Tres días para diagnosticar la democracia en el Perú

Foto: IPAE

CADE Universitario 2026 convirtió a la Escuela Militar de Chorrillos en un punto de encuentro entre cientos de jóvenes que, en medio de la polarización política y el desencanto electoral, intentaron discutir qué país quieren construir.

Por Cynthia Carmen

La noche del 5 de mayo de 2026, ciertas aerolíneas y empresas de autobús recibieron grupos uniformados listos para partir. Centenares de jóvenes intentaban ubicarse junto a sus compañeros de ruta, entre maletas deslizándose por los terminales y mochilas colgadas a la espalda. Y no, no se dirigían a un viaje de promoción ni a una excursión académica.

Más de 700 estudiantes provenientes de 17 regiones del país, elegidos entre los más destacados de sus universidades e institutos de educación superior, llegaron a la Escuela Militar de Chorrillos “Coronel Francisco Bolognesi” para perseguir algo mucho más intangible que un diploma: conversar sobre democracia.

En el contexto polarizado actual, tras una primera vuelta electoral fragmentada y con falencias en torno a la ejecución del voto, la escena es prácticamente irónica. ¿Aún podemos hablar de democracia en nuestro país? Sobre todo, ¿qué significa “democracia” para los jóvenes peruanos?

Heridas sin cicatrizar  

El 6 de mayo, solo los cadetes más destacados se quedaron en la escuela porque, por la trigésima primera edición del CADE Universitario 2026 organizado por IPAE, este centro de formación castrense se ha dividido a la mitad por tres días. Todo un lado de la escuela recibirá a los jóvenes universitarios líderes de toda la nación.

Desde las siete de la mañana, la escuela abrió sus puertas a decenas de estudiantes que aguardaban poder instalarse en sus pabellones. Desfilaban en fila india hacia los módulos de identificación en el que se les brindó una credencial colgada en sus cuellos que especificaba sus nombres, habitaciones asignadas y el grupo con el que pasarían las siguientes jornadas.

Tras la bienvenida por la organización de Juan Manuel Ostoja, presidente del CADE de este año, Gonzalo Galdos, presidente de IPAE, y César Alfredo Andaluz Salaverry, general de brigada y director de la Escuela Militar de Chorrillos, arrancó la primera conferencia.

Martin Tanaka, profesor de la PUCP, expuso cifras reveladoras sobre la percepción del voto de la juventud. Tras un sonoro aplauso, las manos alzadas fueron inmediatas. La primera pregunta fue ligera, sobre el contexto polarizante y cómo informarnos. No obstante, la segunda expuso mucho más que solo una percepción. 

“Profesor, vengo de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga”, comenzó. Gran estruendo de aplausos la acompañó. La primera joven de provincia que hablaba en el evento. “Mis amigos ya no quieren votar. Dicen que sienten que su voto no vale nada”. El silencio cayó rotundamente en el auditorio.

Siguieron las conferencias hasta que el maestro de ceremonias preguntó. “Chicos, ¿cómo está su cadeína?” El auditorio se oyó confuso entre distintas respuestas, pero todas alegres y eufóricas. Cuando bajó la intensidad del bullicio, una sola voz femenina retumbó en el auditorio “¡Al máximo!”. Las sonrisas de todos en la conferencia firmaron con pluma de oro el acuerdo implícito con aquella frase.

El país reunido en un escenario histórico

Al llegar la primera dinámica de integración, fue el momento en el que cada delegación de cada universidad tuvo que separarse con tal de conocer a quiénes serían su equipo durante todo el evento.

Al salir del auditorio, el uniforme blanco e impecable de Diana resaltaba bajo el intenso sol limeño. La cadete de segundo año de Ciencias Militares había sido elegida como una de las mejores de su clase para representar a su institución. Se despidió brevemente de sus compañeros para abrirse paso entre la multitud en busca del llamado Grupo 13. 

A lo lejos distinguió el cartel con su número de grupo y se presentó con quien sería su embajador y guía CADE: Álvaro Mamani, un joven puneño, quien le contó que él también había sido cadeísta en el 2024. Entre saludos tímidos y conversaciones que recién empezaban, el grupo reunió a estudiantes de todas partes: Ayacucho, Cusco, Arequipa, Ica, Lima y muchas regiones más.

Tras ello, los llevaron hasta la gran cancha de fútbol, donde el equipo de IKIGAI Laboratorio Social organizó las primeras dinámicas para romper el hielo. Ahí comenzaron a aparecer los nombres de los equipos, los gritos improvisados y los primeros intentos de coordinación entre desconocidos.

Después llegó la música. Desde una marinera hasta zapateos torpes siguiendo un huayno, los grupos terminaron bailando ritmos de distintos rincones del Perú. Ya no importaba de qué región venían ni qué baile dominaban mejor. Entre risas, palmas y pasos desordenados, todos acababan entrando al mismo círculo para alentar a sus equipos.

Diana sonreía, sorprendida de cómo, a cada segundo, alguna regla del estricto protocolo que cumplía día y noche parecía romperse con los cientos de invitados que ahora alberga su casa de estudios. No le molestaba, al contrario, nunca había visto su escuela militar transformarse en un lugar tan alegre.

Al atardecer llegó el reto central. Mi Banco, uno de los principales auspiciadores de este gran evento, presentó el desafío cadeísta de este año: ¿Cómo logramos que el 100% de los jóvenes voten de manera informada? Las pautas ya estaban sobre la mesa y los murmullos haciendo lluvias de ideas entre los equipos no tardaron en comenzar.

Después de un par de horas discutiendo los problemas persistentes en torno al acceso de información y la motivación ciudadana a la hora de elegir sus representantes, los cadeístas tomaron un nuevo rumbo. Sus esfuerzos se centraban en diseñar proyectos que pudieran responder al diagnóstico repetido del país.

Terminada la cena grupal, los equipos empezaron a dirigirse hacia los amplios pabellones de varones y mujeres en los que dormirían durante todo el evento. Custodiados por cadetes cuarteleros, los pasillos se extendían con habitaciones de distintos tamaños. Algunas para apenas cuatro personas; otras capaces de reunir hasta dieciséis. Sin embargo, todas tenían algo en común. Ninguna tenía puerta de entrada. 

Las duchas comunitarias fueron la primera sorpresa de muchos. Murmuraban entre ellos cómo harían para ducharse allí, y si es que habría agua caliente. “Casi siempre es agua fría”, respondió mientras caminaba sin detenerse un cadete. Más de un rostro cambió de inmediato.

La organización comenzó. “Yo prefiero bañarme ahora en la noche”, unos decían. “Soy más de ducharme en la mañana”, mencionaba otro grupo tratando de adaptarse a la rutina militar. En los pabellones femeninos, la misma escena se repetía.

Poco a poco, se acercaba la hora de dormir. Algunas chicas bajaban de los camarotes los colchones por temor a caerse mientras dormían. Otras juntaban las camas con tal de poder seguir conversando.

Afuera, el viento húmedo de Chorrillos se colaba por las ventanas de las habitaciones y fue apagando las voces una a una. Aún no todos dormían. A altas horas de la noche, todavía había quienes caminaban en puntillas hacia las duchas con la intención de ducharse con la menor cantidad de compañeros alrededor.

Conectando con todas las realidades

Las alarmas de los celulares quedaron opacadas por los gritos de los militares a las cinco y media de la mañana. Ni el frío limeño ni la hora frenaban el estruendo de sus voces al unísono, que comenzaron a desperezar a los invitados por todo el recinto. El desayuno que les esperaba a los cadeístas era auspiciado por Gloria y en cada mesa había un periódico El Comercio del día.

Tras potentes ponencias como la del investigador y docente de la Universidad de Lima, Julio César Mateus, la charla contra las fake news de Juan Aurelio Arévalo Miró Quesada, director del Grupo El Comercio y la exposición de Urpi Torrado, CEO de Datum Internacional, los breves debates entre conferencias eran vividas en cada rincón del auditorio. La motivación de cada expositor era provocar el diálogo y el intercambio entre los asistentes.

Alrededor de la 1 de la tarde, comenzó el almuerzo. Cada grupo se debía reunir alrededor de un líder empresarial para dialogar sobre las problemáticas de la nación y sus perspectivas sobre la función cívica que cumplen desde sus respectivos roles con el país.

Diana conversaba con sus compañeros sobre quién sería el líder que estaría esa tarde con ellos. Al cruzar el umbral de la puerta, la gran altura de una sombra humana oscurecía la vista. Juan Manuel Ostoja, presidente de CADE Universitario 2026, saludó e invitó a comenzar el intercambio de ideas con el grupo. 

Ya con los platos sobre la mesa, la conversación fluyó entre su experiencia profesional, sus inicios en IPAE y posiciones políticas sobre institucionalidad y gobernanza. 

Corrupción, presidentes y congresistas dominaban la tertulia hasta que una mano alzada cambió la ruta de la conversación. “Creo que es importante hablar de la corrupción y el mal trabajo de los presidentes y parlamentarios, pero, al menos desde mi región, a nosotros nos resuena más la corrupción a nivel local, como los gobernadores…” “¿De dónde eres?”, preguntó Ostoja. “Del Vraem”, respondió Roky.

Varios rostros giraron con atención hacia él. Roky Medina Quispe es alumno de la sede descentralizada de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga en Pichari, Vraem. Relató cómo sus amigos y familiares sentían desprecio por la política no por las grandes esferas del poder, sino por unas más pequeñas pero no por ello menos peligrosas en caso de malas prácticas. 

A partir de allí, más universitarios de provincia se sumaron a contar las problemáticas de sus ciudades y cómo esto afectaba la percepción de ciudadanía cívica. Ostoja se despidió tras tomarse unas fotos con el grupo y les deseó la mejor de las suertes en el concurso.

Cadeína que se multiplica

Las cornetas resonaron en todos los pabellones cerca de las seis de la mañana. Los cuarteleros pasaron por cada habitación encendiendo bombillos y usando sus profundas voces para despertar a los más somnolientos.

La adrenalina había marcado la noche anterior, ya que los cadeístas entregaron las propuestas de solución para el desafío y habían cerrado la jornada con una fiesta que reunió a todos los participantes hasta casi la medianoche. 

El desayuno no los iba a esperar así que fueron despertando por última vez en la sede militar, a excepción de casos como el de Diana, en los que mientras veía a sus compañeras saludarla por la mañana sabía que para el día siguiente la rutina volvería a la normalidad. 

La hora de la premiación llegó y cuatro grupos fueron recompensados con parlantes, relojes inteligentes y más por su gran innovación para darle soluciones a la juventud peruana. La melancolía comenzaba a instalarse en la ceremonia de clausura, chicos se abrazaban y capturaban a través de sus celulares los últimos momentos juntos.

Sin embargo, algo interrumpió el curso del acto final. El maestro de ceremonia tomó el micrófono una vez más y comenzó a relatar que se había decidido entregar un premio individual adicional a quien había demostrado estar comprometida al 100% con el evento y que incluso, había asistido a cuatro réplicas CADE en anteriores ediciones. 

Los vitoreos comenzaron antes incluso de que el maestro de ceremonia revelara el nombre. “¡Ella! ¡Ella!”, gritaban varios cadeístas mientras señalaban hacia una fila del auditorio. “¡Que pase al frente Karelia Rozas!”, anunció. La ovación se hizo aún más fuerte. 

Controlando su silla de ruedas, se desplazó hasta el frente del escenario y con una voz afónica pidió se le cediera el micrófono. Agradeció el reconocimiento, saludó a su institución, la Universidad Andina del Cusco y con el último hilo de voz que le quedaba gritó: “¿Cómo está su cadeína?” “¡Al máximo!”, el auditorio entero retumbó con gritos y aplausos.

Mientras los buses abandonaban la sede militar, Diana volvía a pensar en Inteligencia, la especialidad o arma, como la llaman las tropas, que esperaba elegir dentro del Ejército. Pero tras los días vividos en el CADE Universitario, la idea de analizar, comprender y anticipar ya no parecía limitarse únicamente al terreno militar. Ahora también tenía el rostro de las distintas realidades del país que acababa de conocer.

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