Cada alerta pone a prueba la capacidad de respuesta de autoridades y comunidades. Los desastres naturales revelan las fortalezas y también las falencias de los planes de prevención. ¿Estamos aprendiendo del pasado o seguimos repitiendo los mismos errores cada año?
Por Michelle Hemmerde
La costa peruana se prepara nuevamente frente al riesgo del Fenómeno de El Niño Costero, un evento climático que altera la temperatura del mar y provoca lluvias intensas, desbordes de ríos e inundaciones. Según el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (SENAMHI), aunque suele presentarse con mayor frecuencia entre el verano y el otoño, no tiene fechas fijas y su intensidad varía cada año.
Durante episodios anteriores, como los de 2017 y 2018, se registraron precipitaciones de hasta un 40% por encima del promedio, afectando a millones de personas, destruyendo viviendas y causando pérdidas millonarias en agricultura y pesca. Frente a esto, las autoridades han reforzado los planes de prevención y mitigación: el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) coordina con gobiernos regionales y locales para implementar medidas de evacuación, limpieza de ríos y preparación de albergues temporales.
Asimismo, se realizan campañas de comunicación para alertar a la población sobre posibles riesgos, promoviendo la planificación territorial y la gestión ambiental. Sin embargo, surge la duda: ¿realmente estamos mejor preparados que en años anteriores o seguimos reaccionando solo cuando los ríos empiezan a desbordarse?
¿Prevención o improvisación?
Antes, escuchar sobre dicho fenómeno natural era recibir una advertencia que daba tiempo para prepararse. Hoy, las lluvias y los desbordes parecen anticiparse a los comunicados oficiales. El INDECI y el SENAMHI vigilan la temperatura del mar y los patrones de lluvia, pero aun así los ríos pueden desbordarse y las calles convertirse en corrientes en cuestión de horas. Cada alerta se siente como una carrera.
Calles transformadas en ríos, deslizamientos que cortan carreteras y comunidades aisladas se repiten cada año. Las zonas bajas y las riberas de los ríos son las más afectadas, y sus habitantes enfrentan interrupciones en su vida diaria, desde colegios cerrados hasta mercados vacíos y caminos bloqueados.
La agricultura y la pesca, pilares de muchas comunidades, son los sectores más golpeados. Los campos de arroz, maíz y otros productos quedan bajo el agua, mientras que los cambios bruscos en la temperatura del mar afectan la producción pesquera tanto artesanal como industrial. “Se debilita la surgencia de aguas frías que son ricas en nutrientes y, por ende, hay una disminución de plancton. Eso genera un colapso temporal en la productividad del sistema de Humboldt y afecta especies como la anchoveta”, mencionó Daniel Cáceres, biólogo marino.
Frente a este escenario, el INDECI trabaja con gobiernos regionales y locales para revisar rutas de evacuación, preparar espacios seguros, habilitar centros de operaciones de emergencia y garantizar el funcionamiento de servicios básicos. En Ica, las lluvias activaron quebradas y colapsaron sistemas de drenaje, afectando viviendas y tramos de la Panamericana Sur.
En Arequipa, las precipitaciones en zonas altas generaron huaicos y desbordes que dañaron carreteras, aislaron distritos y, hasta el momento, han dejado dos personas fallecidas. En Tumbes, el incremento del caudal de los ríos, asociado a lluvias persistentes en la cuenca, provocó inundaciones en áreas urbanas y rurales, con impacto directo en viviendas y servicios. Pese a estas acciones, las emergencias continúan registrándose antes de lo previsto.
Como señaló Melanie Hammond, especialista en comunicación estratégica, “no se trata solo de informar o difundir alertas, sino de construir un tejido social donde la ciudadanía se involucre, participe y comprenda cómo reducir su propia vulnerabilidad frente a las amenazas”.
Con El Niño Costero ya en curso, la incertidumbre persiste en la costa peruana. Las lluvias y los cambios en el clima marcan la temporada, mientras las diversas regiones del país permanecen atentas a un escenario que se repite año tras año.
En este contexto, la preparación aparece como la principal defensa frente a un fenómeno cuyos efectos ya se hacen sentir en distintas regiones. “Cuando el agua está más caliente, hay menos oxígeno y los organismos marinos son más vulnerables. Si, además, se suman factores como la sobrepesca o la contaminación, la capacidad de recuperación se reduce y los impactos se sienten con mayor rapidez”, indicó Cáceres.
Ecosistemas bajo presión
El calentamiento del mar durante este fenómeno modifica su equilibrio y afecta directamente a la pesca, la agricultura y la salud pública. Es decir, no se trata solo de agua acumulada, sino de cómo ese cambio impacta actividades que sostienen a miles de familias.
En el mar peruano, marcado por la dinámica de la Corriente de Humboldt, el aumento de la temperatura reduce la llegada de nutrientes que alimentan al plancton, base de la cadena marina. Cuando esto ocurre, especies como la anchoveta disminuyen o se desplazan. Al mismo tiempo, pueden aparecer más medusas o algas que afectan la calidad del agua.
Las consecuencias sociales y económicas del episodio del 2017 afectaron diversas regiones del país. En Piura, el desborde del río dejó a la ciudad bajo el agua durante varios días y miles de personas tuvieron que ser evacuadas. En Trujillo, los huaicos atravesaron urbanizaciones como El Golf y Víctor Larco, arrasando viviendas y cubriendo calles con lodo.
Además, el colapso de puentes como el Virú interrumpió la Panamericana Norte, afectando el transporte de alimentos y combustible hacia distintas regiones. “Eventos como estos muestran que la vulnerabilidad de las comunidades aumenta cuando la presión sobre los ecosistemas es alta; el mar y los ríos no solo traen agua, sino que reflejan cómo nuestras actividades previas amplifican el impacto de cada fenómeno”, explicó Cáceres.
En cuanto a la salud, el agua estancada y las altas temperaturas favorecen la proliferación del mosquito Aedes aegypti, vector del dengue, chikungunya y zika. Las inundaciones también pueden contaminar fuentes de agua potable y afectar los servicios de saneamiento. Por ende, se aumenta el riesgo de enfermedades gastrointestinales y otras infecciones, sobre todo en comunidades con infraestructura limitada. Cada episodio extremo se convierte en un desafío tanto climático como sanitario.
Estos escenarios evidencian vulnerabilidades que aún se mantienen, viviendas construidas en zonas de alto riesgo, drenajes que no soportan lluvias intensas y expansión urbana sin planificación. Cuando no se corrigen estas condiciones, los eventos extremos no parten de cero, sino que se suma a daños anteriores, poniendo a prueba la capacidad de anticiparse y reducir riesgos antes de que vuelva a llover con fuerza.
Protección ante emergencias
A pesar de años de alertas, campañas y simulacros, los desbordes y huaicos siguen afectando a las mismas zonas del Perú. Las autoridades han reforzado defensas ribereñas, mantenido drenajes y activado sistemas de alerta temprana, pero la experiencia demuestra que la preparación no depende solo de estas acciones.
Gran parte de la población no adopta las medidas preventivas recomendadas: construcciones en zonas de riesgo, cultivos sin preparación o la falta de atención a las advertencias incrementan la vulnerabilidad de las comunidades.
En términos de gestión territorial, las normativas incluyen identificar zonas seguras para construir, restringir la expansión urbana en áreas vulnerables y cuidar los ecosistemas que amortiguan el impacto de las lluvias como ríos, humedales y manglares. Estos espacios funcionan como barreras naturales que reducen la magnitud de inundaciones y huaicos, pero solo producen efecto si se mantienen saludables.
Al mismo tiempo, la comunicación preventiva busca generar conciencia y cambiar comportamientos. Campañas educativas, simulacros y difusión de alertas buscan que la población actúe antes de que la emergencia llegue. La efectividad de estas estrategias depende de la participación activa de la ciudadanía: la prevención no es solo tarea del Estado, sino un esfuerzo compartido que involucra a comunidades, familias y autoridades.
“La comunicación del riesgo debe trabajar desde la prevención y preparación, involucrando a la familia, el municipio y las autoridades para que, frente a un fenómeno natural, se construya un tejido social que permita responder y recuperarse efectivamente”, señaló Estela Roeder, comunicadora social especializada en comunicación para el desarrollo.
Los eventos pasados evidencian que la vulnerabilidad acumulada agrava los impactos. Inundaciones repetidas, drenajes colapsados y viviendas en zonas de riesgo hacen que cada lluvia intensa deje secuelas más graves que la anterior. Así, mantener planes de mantenimiento y prevención de manera constante anualmente es fundamental.
Además, la interacción entre cambio climático, presión sobre los ecosistemas y comportamiento humano amplifica los riesgos. Sobrepesca, deforestación y descuido de ríos o humedales aumentan la exposición de las comunidades a huaicos e inundaciones. La preparación efectiva implica, por tanto, combinar infraestructura, planificación territorial y conciencia ciudadana para que la sociedad pueda responder de manera más resiliente y minimizar los daños de futuros eventos extremos.
