Entre amenazas e intentos de negociaciones, la tensión entre Irán y Estados Unidos alcanza uno de sus puntos más álgidos, marcada por la negativa iraní a abandonar su programa nuclear y la presión de Washington para que lo limite.
Desde hace algunas semanas, la relación entre Irán y Estados Unidos atraviesa uno de los momentos más inquietantes en cuestión militar y diplomática. La potencia norteamericana se ha manifestado en contra del régimen iraní y ha apoyado las protestas de la población. Además, ha desplegado buques de guerra alrededor del territorio del país de Medio Oriente. Irán, por su parte, ha advertido que un eventual ataque provocaría una “guerra regional”.
La situación continúa escalando y ambos países buscan encontrar una solución diplomática. Sin embargo, Estados Unidos también ha mostrado interés en frenar el programa nuclear islámico y los líderes iraníes se manifestaron en contra de esta idea. ¿Cómo se llegó a este punto y qué tan probable es que estalle una guerra?
Protestas y uranio
Desde el 28 de diciembre, Irán ha sido sede de una serie de protestas que han derivado en la muerte de al menos 5 mil personas –según datos de la ONU–, miles de detenidos y el corte de las comunicaciones en su territorio. Las manifestaciones empezaron como respuesta a una profunda crisis económica que atraviesa el país: altos niveles de inflación, deterioro de las condiciones de vida y mala gestión de los servicios del Estado como el acceso al agua.
Ante la fuerte represión del régimen de los ayatolás, Estados Unidos envió una flota naval alrededor del territorio iraní y condenó los ataques contra los manifestantes. Advirtió también que la flota está lista para cumplir su misión con “rapidez y violencia si es necesario” e instó a las autoridades de Irán a llegar a un acuerdo. Sin embargo, la represión en este escenario no es lo único que motiva al presidente estadounidense.
En ese sentido, el especialista en Relaciones Internacionales, Roberto Heimovits, explicó que Estados Unidos tiene un problema de varios años con Irán sobre el programa nuclear militar. “Ellos creen que este programa nuclear está destinado a fabricar bombas atómicas, y considera que, si Irán llega a tener estas, se convertiría en una amenaza muy peligrosa”, añadió. Al respecto, Washington demanda que Irán abandone por completo el enriquecimiento de uranio, al considerar que este proceso podría derivar en fines militares.
En respuesta a las advertencias de Estados Unidos, el jefe militar de Irán, Amir Hatami, declaró que sus fuerzas están en alerta máxima y que “tienen el dedo en el gatillo”. Asimismo, enfatizó en que la política nuclear iraní “no puede eliminarse” debido al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) que firmó en 1968. Este documento impide la construcción de armas atómicas, aunque reconoce el derecho de los Estados signatarios de usar la energía nuclear con fines pacíficos.
Durante el año pasado, el país norteamericano e Irán habían mantenido negociaciones sobre el programa iraní. Sin embargo, las conversaciones se detuvieron después de que la nación estadounidense intervino en el conflicto entre Irán e Israel en junio de 2025, cuando Washington bombardeó algunas instalaciones estratégicas del país persa.
Desde entonces, Teherán se ha negado a retomar las negociaciones con Washington que, en 2018, por orden de Trump, abandonó de manera unilateral el acuerdo nuclear firmado por ambos países en 2015 e impuso sanciones económicas contra el país de Medio Oriente. No obstante, Irán anunció que se reunirá con Estados Unidos este viernes en Omán para conversar sobre su plan nuclear.
¿Una guerra inminente?
Las amenazas y los llamados a la “calma” han venido de ambos lados. Por un lado, el líder supremo de Irán, el ayatola Alí Jamenei, señaló que la nación asiática no desea iniciar una guerra con nadie, pero que respondería con fuerza si es atacado o acosado. A esto se sumó el presidente, Masud Pezeshkian, quien solicitó el 2 de febrero que se negocie con Estados Unidos el programa nuclear de la República Islámica.
Por otro lado, el líder norteamericano en los últimos días ha reforzado la presión militar —desplegando cerca del golfo Pérsico al portaaviones USS Abraham Lincoln y tres destructores de misiles guiados—. No obstante, el 1 de febrero afirmó que esperaba “lograr un acuerdo”. Las réplicas de ambos países, el refuerzo militar de la potencia norteamericana en la región y la respuesta del líder supremo iraní colocan al Medio Oriente una vez más al borde de una escalada bélica, con el plan nuclear de Irán en el centro de la atención mundial.
Heimovits señaló que “si estos diálogos se concretan en los próximos días y Estados Unidos percibe que Irán negocia con seriedad —es decir, no solo para ganar tiempo, sino con una disposición real a limitar su programa nuclear a cambio de ciertas concesiones—, la probabilidad de un ataque estadounidense disminuiría”.
Sin embargo, advirtió que el panorama cambiaría si Washington considera que Teherán no está negociando de buena fe y que, en realidad, busca dilatar el proceso mientras continúa avanzando con su programa nuclear. “En un escenario aún más crítico, si las conversaciones no llegan a iniciarse, Estados Unidos podría optar por atacar objetivos en Irán como una medida de coerción —en términos de las relaciones internacionales— para presionar al régimen iraní a frenar su programa nuclear”, sostuvo el especialista.
Ante este choque de fuerzas, China y Rusia se han pronunciado en contra del conflicto armado. Por su parte, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Mao Ning, rechazó una “interferencia” extranjera en los asuntos del país asiático. “Nos oponemos al uso de la fuerza o a la amenaza de su uso en las relaciones internacionales”, indicó en una conferencia de prensa.
En la misma línea, Sergei Shoigu, secretario ruso de Seguridad, durante una llamada con su homólogo iraní, condenó con firmeza otro intento de los poderes extranjeros de interferir en los asuntos internos de Irán.
Si bien, los tres países no conforman una alianza oficial ni ningún tratado de defensa mutua, su relación no es sorpresiva. En el caso de China, el acercamiento se produjo durante la guerra entre Irán e Irak, cuando Pekín fue uno de los pocos países que suministró armamento al régimen iraní, que enfrentaba a un adversario militarmente más poderoso y respaldado por potencias occidentales. A pesar de ello, la intervención de Beijing y Moscú en una eventual defensa militar de Irán no está asegurada.
A tal efecto, el analista internacional, Jorge Chávez Mazuelos, explicó que es poco probable que los países aliados de Irán brinden un apoyo militar directo, ya sea mediante el envío de tropas o de armamento. “En el caso de Rusia, su capacidad de respuesta es limitada debido a que mantiene sus recursos concentrados en la invasión de Ucrania”, complementó.
En cuanto a China, sus prioridades fundamentales en materia de seguridad y defensa se encuentran en otras regiones del mundo, especialmente en el Indo-Pacífico. “Estas incluyen el mar de China Oriental y Meridional, el estrecho de Taiwán, el estrecho de Malaca y la frontera con India, por lo que no tendría un interés estratégico inmediato en involucrarse militarmente en esa zona”, recalcó Chávez.
Efectos colaterales
A raíz de las tensiones casi bélicas, los precios del petróleo registraron un fuerte aumento el jueves pasado, alcanzando niveles que no se veían desde finales de la mitad del 2025. El temor a una posible intervención de Estados Unidos en Irán impulsó la reacción de los operadores, ante el riesgo de que el conflicto afecte la producción de hidrocarburos iraní.
Como resultado, las cotizaciones internacionales están registrando un alza significativo, lo que ha encendido las alertas sobre posibles problemas de abastecimiento en rutas estratégicas y su impacto en los mercados energéticos. Una de ellas es el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% de la producción mundial de crudo. “La preocupación está en las posibles perturbaciones del suministro, particularmente en el estrecho de Ormuz”, señaló David Morrison, analista de mercado de Trade Nation.

La importancia de esta ruta es crítica para la economía global, ya que el año pasado, por el estrecho transitaron cerca de 16.7 millones de barriles diarios de crudo y condensados, según datos de Bloomberg. Además, casi una quinta parte del gas natural licuado mundial —en su mayoría de origen qatarí— utiliza este corredor. Un cierre efectivo, aunque sea temporal, podría elevar el precio del petróleo a entre 120 y 150 dólares por barril, según estimaciones de la consultora Kpler, muy por encima de los costos de referencia de enero que rondaban los 70 dólares.
Para el internacionalista Ariel Segal, el actual escenario responde a un régimen iraní “debilitado tanto militar como políticamente”, lo que ha llevado a Estados Unidos a intensificar la presión en una zona altamente sensible como el estrecho de Ormuz, donde “cualquier incidente puede escalar rápidamente y tener consecuencias globales”.
Mientras la incertidumbre rodea a ambas naciones, los mercados continúan reaccionando con cautela ante cualquier señal de escalada, conscientes de que un conflicto mayor en Medio Oriente tendría repercusiones inmediatas sobre la economía global.
