Nuevas drogas, nueva crisis

[Foto: Sharon McCutcheon - ONU]

El combate contra las drogas en el Perú ha visto muchos avances en las últimas décadas. Lamentablemente, una mayor producción interna y la llegada de nuevas drogas sintéticas amenazan la integridad pública.

Por Thiago Castañeda y Ana Cueto

Cada 26 de junio, el Día Mundial Contra las Drogas sirve para recordar la importancia de regular los estupefacientes, tanto su producción, como su venta y consumo. Al día de hoy, aunque en el Perú se han logrado grandes avances contra el narcotráfico, emergen nuevos problemas como el incremento del consumo entre los ciudadanos más jóvenes.

El consumo de drogas entre los más jóvenes crece, las rutas de tráfico se expanden hacia las fronteras y las nuevas sustancias sintéticas llegan antes de que la regulación pueda alcanzarlas. La situación actual no es una crisis oficial; sin embargo, los datos y estadísticas son un llamado de alerta al Estado a tomar más acción que proteja la integridad pública.

Las drogas en el Perú

El alcohol y el tabaco, las drogas más conocidas y legales, siguen siendo las sustancias más consumidas a nivel nacional. A pesar de que su uso ha disminuido entre la población más joven, el nivel de consumo de drogas no lo ha hecho. En su lugar ha sido reemplazado, principalmente por la marihuana como la droga ilegal de elección y el cigarrillo electrónico como alternativa.

Este último caso revela mucho de la razón detrás de las nuevas tendencias de consumo. Los adolescentes lo asocian con modernidad, y lo piensan como menos dañino. No obstante, los “vapes” contienen una carga química significativa y genera una adicción muy particular debido a la accesibilidad de uso que tiene este producto. Su expansión masiva ha tomado por sorpresa al sistema educativo y al entorno familiar.

“Antes estábamos preocupados por la cocaína y la marihuana. Ahora hay un abuso en doble dirección: las drogas sintéticas han aumentado muchísimo su consumo, y en cocaína y derivados también ha habido un incremento importante en la producción en las zonas del interior del país”, afirma Alberto Hart, director del Programa Amazonía de la ONG CEDRO.

A pesar de esto, lo más preocupante para los especialistas no es qué se está consumiendo, sino cuándo se empieza a consumir. Un estudio reciente de DEVIDA (Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas) reveló que la edad de inicio ha bajado de manera significativa. Actualmente, hay niños que tienen su primer contacto con sustancias psicoactivas a los 10 años.

Un evento reciente que impulsó esta situación fue el COVID-19. «Creo que mucho tuvo que ver la forma en cómo se impactó todo el sistema de salud y de prevención como resultado de la pandemia”, comenta Hart. Las consecuencias de esta crisis dejaron a muchos adolescentes más expuestos que nunca.

La geografía también define esta problemática. En Lima, las zonas periféricas concentran los índices más altos. En regiones como Loreto, Ucayali o el VRAEM, la cercanía con rutas de narcotráfico convierte la oferta de drogas en algo permanente. “El crimen organizado aprovecha la falta de presencia estatal en estas zonas”, advierte Jefferson Gonzales, Ejecutivo de la Oficina Zonal de Iquitos de DEVIDA.

Instituciones y organismos contra las drogas

Sin embargo, el Perú no enfrenta esta situación sin herramientas. DEVIDA coordina la política nacional; el MINSA atiende la salud mental y las adicciones, y la PNP y las Fuerzas Armadas operan en interdicción y erradicación de cultivos. A ello, se suman ONGs como CEDRO que, desde la sociedad civil, complementan con prevención y tratamiento especializado.

La articulación entre estas instituciones ha mejorado en los últimos años, y los resultados lo reflejan, pero el avance convive con vacíos estructurales que el propio Estado reconoce: financiamiento externo que no está garantizado, zonas fronterizas que escapan al control permanente y un crimen organizado que se adapta más rápido que las instituciones.

En el 2025, la PNP incautó alrededor de 316,176 kilos de clorhidrato de cocaína, marihuana y pasta básica. En el caso de estas dos últimas sustancias, se identificó un aumento de decomisos en 93.2% y 95.8%, respectivamente, pero esto no es necesariamente positivo. “Que los decomisos se dupliquen y se destruyan más cultivos no significa que el Estado esté ganando la guerra contra el narcotráfico”, asegura Gonzales.

Es cierto que los operativos han mejorado. La policía trabaja con mayor inteligencia, articula mejor con fiscalía, aduanas y guardacostas, y los golpes en puertos ya no se miden en kilos, sino en toneladas. Sin embargo, el avance tiene su reverso. «La policía y los militares están haciendo un trabajo enorme, pero el crimen organizado se adapta más rápido y tiene más dinero», advierte Hart. A eso se suma una corrupción que sigue filtrando los operativos por dentro.

La ketamina y el fentanilo son hoy los nombres que más preocupan a los especialistas. El consumo del primero ha crecido de forma sostenida y, según CEDRO, el Perú ha pasado de ser un país de tránsito a convertirse en un punto de redistribución regional de esta droga. El fentanilo, por su lado, también ha ingresado al mercado con una capacidad de daño muy superior a las sustancias tradicionales.

Ante este panorama, este año se aprobó la Resolución Ministerial N.° 0804-2026-IN, que incorpora el control de 736 nuevas sustancias psicoactivas como el tusi (o cocaína rosada), la ketamina, los poppers y el LSD. La medida busca darle a las autoridades herramientas legales para perseguir y condenar su comercialización.

La juventud peruana en riesgo

En el 2024, un estudio de DEVIDA reveló que el 13.3% de escolares probó alguna droga ilegal o inhalante. Entre ellas, destacaron la marihuana y la cocaína que se han visto en alza durante los últimos años. Otros estudios también apuntan al incremento en el uso juvenil del tusi y una mezcla de varias sustancias, entre las que suelen encontrarse la ketamina y el éxtasis.

De nuevo, el dato más alarmante es que el inicio del consumo sea cada vez a una edad más temprana. Una exposición tan anticipada afecta al desarrollo cerebral e incrementa las probabilidades de sufrir depresión, ansiedad o psicosis, e incluso se relaciona a enfermedades cardiovasculares y respiratorias.

Frente a esta situación, el acompañamiento de los adultos se hace crucial. Programas como “Lugar de Escucha” de CEDRO o “Familias Fuertes” de DEVIDA, ayudan a padres e hijos en dicho aspecto. “A través de esta iniciativa, buscamos prevenir conductas de riesgo como el consumo de drogas y la violencia mediante la comunicación y la crianza positiva”, explica Gonzales.

El desafío que enfrenta el Perú no es solo del Estado. La regulación puede controlar la oferta, los programas pueden llegar a más familias, pero ninguna política pública reemplaza lo que ocurre dentro del hogar. Para Hart, se necesita de una presencia más activa del MINEDU en Lima urbana, donde los programas de prevención son menos visibles.

Para quien esté en medio de problemas relacionados con las drogas, sea como consumidor o como familiar, negarlo solo agrava la situación. «Uno no puede pasar por esto solo. La ayuda existe y hay que ir a buscarla», concluye Hart. En un país donde el problema crece más rápido que la conciencia sobre él, esa puede ser la decisión más importante.

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