El reciente sismo ocurrido en Venezuela abrió el debate de construcciones persistentes en suelos inestables y no aptos para la construcción.
Por Alvaro Urquizo y Mauricio Mendoza
Tras el reciente terremoto que sacudió Venezuela, diversos medios y personas empezaron a preguntarse: ¿está la capital preparada para un sismo de gran magnitud? La respuesta, que los especialistas repiten desde hace años, es, obviamente, que no. Lima se ubica en una de las zonas sísmicas más activas del planeta y, según han advertido de manera reiterada las entidades técnicas, acumula las condiciones para que un evento severo derive en un desastre de gran escala.
El riesgo, sin embargo, no se explica solo por lo que implica el impacto del desastre natural. Buena parte del crecimiento de la ciudad se ha dado sobre suelos inestables. Aún así, año tras año, Lima continúa expandiéndose precisamente hacia esas áreas. La ocupación de suelos precarios no se detiene, pese a que el peligro es conocido y está documentado. ¿Qué factores hacen de la capital una de las ciudades más expuestas de la región frente a una actividad sísmica?
Un espacio no preparado
Lima se ubica en una de las zonas sísmicas más activas del planeta. El Instituto Geológico, Minero y Metalúrgico (INGEMMET) tiene identificadas 69 zonas críticas en laderas y 173 peligros geológicos solo en la capital y el Callao, concentrados principalmente en distritos como Chorrillos, Independencia, Rímac, San Juan de Lurigancho, Lurigancho, Cieneguilla y Villa el Salvador. La advertencia técnica, no obstante, no es reciente: los especialistas coinciden en que un sismo de gran magnitud es cuestión de tiempo.
En esa línea, el arquitecto Santiago Núñez, egresado de la Universidad Católica de Santa María, explicó que la amenaza es tan conocida como desatendida. «Sabemos por los geólogos que Lima tiene que pasar por un terremoto en algún momento, y definitivamente no estamos preparados para eso», advirtió.
Pero la vulnerabilidad no está repartida de manera uniforme. Según un estudio del Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento junto con la Universidad Nacional de Ingeniería, los distritos más expuestos son aquellos que se asientan sobre suelos blandos, inestables o formados por rellenos de desmonte, terrenos que amplifican las ondas sísmicas y multiplican el daño sobre las viviendas construidas encima. Son, en su mayoría, las mismas zonas donde la ciudad ha crecido con menor planificación.
En ese contexto, Núñez detalló que el problema no es la naturaleza del terreno en sí, sino la manera en que se ha construido sobre él. Un ingeniero diseña los cimientos de un edificio en función del tipo de suelo, con cálculos específicos según su capacidad portante. Cuando se omite, la estructura queda sostenida por un terreno para el que nunca fue pensada.
“Villa El Salvador es una zona donde el tipo de terreno es más arenoso y poroso, es decir, tiene menor capacidad portante. Cuando un ingeniero diseña un cimiento, lo hace según el tipo de suelo donde va a sentar el edificio. En Villa se requieren cimientos con más superficie o un cálculo especial, pero si no hay un ingeniero de por medio, como pasa en la autoconstrucción, y por ende los cimientos no han sido hechos para ese tipo de suelo, con un sismo nos encontramos ante una zona súper vulnerable”, explicó el arquitecto.
Así, la amenaza técnica se cruza con una decisión de una serie de eventos que ocurrieron mucho tiempo atrás. Levantar una ciudad sobre terreno que nadie preparó para sostenerla tiene una respuesta: la migración.
Una huella histórica
A lo largo de los años, centenares de personas provenientes del interior del país intentaron buscar un futuro mejor en la capital. Muchos ocuparon esteras, se asentaron y se declararon una asociación de vivienda. Jaime Bailón, investigador y docente, situó el grueso de esa migración en pueblos de la sierra peruana que llegaron a la capital.
«En los años 30, 40 y en las varias oleadas migratorias que ha tenido la ciudad de Lima, algunos comenzaron a invadir los terrenos aledaños a lo que era la Lima tradicional», señaló. Asimismo, destacó que se ocupaban distritos como La Victoria, El Agustino y El Pino; luego, en los años 70, Lima Sur y, de forma pareja, Lima Norte, donde terminó formándose San Juan de Lurigancho, el cual es hoy el distrito con más habitantes del país.
A pesar de esto, la ocupación del arenal continuó y se expandió, donde en ningún tramo de ese proceso hubo un plan urbano que lo ordenara a las familias migrantes que, en su mayoría, construyeron ellos sus viviendas sobre los únicos terrenos que nadie más disputaba —arenales, quebradas secas, laderas pronunciadas— porque el Estado nunca llegaba primero.
El resultado demográfico fue vertiginoso, ya que Lima pasó de 645,172 habitantes, según el censo de 1940, a casi dos millones en 1972, y llegando a los seis millones en 1984. Esa forma de construir una ciudad —por necesidad, sin planificación, en los terrenos que sobraban— es la raíz de la vulnerabilidad que hoy aparece en los mapas de riesgo de Lima. Las familias migrantes no eligieron el peligro, porque aquello era lo único que no estaba ocupado.
Sobre el motivo de fondo, Bailón indicó que «lo que sucede con todo migrante es que busca de alguna manera mejorar sus condiciones de vida». Además, él lo definió como “un proceso de desruralización, pues la mayoría de inmigrantes ahora vive en las ciudades porque existe mejor calidad de vida”.
Según los resultados del Censo 2025 del INEI, el 45.4% de todos los migrantes internos del país llegaron a residir en Lima procedentes de otras regiones, la mayoría de la sierra central y sur. Esto indicó que la barriada nunca fue solo un problema de vivienda, también es la forma en que el migrante sigue, todavía hoy, acomodándose en la capital.
Construir donde se puede
Si el impulso migratorio sigue vivo, también se mantiene viva la razón que lo produce. El centralismo que empujó a las primeras oleadas a Lima no se ha corregido dado que, de acuerdo con cifra del INEI, la capital concentra hoy más del 45% de la producción nacional, reforzando la centralización económica del país, mientras que el ingreso per cápita puede variar más de siete veces entre regiones.
Además, para mediados de 2025, las proyecciones ubicaban a la provincia de Lima superando los 10 millones de habitantes, siendo el 30.4% de la población total del país. Mientras la brecha sigue abierta, las familias siguen llegando y siguen ocupando terreno de riesgo, aunque ya no del mismo modo que en el pasado.
Al menos 1.6 millones de viviendas en el país se originaron mediante invasiones de terrenos estatales y lotizaciones informales en las últimas dos décadas, y entre 2001 y 2018, Lima se expandió en un 91% por mecanismos ilegales, según el Instituto Peruano de Economía (IPE).
Para Núñez, este fenómeno no responde únicamente a decisiones individuales, sino a una falla estructural del Estado. «La informalidad no existe porque la gente quiera ser informal, sino porque hay una necesidad de las personas de poder avanzar o, en la mayoría de los casos, por la ausencia misma del Estado, que no ofrece ninguna solución ni medio como para poder hacerlo de manera formal», explicó.
Bailón también advirtió que ese flujo migratorio también ha cambiado de forma sin dejar de existir. «En los últimos años hay un nuevo tipo de migrante: el estacional, que viene a trabajar dos o tres meses y luego regresa a su lugar de origen», destacando a gente joven que junta dinero para sus estudios o para ayudar a su familia. Es la misma brecha de siempre, solo que ahora también se cruza yendo y viniendo, sin necesidad de instalarse para siempre.
La dimensión humana de esa decisión sigue siendo la misma de hace ochenta años, solo que hoy tiene nombres de lugares distintos. En enero de este año, con el Senamhi en alerta roja por lluvias hasta marzo, familias asentadas en el valle del río Lurín ya expresaban su preocupación por la saturación del suelo y el aumento del caudal, que podría comprometer sus viviendas precarias en laderas y riberas.
Es la misma clase de decisión, tomada por las mismas razones, que hace ochenta años llevó a los primeros migrantes a instalar esteras en San Cosme, ya que no había otro lugar dónde construir.
Seguimos edificando sobre suelo peligroso porque la brecha estructural que empuja la migración sigue abierta. Mientras Lima concentre las oportunidades que las regiones no ofrecen, seguirá recibiendo a quienes no tienen otra alternativa que construir donde pueden, mas no donde deberían.
