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40 años de la tragedia de Chernóbil

Chernóbil dejó una huella imborrable en la historia y transformó la industria nuclear a nivel mundial. 

Por Igor García y Matías Illescas

El 26 de abril de 1986 una columna de humo de un kilómetro de altura liberó plutonio, cesio y yodo en el cielo de Chernóbil, una ciudad del norte de Ucrania, causando lo que hoy es recordado como el mayor accidente nuclear de la historia. Se estima que la contaminación provocada fue 400 veces superior a la de Hiroshima y la situación forzó la evacuación de más de 300,000 personas y la creación de una zona de exclusión de 30 kilómetros. 

Cuatro décadas después, las guerras y el panorama geopolítico ponen de nuevo a la energía nuclear en la mira de las potencias mundiales. Pero la tragedia provocada por la explosión del reactor 4 de la central nuclear nos lleva a pensar qué hemos aprendido de este suceso para evitar que vuelva a ocurrir.

El origen del desastre

Durante la Guerra Fría, las potencias en disputa, Estados Unidos y la Unión Soviética, enfatizaron mucho en el desarrollo de la energía nuclear, siendo este uno de los flancos por los que competían. Ambas naciones querían demostrar su superioridad científica, como con la carrera a la Luna, y esto llevó a que, en 1970, la Unión Soviética construya la Central Nuclear Vladimir Ilich Lenin, o Central Nuclear de Chernóbil, ubicada en Ucrania, a 17 kilómetros de Bielorrusia.

En ella había cuatro reactores capaces de producir una gran cantidad de energía, y fue justamente en el cuarto reactor donde el accidente se inició. Se estaba realizando una prueba de seguridad que consistía en una simulación de un corte de energía eléctrica para ayudar a crear un procedimiento de seguridad que garantice que el agua de enfriamiento del reactor pudiera circular con los generadores eléctricos de respaldo, es decir, que se siga produciendo energía sin electricidad.

Así como esta, se habían realizado otras tres pruebas en 1982, pero ninguna había tenido éxito. En la cuarta, sin embargo, hubo una demora inesperada de diez horas que significó que operara un sector no preparado de la planta. Además, se desactivaron algunos sistemas de seguridad y se presentaron algunas fallas en el diseño del reactor modelo RBMK, que no tenían una «estructura de contención».

Una serie de desequilibrios llevó a que el reactor 4 se sobrecalentara y generara una o dos explosiones que volaron la tapa del reactor. Esto derivó en un incendio que liberó a la atmósfera partículas con un alto nivel de radioactividad, como dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio y erbio. La nube radioactiva se extendió por 162,000 km2, llegando incluso hasta zonas de Asia, Europa y América del Norte. 

En ese sentido, Rolando Paucar, presidente del Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN), explicó para Nexos que en la Unión Soviética había un mando jerárquico, no había un mando técnico. “Esto evolucionó para que muchos procedimientos y protocolos que ya estaban establecidos y que eran técnicos se saltaran, porque había una orden por encima de ellos», detalló.

El accidente se catalogó como «accidente mayor nivel 7», el más alto en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares, descrito como un evento que «pone en riesgo la salud general y del medio ambiente». El único suceso que ha sido catalogado de la misma manera fue el accidente de Fukushima en 2011, causado por un terremoto que también llevó a una gran contaminación radioactiva.

Tras las explosiones en Chernobyl, 200 personas tuvieron que ser hospitalizadas y 31 de ellas murieron (28 debido a la exposición directa con la radiación). Además, alrededor de 135,000 tuvieron que evacuar toda la zona afectada y 215,000 personas fueron reubicadas. El área de 30 kilómetros de radio alrededor de la central nuclear se aisló, dando origen a la denominada «zona de exclusión» que aún sigue vigente. Toda esta tragedia llevó a que el tratamiento de la energía nuclear se reformara posteriormente.

Lecciones aprendidas

A raíz del accidente de Chernobyl, el sector de la energía nuclear implementó cambios sustanciales orientados a prevenir una tragedia similar. Estas mejoras abarcan desde la modernización de la infraestructura hasta el fortalecimiento de los sistemas regulatorios y de control, con el objetivo de garantizar mayores estándares de seguridad. 

El núcleo RBMK correspondía a una tecnología de primera generación que presentaba un coeficiente de reactividad positivo. Esto implicaba que, al aumentar la temperatura, el reactor tendía a incrementar aún más su potencia, generando una condición inestable. 

En contraste, actualmente el Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA) establece como principio fundamental la realimentación negativa, es decir, un mecanismo mediante el cual el reactor reduce su potencia cuando aumenta la temperatura. Bajo este criterio, aquellos que son modernos han sido diseñados para asegurar una operación estable y segura. 

“Ahora el técnico o el operador del reactor debe cumplir un procedimiento y, si su jefe le dice lo contrario, él no hace caso. Más bien, el jefe es quien tiene que buscar que se cumpla estrictamente con el protocolo. Ese cambio también es importante porque es parte de la filosofía del funcionamiento de los reactores post-Chernobyl”, aseguró Páucar. 

Por otro lado, se han incrementado las exigencias para el personal que trabaja en estas instalaciones. Según la guía IAEA Safety Standard Series, que se basa en el reclutamiento, cualificación y formación de personal para centrales nucleares, los trabajadores deben contar con formación técnica certificada y con un aprendizaje continuo, siendo entrenados en simuladores y evaluados periódicamente para asegurar su idoneidad al operar en entornos complejos. 

Además, según la ingeniera nuclear Beatriz Machado, también impulsó “la creación y fortalecimiento de organismos internacionales”, lo que contribuyó a una mayor cooperación global en materia de seguridad nuclear.

Cambio de mentalidad

Tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, surgió un fuerte movimiento antinuclear a nivel internacional, que puso en evidencia el enorme poder destructivo de la tecnología nuclear. Posteriormente, accidentes como Chernobyl, Fukushima y Three Mile Island reforzaron las críticas relacionadas con los riesgos ambientales y la gestión de residuos radiactivos. 

No obstante, diversas investigaciones han demostrado que la energía nuclear es una de las fuentes más limpias y con menor nivel de riesgo. De acuerdo con datos de Our World in Data, la tasa de mortalidad asociada a la generación eléctrica —considerando accidentes y contaminación atmosférica— es considerablemente baja en el caso de la energía nuclear, con 0.03 muertes por teravatio-hora. En comparación, el carbón registra 24.62, el petróleo 18.43 y la biomasa 4.63. Solo la energía solar presenta una cifra ligeramente inferior, con 0.02. 

En este contexto, el carbón se posiciona como el combustible más contaminante, debido a sus altas emisiones de gases de efecto invernadero. Según la ONU, los combustibles fósiles —carbón, petróleo y gas— representan cerca del 80% del consumo energético mundial y el 66% de la generación eléctrica. Por su parte, la energía nuclear aporta aproximadamente el 9% de la electricidad global, de acuerdo con LowCarbonPower. 

Asimismo, la energía nuclear cumple un rol clave en el apartado energético. “En términos de confiabilidad, proporciona generación continua y estable (base load), independiente de condiciones climáticas”, señaló Machado, lo que la convierte en un complemento importante para fuentes renovables como la solar y la eólica. 

“Ahora todos los grupos ambientalistas voltearon, miraron y dijeron: ‘efectivamente es seguro’. No están a favor, pero no están en contra porque ahora la energía nuclear está considerada a nivel mundial como energía limpia, justamente porque es la que no produce CO2”, comentó Páucar. 

Todos los acontecimientos históricos vinculados al desarrollo nuclear han generado temores y percepciones erróneas, especialmente en torno a la radiación. “La percepción se combate con información. Con evidencia se pueden ver las cosas, lo demás son temores y miedos infundados, pero hay que tenerlos en cuenta para los proyectos, saber cuál es la percepción de la gente y a partir de ahí empezar un trabajo de comunicación”, indicó el experto.

Trabajo de la casa

El Perú cuenta con una trayectoria significativa en el desarrollo nuclear que se remonta a varias décadas. La creación del Instituto Peruano de Energía Nuclear en 1975 marcó el inicio formal de este rubro en el país. Un año después, se presentó el Plan Nuclear del Perú, cuya primera fase contempló la construcción de un reactor nuclear de entrenamiento, ubicado en San Borja e inaugurado en 1978, así como un Centro Nuclear de Investigaciones con un reactor de investigación en Carabayllo, inaugurado en 1988. 

“Hace dos años repensamos que la energía nuclear no solo es científico-tecnológica, sino que también puede servir para la seguridad nacional“, aseguró Paucar, por lo que la energía nuclear se integró en otros ámbitos, creando tres líneas de trabajo en particular: seguridad sanitaria, seguridad alimentaria y seguridad energética.

Uno de los campos donde la tecnología nuclear tiene un papel fundamental es el de la salud, específicamente en la producción de radiofármacos. “Del reactor sale la medicina para curar pacientes. Estamos sacando dos productos bandera, uno para el cáncer óseo y otro para el cáncer de próstata y páncreas”, enfatizó nuevamente el presidente del IPEN. 

De igual manera, la energía nuclear cumple un rol relevante en el desarrollo agrícola. En este ámbito, se ha logrado desarrollar, junto con la Universidad Agraria de La Molina, un nuevo tipo de arroz mediante el uso de radiación, el cual presenta mayor resistencia a la sequía, lo que evidencia su potencial frente a los efectos del cambio climático.

Asimismo, el sector también considera los desafíos ambientales asociados al cambio climático. “Pueden aparecer insectos que generan malaria y otras enfermedades infectocontagiosas, y existe una tecnología que puede atacar a estos insectos, a través de lo que llamamos la técnica del insecto estéril”, explicó Páucar. Esta línea de trabajo se desarrolla en conjunto con el Centro Nacional de Tecnologías de Irradiación, ampliando las aplicaciones de la energía nuclear hacia el control de plagas y la protección de la salud pública.

El 22 de marzo del presente año se logró un hito en el rubro, pues se promulgó la Ley N° 32560, que promueve el desarrollo de la energía nuclear y los reactores modulares pequeños. “Estamos haciendo el pequeño salto que nos facilite tener un reactor como el RP10, pero que ahora produzca electricidad”, señaló el presidente del IPEN.

En cuanto al futuro, a nivel global el sector apunta hacia nuevas tecnologías. “Entre los avances recientes destacan el desarrollo de reactores modulares pequeños (SMR), tecnologías de generación IV con mayores niveles de seguridad y eficiencia, y mejoras en la gestión de residuos radiactivos”, explicó por su lado Machado.

Chernobyl marcó un antes y un después en la forma de gestionar la energía nuclear, impulsando mayores estándares de seguridad y un cambio en su percepción. Hoy, esta tecnología se proyecta como una herramienta clave para el desarrollo, incluso en el Perú, como una oportunidad para fortalecer sectores como la salud, la agricultura y la energía.

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