La nueva ultraderecha alemana

Con la victoria de AfD en Sajonia-Anhalt, Alemania, saltaron las alarmas sobre los posibles factores del triunfo del partido de extrema derecha.

Por Mauricio Mendoza, Álvaro Urquizo y Matias Illescas

A finales de agosto, Alemania celebró elecciones regionales en la región de Sajonia-Anhalt, pero el resultado no solo sorprendió en el país teutón. El partido de ultraderecha, Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), ganó los comicios con más del 40% de los votos.

Esta victoria llamó la atención de todo el mundo por ser la primera victoria de un partido de extrema derecha desde la segunda guerra mundial, rompiendo el famoso cordón sanitario alemán que se impuso en el país después de lo sucedido en el Holocausto. Pero, ¿a qué se debe la victoria de esta agrupación?

¿Qué es AfD?

AfD surgió en 2013 en rechazo a las políticas de rescate financiero  para los países del sur de Europa impulsadas por Angela Merkel, quien era canciller de Alemania  en ese entonces. El partido se fundó bajo la idea de promover el libre mercado con figuras del conservadurismo académico y exmiembros de la CDU (Unión Demócrata Cristiana). En ese sentido, algunas de sus propuestas eran la abolición de impuestos sobre el patrimonio o techos a la carga fiscal, pero le bastó solo para obtener el 4,7% de los votos en las elecciones federales. Este resultado los dejó fuera del Bundestag, ya que necesitaban un 5% como mínimo para ingresar.

Sin embargo, en 2015 se transformó, en el contexto de la crisis migratoria europea. Merkel permitió la entrada de un millón de refugiados y la situación desató fricciones internas en el partido. La facción de corte nacional-conservador, apoyada por el ala más extrema del partido,  Der Flügel (El Ala), tomó el control de la agrupación, que pasó de centrarse en el euroescepticismo de Bernd Lucke al etnonacionalismo de Frauke Petry.

El discurso empezó a girar alrededor de la cultura y la identidad alemana, abogando por la suspensión del derecho de asilo a los extranjeros, exigiendo deportaciones y buscando una restricción de las manifestaciones del islam en la sociedad alemana. El partido, sin embargo, logró capitalizar este discurso en votos llegando a entrar al Parlamento en 2017, cuando obtuvo el 12,6% de los votos y 94 escaños.

La radicalización continuó durante los años siguientes, a tal punto que el partido cambió de líder dos veces más. Uno de ellos, Jörg Meuthen, dejó la organización advirtiendo que «el corazón del partido hoy late muy a la derecha y, de hecho, late constantemente. Veo muy claramente ecos totalitarios». Después, AfD pasó a un liderazgo bicéfalo comandado por Tino Chupalla y Alice Weidel, quien hasta ahora sigue siendo la lideresa de la agrupación.

AfD adoptó posiciones prorrusas y prochinas, como el levantamiento de todas las sanciones a Moscú, pero además incorporó el rechazo a la política climática global e incluso un asistente de un representante parlamentario fue acusado de espiar para el Ministerio de Seguridad del Estado de China. 

Por otro lado, uno de sus candidatos principales, Maximilian Krah, fue investigado por recibir pagos secretos de redes de propaganda rusa y china, pero también enfrentó un rechazo a nivel continental tras una serie de declaraciones en las que minimizó los crímenes de las SS nazis. Este hecho, además, provocó la expulsión de AfD del bloque de derecha «Integridad y Democracia» del Parlamento Europeo, integrado por partidos como Rassemblement National, de Marine Le Pen, y la Lega de Italia. 

Ahora, el partido, cada vez con tintes más radicales, ha vuelto a incrementar su apoyo en las urnas. Este resultado deja a la agrupación cerca de superar el histórico cordón sanitario de Alemania, un acuerdo político en el que los partidos se comprometieron a no pactar o negociar coaliciones con AfD. Pero, con el apoyo que está consiguiendo, no está lejos de poder formar gobierno por sí solo.

Historia que pesa

Aunque la victoria de la ultraderecha parezca un suceso sin precedentes, en realidad el área tiene un peso importante en el resultado final. Históricamente, la zona este de Alemania era parte de la República Democrática de Alemania, cuando aún existía el muro de Berlín. Posterior a su caída, aquella parte que era gobernada por el bloque soviético quedó rezagada a nivel de desarrollo e industrialización.

A pesar de esto, para Mathias Macklemann, docente y comunicador político, estas zonas que son ex Alemania occidental, tienden a tener partidos y votos vinculados a la izquierda. “Ya se veía un voto a veces dispar, incluso hasta en la izquierda. El Die Linke —un partido reciclado del partido de la dictadura de la DDR—, en algunos estados tiene buen porcentaje, lo que no pasa en el oeste”.

En esa misma línea, la insatisfacción de algunos locales con cómo se lleva la política en el país desde hace años, generó una tendencia que ahora se logra ver claramente. Manuel Santillán, comunicador político y docente, explicó en entrevista para Nexos que “el gobierno ha querido implementar más medidas localmente”, pero que “todo eso se ha sumado a un malestar que ha dado pie a que una propuesta de extrema derecha que aprovecha justamente ese descontento”.

Aún cuando una victoria en un lugar específico puede ser considerado poco, este triunfo puede significar un primer paso para que la representación del partido sea algo real en el futuro. Según la última encuesta de Infratest Dimap, se prevé que AfD gané con un 38% en el estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental.

Incluso con estos datos, para Santillán no se debería entrar en pánico ni ser fatalistas, porque lo que pueda sentir una parte aislada de los alemanes no tendría que ser un guía del sentir general. “Hay que mencionar que se trata de un estado federado de dos millones de habitantes, de un país que tiene 90 millones y otros estados, donde la estructura política es otra y que no necesariamente la mayoría es la de la AFD”, comentó.

Por otro lado, Macklemann sugiere que esta victoria es resultado de una “tormenta perfecta”, debido a los diversos problemas de tipo político en los que el país europeo está involucrado actualmente. Sin embargo, el comunicador político explica que “es preferible entender por qué se vota por la AFD”.

“Muchos jóvenes y también gente alrededor de todas las clases  han votado por el partido. No se puede decir que AFD es el grupo de la clase media baja o de la clase media, es un tema más del chip”, sugirió el docente.

Misma historia, distintos rostros

El auge de AfD  no es más que un síntoma de una población saturada. Personas que, por diversos motivos y coyunturas, se consideran víctimas de las existentes carencias y acciones del estado, que dejaron de sentirse representadas por los partidos que gobernaron Alemania durante décadas y encontraron en un discurso de soluciones fáciles una alternativa.

El denominado “Brandmauer” (cortafuegos), un pacto no escrito entre los partidos del centro democrático para no colaborar con AfD por su carácter radical, se ve afectado con los recientes resultados. Para Mackelmann, incluso cuando AfD ya había ganado antes en algún bundesland, como ocurrió en Turingia en 2024, los demás partidos podían mantener sus coaliciones y gobernar sin necesitarla. Con el nuevo resultado de Sajonia-Anhalt, advierte, esa cuenta deja de cerrar. “Las cifras no cuadran”, resumió.

No obstante, Mackelmann no descarta que la salida termine en una especie de colaboración de facto, con AfD gobernando sin mayoría absoluta y una oposición fuerte que la contenga, aunque admite no tener certeza de cómo funcionaría eso en la práctica. Tampoco cree que se pueda repetir hoy en día la opción de prohibir el partido, discusión que hubo tiempo atrás en el país. Con el partido respaldado por cerca de la mitad del electorado, se leería como un paso antidemocrático antes que como una defensa de la democracia misma. 

Alternativa para Alemania no es un caso aislado. Esta tendencia es medible a lo largo de los años en demás países de Europa. En España, Vox, partido político liderado por Santiago Abascal que no llegaba ni al 0.25% del electorado español en 2015 y 2016, pasó, en 2019, a mejorar sus resultados electorales consiguiendo más 3,656,979 de votantes (15.08%) y aumentando su electorado en más del 6,000% en las segundas elecciones de ese año. Con 52 escaños en la cámara de diputados y 2 en el senado, Vox se configura como la tercera fuerza política en el país. Su subida en algunas comunidades autónomas en las recientes elecciones evidencia que es una subida sostenida.

Asimismo, Mackelmann recuerda que casos como Marine Le Pen en Francia, y Giorgia Meloni en Italia —quien ya gobierna— son la viva demostración de que el auge de discursos extremistas ya son una tendencia regional. «Yo diría que es una derecha populista también, prometen soluciones fáciles y radicales», explicó el comunicador político.

En esa línea, Mackelmann recurre al marco de Moisés Naím para explicar el mecanismo que se repite en cada uno de estos casos. El politólogo venezolano habla de tres herramientas que usan los liderazgos que se mueven hacia los extremos. Las 3 P, representadas por el populismo, polarización y la posverdad.

«El populismo está ahí presente, de dividir al pueblo, las élites que son los malos y nosotros vamos a ayudar. La posverdad, porque hablan igual que Trump, dicen cifras falsas y las inflan. Y la polarización, nosotros contra ellos», resumió el experto.


No obstante, también marca un límite a esa lectura. Insiste en que no hay que satanizar al votante, sino entender por qué elige esa opción, y recuerda que las encuestas muestran que el electorado de AfD no pertenece a una sola clase social sino que atraviesa todas las clases, pues es “un tema más del chip de las personas” antes que una condición económica fija.

Así, mientras Alemania decide qué hacer con su cortafuegos, el resto de Europa observa un patrón que ya no se explica solo con cifras económicas. Muchos seguirán votando convencidos de que el discurso que están escuchando es genuino, pues ataca de manera tajante a los que ellos consideran culpables.

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