Una guerra interminable

Momento de la explosión de las Torres Gemelas. Fuente: Andina.

A veinticinco años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, este acontecimiento se establece como uno de los días más importantes de la historia moderna estadounidense. 

Por Alvaro Urquizo

25 años atrás, Lima era sede de una asamblea extraordinaria de la OEA que juntó a personalidades importantes del continente para aprobar la Carta Democrática Interamericana, con el secretario de Estado Colin Powell entre los asistentes. Esa misma mañana, a miles de kilómetros, se desarrollaba uno de los ataques más catastróficos que configuró la geopolítica para siempre. 

Ciento dos minutos

Después de una serie de secuestros de aviones en Estados Unidos, a las 8:46 de la mañana en Nueva York, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center, ubicado en Manhattan. Tan solo 17 minutos después, el vuelo 175 de United Airlines impactó en la Torre Sur. 

A las 9:37, un tercer avión alcanzó la sede del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Cinco minutos más tarde, la Administración Federal de Aviación ordenó el cierre total del espacio aéreo estadounidense y obligó a aterrizar a todos los vehículos aéreos, estableciendo una medida sin precedentes. Para aquel momento, un cuarto avión seguía sobrevolando la zona este de los Estados Unidos.

El vuelo 93 de United Airlines había sido secuestrado un poco más tarde que los demás, y los pasajeros sabían lo que estaba pasando por llamadas telefónicas con el exterior. A las 10:03 se estrelló en un campo abierto de Shanksville, Pensilvania, a consecuencia de una revuelta a bordo, acompañada de la conocida frase dicha por Todd Beamer, uno de los pasajeros presentes a través de una llamada telefónica, “let’s roll”

En simultáneo, el presidente George W. Bush se encontraba en un evento de una escuela primaria en Sarasota, Florida, sabiendo del primer ataque que, en ese momento, se trató sólo como un accidente aéreo, sin tener en cuenta lo que realmente estaba pasando en el país. No fue sino hasta que, en pleno evento, le informaron del segundo, que se confirmó que el país corría peligro.

Para entonces, miles de personas aún seguían atrapadas en la Torre Sur. Su desplome a las 9:59 de la mañana, seguido por la Torre Norte a las 10:28, 102 minutos después del primer impacto, sellaron el destino de casi 3000 personas que fallecieron aquel día, y la fortuna de cientos de miles personas más a miles de kilómetros de Nueva York. 

La ofensiva

Mientras que en Nueva York se creaban iniciativas para restaurar los daños, en Washington la historia era distinta. El 20 de septiembre, nueve días después de los eventos, Bush anunció una guerra contra el terrorismo sin plazos ni fronteras definidas. Esa campaña derivó en dos invasiones, las de Afganistán e Irak en 2001 y 2003, respectivamente.

El 14 de septiembre, el Congreso aprobó el uso de la fuerza militar sin fijación territorial ni geográfica. A ello se sumaron el USA PATRIOT Act, promulgado el 26 de octubre para ampliar las facultades de vigilancia del Estado, y la apertura del centro de detención de Guantánamo, en Cuba, en enero de 2002.  Esto significó el inicio de los planes futuros que Estados Unidos tenía pensado en Oriente Medio.

Para el analista internacional Carlos Novoa, la reacción fue, ante todo, militar. Esto pudo haber apartado cualquier tipo de intento de solucionar las cosas de manera diplomática. El especialista explicó que la administración de Bush venía mostrando interés en acercarse a América Latina, algo que se terminó dejando atrás esa misma mañana.

“Estados Unidos estuvo obligado a tener un cambio de prioridades. Yo recuerdo mucho que el gobierno del presidente Bush en ese momento tenía algún tipo de interés en acercarse a América Latina. Su secretario de Estado, Colin Powell, el día de la tragedia se encontraba justamente en Lima, lo cual hablaba pues del interés que tenía Estados Unidos en acercarse a la región.”, explicó.

La invasión de Afganistán se sostuvo bajo la premisa probada de que su régimen tenía relación directa con la organización terrorista Al Qaeda, responsable de los atentados, y que los albergaba en sus tierras. Sin embargo, la invasión de Irak dos años después se basó en afirmaciones que resultaron ser falsas. La primera, sobre la relación que había entre Sadam Husein con los ataques, y la segunda, en relación a la supuesta posesión de armas de destrucción masiva en territorio iraquí. El dictador fue capturado en 2003 y ejecutado en 2006, tras ser llevado a juicio. Las armas no se han encontrado hasta ahora.

Sin embargo, pasar de Afganistán a Irak nunca tuvo una explicación clara. Para Francisco Belaúnde Matossian, especialista en derecho internacional y geopolítica, la justificación oficial no se sostiene. «Lo de las armas de destrucción masiva era una mentira», afirma, y sostiene que detrás de la invasión hubo un proyecto ideológico del ala más conservadora del Partido Republicano que rodeaba a Bush, convencida de que se podía instaurar la democracia y capitalismo por la vía bélica, y que con la caída de Sadam se podía replicar a lo largo y ancho de Oriente Medio.

Asimismo, Belaúnde resalta una contradicción clave. El país invadido en pro de acabar el terrorismo era, irónicamente, uno donde el terrorismo no operaba, ni usaba la sharía (ley islámica) como base para explicar conductas. «Irak no tenía nada que ver con el terrorismo porque tenía un régimen laico donde prácticamente los terroristas islámicos no tenían cabida», explicó.

Novoa apunta a que el tema de Irak “fue algo más como para tratar de borrar todo vestigio de terrorismo que podría haber en la región”. De igual modo, sostiene que la elección de ese objetivo pudo deberse a la debilidad que el régimen presentaba en ese momento.  ¿Qué implicaron esas intervenciones en la región?

Un resultado inesperado

Las consecuencias no fueron las más óptimas. La disolución del ejército iraquí terminó significando el reclutamiento a otros frentes. «Incluso gente del ejército de Saddam Hussein terminó plegándose a los yihadistas», apunta Belaúnde. De ese escenario surgió Al Qaeda en Irak y, de esa organización, el Estado Islámico, que proclamó su califato en 2014 y se extendió hacia Siria.

Asimismo, los objetivos se dispersaron. Ya no era solo Afganistán ni Irak. En países donde nunca hubo un conflicto declarado, como Pakistán, Yemen y Somalia, continuaron bajo la administración de Barack Obama. Novoa lo describe como un formato sin precedentes, en el que el adversario ya no se puede identificar bajo el nombre de un estado. «Es un tipo de guerra inédita», señala, y explica que los objetivos “son sectores, no países”.

En Europa, los países aliados sufrieron consecuencias también. Novoa recuerda que Reino Unido y España apoyaron a Estados Unidos, y vincula los atentados de 2004 en Madrid y de 2005 en Londres a la participación de ambos países en esa alianza. Asimismo, la Audiencia Nacional de España relacionó el ataque de Madrid a una célula con vinculación ideológica a Al Qaeda, aunque no jerárquica. Dicho apoyo se canceló tras el retiro de tropas españolas decidido por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero al inicio de su gestión.

Para este punto existen lecturas distintas. Consultado sobre si las intervenciones alimentaron el radicalismo en los países afectados, Novoa sostiene que sí.  “Ese es el caldo de cultivo que se dio para grupos que siempre estuvieron ahí», sostiene, y atribuye ese resultado al vacío que dejó la caída del régimen iraquí de Hussein.

Para Belaúnde, en cambio, no es necesariamente así. Se trata de “un fenómeno de fanáticos” que combina convicción religiosa con la acumulación de riqueza a través de sus operaciones. No obstante, admite que el terreno se sostiene en zonas donde no hay estado presente, y sitúa la solución de largo plazo en la capacidad de los países del Medio Oriente y de África para llevar progreso y presencia estatal a sus territorios.

Las cifras no ayudan. Según un informe del Índice Global del Terrorismo en 2015, las muertes por terrorismo en el mundo se multiplicaron por nueve entre 2000 y 2014, año donde se alcanzó el nivel más alto registrado. Y sin contar los atentados del 11 de septiembre, apenas el 0.5% de esas muertes ocurrieron en Occidente. ¿Realmente fue una respuesta proporcional?

Víctimas involuntarias


Alrededor de 940,000 personas de todos los bandos fallecieron en violencia bélica directa en guerras posteriores al 11 de septiembre en Irak, Afganistán, Siria, Yemen y Pakistán entre 2001 y 2023. De ellos, unos 432,000, aproximadamente el 45%, son víctimas civiles. Asimismo, se estima que 38 millones de personas fueron desplazadas de su lugar de origen entre los países mencionados junto a Filipinas, Libia y Somalia.

Novoa explica que Estados Unidos, en su afán de golpear a los responsables de los atentados, terminó “castigando también a inocentes por pecadores”. Belaúnde añade que en Guantánamo hubo personas privadas de libertad sin juicio ni estatuto de prisionero de guerra. “Es una situación absolutamente incierta”, describe, y agrega que algunos llegaron allí tras ser prácticamente secuestrados por la CIA. Para el especialista, ese centro viola el derecho internacional y marcó la reputación de Estados Unidos.

Asimismo, Belaúnde recuerda que el derecho internacional prohíbe a una nación realizar operativos militares en territorio ajeno sin autorización gubernamental, pero que el país americano resolvió el problema por la vía interna, declarando a los grupos yihadistas como amenazas a su seguridad nacional.


“Desde el punto de vista del derecho norteamericano, estaban habilitados a intervenir fuera del territorio no para juzgarlos, no para atraparlos, sino para matarlos. Y es un poco la lógica que se quiere ahora imponer para los narcotraficantes», afirmó Belaúnde.

Dicho marco sigue vigente. Aquella autorización aprobada en septiembre de 2001 nunca fue derogada. Y aunque no es la norma que Estados Unidos invoca hoy en día con los narcotraficantes, se recurre a facultades presidenciales del Artículo II, las cuales Belaúnde advierte que se basan en la misma lógica inicial. La de designar a un grupo como terrorista, declararse en conflicto armado con él y habilitar su eliminación. 

Casi tres mil personas murieron aquel 11 de septiembre. Cientos de miles más murieron después, a lo largo de veinticinco años y a continentes de distancia, muchos en países que no tenían una relación directa probada con los que cometieron el ataque. 

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