Las negociaciones entre Estados Unidos, Ucrania y Rusia para acordar un plan de paz continúan. ¿Cómo van las reuniones?
Por Thiago Castañeda y Matias Illescas
A fines de noviembre se dio a conocer el borrador de un plan de paz para poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania, compuesto por 28 puntos y gestionado por Steve Witkoff, enviado especial de Donald Trump, y Kirill Dmitriev, cercano a Vladimir Putin. La propuesta fue cuestionada inicialmente por no haber coordinado con Ucrania e incluir cesiones de su territorio, obligar a Kiev a reducir su ejército e impedir su entrada a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
A partir de esa propuesta, los representantes ucranianos se reunieron con representantes de Estados Unidos y más líderes europeos para intentar llegar a un acuerdo. Además, algunos funcionarios del gigante norteamericano presionaron al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, afirmando que un rechazo a la propuesta podría significar el cese de la inteligencia compartida y el suministro de armas. ¿Cómo van las negociaciones y qué implicancias tendría aceptar este plan?
Un panorama incierto
Una de las reuniones más importantes que se tuvieron fue la de Ginebra, en Suiza, el 23 de noviembre. En ella, se encontraron el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, acompañado de Witkoff; el Ministro de Defensa de Ucrania, Rustem Umerov; el Jefe de las Fuerzas Armadas y el Jefe de la Oficina Presidencial, Andrey Yermak.
La reunión giró principalmente alrededor de la cesión de la zona no ocupada del Donbás. La propuesta inicial de Trump incluía la cesión de este territorio, pero Ucrania se opuso firmemente a esta idea.
“Para ellos va a ser muy, pero muy difícil, entregar territorio. Y, en todo caso, lo que buscan es obtener garantías suficientes para su independencia en el futuro. Ese es el punto central en estos momentos”, afirmó el internacionalista y docente de la Universidad de Lima, Francisco Belaúnde Matossian.
Para el especialista, uno de los puntos más controversiales del documento fue el del territorio. La nación ucraniana, con el apoyo de Europa, está reuniéndose constantemente para modificar esos aspectos. El encuentro finalizó con un comunicado conjunto que la calificó de “constructiva”, pero sin alcanzar una resolución final.
Mientras tanto, el 28 de noviembre, la Fiscalía de Ucrania ejecutó un allanamiento a las propiedades de Yermak tras revelarse un escándalo de corrupción que lo involucraba. La exmano derecha de Zelensky presentó su renuncia y el presidente la aceptó inmediatamente. Con ello, Umerov se quedó a cargo de las negociaciones.
Después de la asamblea de Ginebra, los representantes de los países involucrados sostuvieron varios encuentros más y lograron reducir el acuerdo inicial de los 28 puntos a 19. Sin embargo, el Kremlin ha respondido negativamente ante esta propuesta, afirmando que no está dispuesto a ceder para que Ucrania se retire del Donbás, que se reduzcan sus fuerzas armadas, y que Estados Unidos y Europa reconozcan los territorios invadidos como rusos.
Dos visiones distintas de paz
A medida que el borrador de paz pasa por nuevas versiones y ajustes, Europa y EE.UU. han empezado a marcar distancias sobre cómo debería cerrarse la guerra en Ucrania. Diversos líderes europeos advirtieron que la primera información, el borrador de 28 puntos, abarcaba “condiciones que no podían aceptarse”, sobre todo aquellas que legitimaban los territorios ocupados por Rusia o que imponían restricciones al ejército ucraniano.
La Unión Europea ha sido enfática: ningún acuerdo puede “consolidar ganancias obtenidas por la fuerza”, como recordó António Costa, presidente del Consejo Europeo, en Luanda. La preocupación de fondo es evitar un precedente que debilite la arquitectura de seguridad en el continente.
Belaúnde Matossian, por su parte, coincidió en que Europa observa el conflicto desde una lógica de protección regional. Para la Unión Europea, una paz mal negociada no solo afectaría a Ucrania, sino que legitimaría el uso de la fuerza para alterar fronteras. Por eso, según el experto, los europeos han presionado para “reducir, corregir y reorientar” la propuesta original de Washington.
No se trata de una oposición frontal a Estados Unidos, sino de una postura más exigente: piden garantías claras, gradualidad y supervisión internacional. El país norteamericano mantiene un enfoque más pragmático, la Casa Blanca ha priorizado poner fin al conflicto y evitar un desgaste prolongado de recursos militares y económicos. Reuters señaló que Washington ha instado a Kiev a “explorar todas las opciones diplomáticas” y no descartar el borrador como base de negociación.
Esta actitud responde a una mirada geopolítica más amplia: Estados Unidos necesita reacomodar su política exterior hacia otros frentes clave, como el Medio Oriente y el Indo-Pacífico. “Para Washington, la estabilidad es un objetivo; para Europa, la seguridad es el objetivo”, resumió Belaúnde.
Esa diferencia estratégica deja a Ucrania en una posición especialmente compleja. La politóloga Camila Bendezú recordó que Kiev “depende militarmente de Estados Unidos, pero políticamente de Europa”. El país necesita armas para sostener la defensa, mas también necesita legitimidad y garantías para aceptar cualquier acuerdo.
Las presiones se sienten a ambos lados: acercarse demasiado a la postura estadounidense podría alejar a sus aliados europeos, adoptar el ritmo cauteloso de la UE podría tensar la relación con Washington. Entre esas dos fuerzas, Ucrania intenta mantener su propia agencia en uno de los episodios diplomáticos más delicados desde que comenzó la invasión.
¿Paz realista o paz precaria?
Un eventual acuerdo de paz podría ofrecer un alivio inmediato, pero también abrir la puerta a riesgos profundos. Para que el pacto sea sostenible, Ucrania necesitaría garantías internacionales sólidas: vigilancia de fronteras, compromisos multilaterales de defensa y mecanismos que impidan un nuevo ataque ruso.
El Consejo Europeo ha sido claro al respecto: “la paz sin garantías no es estabilidad, es pausa”. Como advirtió Belaúnde, cualquier concesión territorial no solo debilita la capacidad defensiva del país, sino que también puede fracturar el consenso interno en Kiev, donde amplios sectores consideran que la integridad territorial no es negociable.
Pero rechazar el borrador tampoco es una alternativa sencilla. Ucrania enfrenta problemas de reclutamiento, una economía gravemente dañada y una creciente dependencia del apoyo occidental. Bendezú subrayó que prolongar la guerra implica “un costo humano y político que Ucrania no puede sostener indefinidamente”, especialmente si algunos aliados comienzan a priorizar sus propias agendas internas.
Continuar el conflicto extendería la posición de resistencia ucraniana, pero al precio de más destrucción y vidas perdidas. Aunque Europa insiste en que apoyará a Ucrania el tiempo que sea necesario, ese respaldo descansa en consensos políticos frágiles. Por eso, varios analistas europeos advierten contra la velocidad. Una paz duradera requiere procesos lentos, verificables y con garantías que puedan mantenerse en el tiempo.
“No se puede forzar una solución estable sobre bases inestables”, recordó el presidente del Consejo Europeo. En este panorama, Ucrania enfrenta un dilema profundo: aceptar una paz que podría salvar vidas hoy, pero con decisiones difíciles de revertir, o seguir resistiendo mientras esperan un acuerdo más favorable, asumiendo un costo humano, económico y nacional cada vez más alto.
