El virus del Ébola: una lección no aprendida

[Ilustración: Josua Mulala Raymond - OMS]

El 17 de mayo de 2026, la OMS declaró la situación actual en el Congo, y países aledaños, una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII).

Por Thiago Castañeda y Ana Cueto

El pasado mes de mayo, la República Democrática del Congo entró otra vez en una crisis epidémica ante la aparición de una nueva cepa del Ébola. Desde que el virus fue identificado por primera vez en 1976, se han registrado un total de diecisiete brotes en distintos países de África, muchos con consecuencias devastadoras. Solo en los últimos cinco meses, se han reportado un total de 8978 casos confirmados y 4336 fallecidos.

A lo largo de los años, se han desarrollado vacunas y tratamientos para combatir esta enfermedad. Además, organizaciones internacionales se han encargado de ejecutar planes de contención ante el contagio masivo y de brindar ayuda humanitaria. Si hay protocolos médicos, ayuda internacional y medidas de contingencia, ¿por qué el Ébola continúa siendo tan difícil de controlar?

La historia de la enfermedad

El virus del Ébola se registró por primera vez en 1976, cuando hubo un surgimiento en el pueblo de Yambuku, ubicado al norte de la República Democrática del Congo. Según  expertos, el primer contagio se dio de animales a humanos. “Los murciélagos son los primeros reservorios naturales de acuerdo a lo que se ha evidenciado”, afirma Maritza Ortiz, epidemióloga. La brusca intervención del humano al mundo silvestre generó un contacto entre especies que derivó en el traspaso de esta enfermedad.

Esta crisis sanitaria es mucho más profunda que solo el contagio del virus, involucra conflictos históricos y geopolíticos. “Es importante tener en cuenta cuál es el problema de África: la ocupación”, señala Ortiz. La epidemióloga explica que potencias extranjeras presentes en el territorio africano han explotado los recursos naturales para su propio beneficio económico, dejando empobrecidos a los países africanos. A ello, se le suma un sistema sanitario precario que crea las condiciones idóneas para la expansión del ébola.

La falta de recursos en el sistema de salud es otro de los grandes problemas en la lucha contra este virus. Desde su primer brote, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) ha registrado una constante confusión de sus síntomas con los de la malaria. Este problema persiste debido a la falta de pruebas de sangre o serológicas, según lo reportado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo cual dificulta la atención temprana de la enfermedad, crucial para su contención y la reducción de su letalidad. 

Al principio, los síntomas del Ébola pueden ser fiebre, debilidad intensa, dolor muscular, dolor de cabeza y males gastrointestinales como náuseas, vómitos y diarreas. Ya en su etapa más avanzada, el ébola puede convertirse en una enfermedad hemorrágica. “Nosotros tenemos un sistema de coagulación” (…) “Cuando nos hacemos alguna herida, [la sangre] se convierte en una especie de gelatina que impide que nos desangremos”, explica Ortiz. Sin esto, se desarrollan fallas multiorgánicas y, eventualmente, la muerte.

A causa de esto, la alta tasa de mortalidad ha sido una característica constante a lo largo de la historia de estas epidemias, oscilando entre el 25% y el 90%. Ortiz señala que la letalidad del virus no depende solo de su potencia, sino también de factores como la alimentación, la fortaleza del sistema inmunológico y la salud de la persona. El acceso a agua potable, saneamiento y el cumplimiento de protocolos de bioseguridad en las postas y hospitales es esencial, en especial cuando el ébola se transmite mediante el contacto con sangre o fluidos corporales.

Sin fin de obstáculos

La respuesta internacional frente al ébola existe y ha avanzado. En los últimos años, se han aprobado dos vacunas contra el virus del Ébola: Ervebo en 2019, desarrollada por Merck, y la combinación Zabdeno-Mvabea en 2020, de Janssen. El problema es que el brote actual en el Congo no está siendo causado por el virus del Ébola clásico, sino por la variante de Bundibugyo, para la cual no existe vacuna aprobada ni tratamiento específico. Aunque ambas vacunas representan décadas de investigación, no cubren todas las cepas.

“Los organismos internacionales y los sistemas sanitarios no tienen la capacidad, o mejor dicho, no quieren tener la capacidad, de responder ante estas circunstancias y valoran más la venta de medicamentos y las vacunas que entregar todo eso a precio de producción para beneficio de toda la población”, advierte Ortiz. El diagnóstico temprano, crucial para contener un episodio, depende de equipos de laboratorio y reactivos químicos inaccesibles para los países más afectados, debido a costos inflados por patentes privadas.

De igual forma, detectar un brote a tiempo requiere sistemas de alerta integrados, personal capacitado y protocolos claros desde el primer nivel de atención. “Se hace esto para evitar contagios. Eso es la vigilancia epidemiológica: y es lo que no tenemos”, señala Ortiz. Una organización así podría estar interconectada con el mundo, pero falta voluntad política de implementarla donde más se necesita. Históricamente, el ébola no se vuelve mediático hasta que amenaza con salir de África.

Médicos Sin Fronteras (MSF) es una de las pocas organizaciones con presencia activa en el terreno, opera en cinco provincias del Congo y se encarga de distribuir equipos de protección personal. Sin embargo, este activismo se enfrenta a más de un obstáculo, incluído la logística médica. El cierre de aeropuertos por el conflicto armado dificulta la entrada de suministros y personal, los ataques a centros de salud disuaden a la población de buscar atención, y la temporada de lluvias próxima amenaza con agravar los contagios.

Según MSF, el Ébola no es la única problemática, solo la más visible. Dentro de las provincias más afectadas, coexisten brotes de sarampión, malaria y cólera. De hecho, aunque la malaria mata más personas que el ébola, recibe menos fondos y menos cobertura. La crisis humanitaria en África son varias emergencias acumuladas en el mismo territorio, y la respuesta internacional debería brindar asistencia de manera menos sesgada.

La situación actual

La epidemia prevalente es el resultado de condiciones que llevan décadas sin cambiar. En el Congo, se han experimentado múltiples brotes de Ébola: el último foco masivo, que inició el 2018 en las provincias de Kivu del Norte e Ituri, duró casi dos años y dejó más de 2000 muertos. Todos estos episodios comparten un contexto similar: conflicto armado, sistemas sanitarios colapsados, violencia sexual, desconfianza comunitaria y una infraestructura carente incapaz de responder a una emergencia, mucho menos a varias simultaneamente.

El conflicto armado es el factor más determinante del brote actual. La inseguridad provoca desplazamientos masivos que aceleran la transmisión y dificultan el rastreo de contactos. Las prácticas culturales profundamente arraigadas no siguen protocolos de bioseguridad y se vuelven vectores de contagio y propagación. Los estados no pueden intervenir en lo que no controlan, y gran parte del territorio afectado está fuera de su alcance real.

“Tenemos territorios atravesados por colonialismo, explotación de recursos, relaciones económicas desiguales y guerras civiles. Hay que mirar más allá, porque si miramos solamente la enfermedad, las enfermedades no suceden en un laboratorio. Suceden en poblaciones que viven circunstancias políticas, económicas y sociales que hacen posible que se presenten”, menciona Ortiz sobre la desconfianza comunitaria.

Es por esto que no basta un protocolo de respuesta de emergencia para romper el patrón. El concepto de violencia estructural, del antropólogo Paul Farmer, explica que no es el virus el que produce la tragedia, sino las condiciones estructurales en donde se encuentra. “Se necesita cambiar las estructuras sociales sobre las cuales se vive esta situación», afirma Ortiz. Eso implica agua potable, saneamiento, alimentación, sistemas de salud sostenidos, y relaciones económicas con el territorio que no sean extractivas.

El caso del Congo ilustra un patrón: la ruptura de barreras zoonóticas por actividad extractiva, sistemas sanitarios insuficientes, respuestas locales e internacionales tardías y selectivas. Este patrón describe vulnerabilidades presentes en otros países con contextos similares al Congo, como el Perú. La situación actual del ébola advierte otra eventualidad parecida de no modificar las condiciones que nos rodean.