Detrás del temor que históricamente despierta la palabra «radiación» existe una aplicación que hoy salva vidas: la medicina nuclear diagnostica y trata el cáncer.
Por Igor García
Cuando se habla de radiación, comúnmente la primera asociación suele ser negativa. Elementos radiactivos, exposición solar excesiva –conocida como radiación solar–, los accidentes de Chernóbil y Fukushima o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, forjaron el imaginario colectivo sobre ese elemento inherente a la energía nuclear.
Sin embargo, detrás de dicho estigma existe una realidad poco conocida. Desde hace años, la radiación y la energía nuclear son aliadas silenciosas de la salud en el Perú, a través de un sector conocido como medicina nuclear. Una herramienta clave para el diagnóstico y tratamiento del cáncer y otras enfermedades. ¿Qué avances ha logrado el país con el uso de la medicina nuclear en la salud?
Las bases
La medicina nuclear es una especialidad médica que utiliza radiotrazadores con fines diagnósticos, terapéuticos y preventivos en sistemas vivos. Además, detecta la actividad celular desde sus primeras señales, antes de cambios visibles en los órganos, permitiendo un diagnóstico y tratamiento oportuno.
Su desarrollo en el Perú se remonta al periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) empezó a becar a médicos peruanos para especializarse en Estados Unidos y Alemania. El contexto internacional fue clave, ya que tras las experiencias negativas de Hiroshima y Nagasaki, y en plena Guerra Fría, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el Organismo Internacional de Energía Atómica impulsaron el programa «Átomos por la Paz», orientado a dar un uso pacífico y médico a esta tecnología.
Gracias a esas becas, a partir de la década de 1950, la especialidad empezó a desarrollarse en el Hospital Dos de Mayo, el Hospital Loayza y el Hospital Almenara del Seguro Social, sentando las primeras bases de lo que hoy es la medicina nuclear peruana.
Años más tarde, en 1975, se creó el Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN), organismo adscrito al Ministerio de Energía y Minas encargado de normar, promover y supervisar las actividades nucleares del país.
Según explicó su expresidente, Rolando Páucar, en entrevista con Nexos cuando aún mantenía el cargo más relevante de la institución, se replanteó que la energía nuclear no solo podía aportar en el ámbito científico-tecnológico, sino también a la seguridad nacional, por lo que se definieron tres líneas de trabajo: seguridad sanitaria, seguridad alimentaria y seguridad energética. La medicina nuclear se enmarca dentro de la primera.
Avances en salud
El crecimiento más importante de la medicina nuclear en el país se ha dado en la última década, aunque continúa concentrado principalmente en Lima. Araujo detalla que el desarrollo se ha dado en dos frentes: por el lado público, el INEN ha apostado por ofrecer el servicio a toda la Red Oncológica Nacional a través del Sistema Integral de Salud (SIS), y, por el lado privado, clínicas como Delgado, San Felipe y CIMSA han invertido en nuevos centros. EsSalud, por su parte, implementó servicios hace 15 años no solo en el Hospital Almenara, sino también en Trujillo, Huancayo y Arequipa, aunque su oferta se ha mantenido estancada desde entonces.
En el INEN, el número de procedimientos se ha duplicado en los últimos cinco años, hasta superar los 10 mil estudios anuales. Entre los más frecuentes están las gammagrafías óseas, útiles para detectar enfermedad metastásica, las gammagrafías renales, para evaluar enfermedad obstructiva, y las gammagrafías de tiroides, muy solicitadas por la alta frecuencia de patología tiroidea en el país.
A ello se suman los estudios PET-CT, usados en linfomas, melanoma, cáncer de pulmón y cánceres ginecológicos, y —desde hace apenas un par de meses— los primeros estudios PET con PSMA, específicos para la evaluación del cáncer de próstata, cuya demanda va en aumento.
El Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN) es, además, el único departamento de medicina nuclear a nivel nacional dentro del Ministerio de Salud que ofrece terapia radionuclear, principalmente para el cáncer de tiroides. Aunque durante años el instituto mantuvo un convenio con el IPEN para la provisión de radiofármacos, en la actualidad esa relación se ha reducido, y el INEN trabaja mayoritariamente con proveedores privados, que ofrecen radiofármacos más eficaces y con mejores presentaciones para diagnóstico y tratamiento.
En paralelo, el IPEN ha reforzado su propia producción nacional de radiofármacos. Páucar señaló que la institución viene impulsando dos «productos bandera»: uno ya operativo y el otro, el Lutecio-177. El primero está destinado al cáncer óseo y al control del dolor en pacientes oncológicos, mientras que el segundo es un radiofármaco de última generación para el tratamiento del cáncer de próstata y de páncreas. A ello se suma la ampliación del uso de otros radiofármacos ya establecidos, como el Yodo-131 para tiroides, empleado también como trazador para localizar tumores en el cuerpo.
El futuro de la medicina nuclear
El principal proyecto que el INEN tiene en la mira es la instalación de su propio ciclotrón, la tecnología que permite producir los radiotrazadores usados en los estudios PET. Actualmente, el Perú cuenta con un ciclotrón privado operativo desde 2010 en Surquillo, uno inoperativo en el Hospital Negreiros de EsSalud, y otro en implementación en la Clínica San Pablo. El del INEN sería el cuarto del país y el primero instalado en un hospital público del Ministerio de Salud.
Para Araujo, contar con esta tecnología dentro del propio instituto mejoraría la logística de producción y permitiría abastecer a otros hospitales públicos, como el Dos de Mayo o el Loayza, reduciendo el diferimiento de citas que actualmente enfrentan los pacientes.
El especialista resume los retos pendientes de la especialidad en tres ejes: ampliar la oferta de servicios no solo en el Minsa, sino también en EsSalud; renovar y ampliar el equipamiento, incorporando tecnología de multimodalidad como los equipos PET-resonancia; y fortalecer la radiofarmacia nacional, el pilar detrás de la producción de radiotrazadores. A esto se suma la escasez de especialistas, pues asegura que actualmente hay menos de 50 médicos nucleares en todo el país, y solo se ofertan entre tres y cuatro plazas de formación al año entre el sector público y EsSalud.
Araujo, quien además lleva dos décadas formando estudiantes en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, explica que la oferta se ha manejado con cautela para no generar médicos especialistas sin plazas de trabajo disponibles, lo que en el pasado llevó a que muchos emigraran al extranjero. Con los 15 proyectos hospitalarios que el Minsa tiene en curso para implementar nuevos departamentos de medicina nuclear, se espera que la demanda de especialistas —y las plazas para formarlos— empiece a crecer.
Por otro lado, el estigma hacia la energía nuclear sigue siendo, para Páucar, uno de los mayores obstáculos para su desarrollo en el país. Por eso, insiste en que buena parte del camino pendiente no es solo tecnológico, sino comunicacional: «con evidencia se pueden ver las cosas, lo demás son temores, miedos infundados», señala, aunque reconoce que primero hay que medir la percepción ciudadana para luego trabajar en reducir esos temores.
