Las nuevas herramientas como la Inteligencia Artificial facilitan muchos procesos de nuestro día a día. Pero a cambio, pueden llegar a afectar negativamente nuestro desarrollo social, intelectual, psicológico y cultural.
Por Thiago Castañeda
La Inteligencia Artificial es una herramienta capaz de acelerar largos procesos, replicar tareas simples o complicadas y procesar grandes cantidades de información de una manera casi humana. Existe además la llamada IA generativa, capaz de generar contenido digital “nuevo” como imágenes, ensayos o código.
Lo que muchos no saben es que la IA no es una novedad. Su historia data desde 1956, cuando el informático John McCarthy acuñó el término como símbolo de capacidad “humana”, hasta ahora con herramientas como ChatGPT. El problema es que avances tecnológicos como este tienden a dejar atrás a las investigaciones académicas, las cuales generan entonces reglas, leyes y teorías que no comprenden las complejidades sociales actuales.
Automatizar lo mundano
Estas innovaciones no se reducen a invenciones digitales o mecánicas, la tecnología en sí es todo aquello que haya sido creado por el ser humano para facilitar un proceso, resolver un problema o satisfacer alguna necesidad. Y para bien o para mal, estas herramientas se han vuelto indispensables para nosotros.
La historia de la tecnología se puede dividir en distintos períodos analizando el propósito que cumplen estas herramientas hacia los problemas o necesidades de cada era. Estos propósitos pasaron de transformar material a transformar energía, y luego a transformar información. Este último periodo define la era actual, en donde la información se ha convertido en el recurso más valioso para las empresas que luchan por nuestra atención.
Y este giro no es neutral. A medida que la información se volvió el recurso central, la relación que tenemos con estas herramientas cambió: ya no las usamos para hacer cosas, sino que estas lo hacen por nosotros. Como usuario ya no estamos en control de la acción, y nos volvemos cada vez más dependientes de estas tecnologías.
Al día de hoy, las nuevas tecnologías responden más a facilitar procesos que no lo necesitan, y que podrían ser realizados de manera autónoma. «‘Las empresas intentan adaptar esta tecnología para lograr más productividad, más eficiencia’, explicó el especialista en tecnología digital Percy D. Quiñones.
Estas herramientas han reemplazado acciones que antes hacíamos sin pensarlo. Leer, escribir, dibujar, o hasta caminar se han vuelto acciones automatizadas que no requieren de nuestro aporte humano. “Negarte la creación, negarte el error, negarte la producción de cosas, así sea lo más mínimo…, te retrae de la experiencia humana más simple, y quizá la más importante”, advirtió al respecto la socióloga Ariadna Meza.
Históricamente, la adopción de nuevas tecnologías ha sido gradual, moldeada por la resistencia natural de las sociedades al cambio. Desde la Revolución Industrial, sin embargo, las empresas han acelerado ese proceso en función de sus intereses productivos, sin detenerse a evaluar las consecuencias. “Este empuje está llevando a que las personas se vean en cierta manera un poco forzadas a usar la tecnología”, sostuvo Quiñones.
La sociedad en riesgo
“Estamos avanzando tanto en automatizar este tipo de cosas, a nivel técnico, que quizá estamos relegando el tema de verlo de manera crítica”, alertó Meza desde la sociología. Este impacto en la capacidad intelectual de nuestra sociedad afecta cada vez más cómo nos relacionamos con nuestro entorno y con otras personas.
Expertos alrededor del mundo alertan que el uso constante de tecnologías como las redes sociales, los motores de búsqueda o la Inteligencia Artificial tienen distintos efectos negativos que las personas no toman en cuenta a la hora de usarlas: un deterioro en la salud mental y física, falta de memoria, pérdida del pensamiento crítico y de las habilidades sociales.
Quiñones va más lejos: aunque el impacto de estas innovaciones pueda parecer positivo, “una tecnología que parece muy utilitaria termina siendo en verdad algo muy poderoso” capaz de influir negativamente en aspectos que van desde la geopolítica hasta las relaciones sociales.
La desigualdad que ya existía antes de estas innovaciones, a nivel de salud, educación y servicios básicos, se profundiza ahora que el acceso a la tecnología se vuelve un privilegio. Debido a esto, quienes se quedan atrás no se pierden de usar una herramienta, pierden terreno en el mercado laboral, oportunidades educativas y movilidad social. Una brecha que, según Meza, solo seguirá creciendo.
En torno a esto, vale la pena preguntarse hasta dónde llega este fenómeno: el mercado laboral, los hábitos físicos y la forma en que nos relacionamos con los demás han sido transformados y hasta deteriorados en maneras que aún no terminamos de dimensionar.
Para Meza, lo que hace al ser humano es la capacidad de interactuar con el medio y transformar un pensamiento abstracto a una acción. Desde esta perspectiva, el riesgo que suponen estas nuevas tecnologías no es menor, podríamos terminar en un mundo donde la tecnología no nos facilite la vida, sino que adormezca nuestra “acción primaria”.
Un marco legal y ético mediocre
La rapidez que hace atractiva para muchos a la Inteligencia Artificial, es la que ha dejado a gobiernos e instituciones sin una respuesta adecuada ante sus avances. Mientras estos avances tecnológicos siguen acelerando, la regulación necesaria para contener sus consecuencias más críticas y peligrosas sigue sin llegar.
“Es importante que todos los países, empezando con el nuestro, tengan una posición al respecto de qué van a hacer con estas tecnologías”, afirmó Quiñones, quien agregó que se debe definir qué se les permite y qué no, y si se piensa integrarlas al aparato público.
La Unión Europea ya ha tomado esta iniciativa. Con el EU AI Act, se establece la primera ley orientada a gobernar el uso de la Inteligencia Artificial tanto en el sector público como en el privado. Si bien aún no existe una norma internacional para el uso ético de la IA, esta legislación podría sentar las bases para que otros países y organismos internacionales sigan el mismo camino.
Sin embargo, la regulación por sí sola no es suficiente. Recuperar lo que estas tecnologías han erosionado, como el pensamiento crítico, la autonomía y los vínculos sociales, exige un esfuerzo conjunto entre el Estado, el sector empresarial y el académico. No se trata solo de poner límites al uso de la IA, sino de reconstruir activamente los hábitos y capacidades que su uso descontrolado ha debilitado.
Más allá de los marcos legales, existe una dimensión que ninguna norma puede recuperar por sí sola: la del vínculo humano. “Como seres humanos a veces necesitamos interacción con personas y espacios físicos, porque generar comunidad es lo que nos mantiene bien”, sostuvo Meza. La sustitución progresiva de estos encuentros por el contacto digital ha derivado en un aumento constante de ansiedad y depresión que se necesita revertir.
La verdadera pregunta no es si la Inteligencia Artificial es buena o mala. Es si estamos dispuestos a hacernos cargo de lo que implica usar este tipo de tecnologías sin cuidado. “El cerebro cada vez se va a volver como un cuerpo que no hiciera nunca ejercicio, más fuera de forma cada vez”, concluyó Quiñones. ¿Es este el futuro que queremos? La respuesta está en decidir si somos capaces de aprender a usar aquello que intenta reemplazar lo que nos hace humanos.
