una de sus firmas.
“¿Y cómo piensas hacerlo?”, le cuestiona el autor observándola detenidamente. “Todo empieza por contárselo a los niños, luego serán ellos quienes se encarguen del resto”, le responde antes de despedirlo con un apretón de manos y asegurarle que seguirá sus pasos.
Pero, él no sabe si podrá ser testigo de si es que ella cumple su promesa o si es que su cruzada dio algún fruto. Pues, aunque haya logrado burlar a la muerte en ocho ocasiones, vive con la incertidumbre de no saber si podrá hacerlo una novena vez.
