Gianfranco Brero: “No hay excusas para no hacer lo que amas”

(Foto: Andina)

Por Ednilson Cabrera y Michelle Hemmerde  

Con más de cinco décadas de trayectoria en el cine y el teatro, Gianfranco Brero se ha consolidado como una de las figuras más destacadas del cine peruano. A lo largo de su carrera, ha interpretado personajes memorables, como el profesor Pinto en Bajo la Piel (1996), involucrado en la investigación de una serie de asesinatos inspirados en la cultura Moche.

Asimismo, destacó como Saúl Faúndez, periodista del diario Clamor en Tinta Roja (2000), un hombre frío y cínico que, pese a su fachada distante, revela una profunda humanidad y fragilidad interior. Este papel le valió la Concha de Plata a Mejor Actor en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, en España, uno de los eventos cinematográficos más reconocidos de Europa, consolidando su prestigio tanto en Perú como en el extranjero.

A 25 años del estreno de Tinta Roja, la película sigue siendo un hito del cine peruano y un referente para quienes buscan comprender la esencia del periodismo. Por eso, Nexos conversó con el protagonista de la historia, quien no solo dio vida a Faúndez, sino que también compartió con nosotros sus recuerdos, sus miedos y los desafíos de interpretar un personaje tan complejo. Desde las lecciones de vida que aquel papel le dejó, tanto en lo profesional como en lo personal, hasta cómo esa experiencia marcó su manera de entender el mundo y el arte.

¿Qué significa realmente arriesgarlo todo por tu pasión?

No se trata de un acto impulsivo, es enfrentarte a la incertidumbre con convicción. Cuando acepté interpretar a Faúndez, no tenía ni la edad ni las características del personaje, y aun así Pancho Lombardi confió en mí.

Fue un salto al vacío: un reto que me obligó a salir de mi zona de confort; a reconstruir hábitos, gestos y actitudes, y a enfrentarme a una experiencia totalmente nueva. No era algo que quisiera hacer por mí mismo, sino un compromiso con la historia

¿Qué ha sido más difícil: enfrentar los retos de tu carrera o los desafíos de la vida?

Ambas cosas se cruzan de maneras inesperadas. La vida real te pone pruebas que ningún guión puede anticipar, decisiones que pueden cambiar tu rumbo de forma radical. A veces, los obstáculos vienen de lo más cercano: expectativas de otros, errores propios, situaciones que parecen injustas. En esos momentos, aprendes a valorar la resiliencia, a encontrar fuerza en la incertidumbre y a seguir adelante aunque todo parezca desmoronarse. 

¿Hubo algún momento en el que pensó en rendirse, o en qué dudó de seguir el rumbo que había elegido?

A lo largo del camino, hubo etapas en las que las cosas no salían como uno esperaba, claro. En esta carrera hay situaciones en las que te preguntas si realmente vale la pena seguir o si estás en el lugar correcto. Pero luego, aparece un proyecto que te recuerda por qué haces lo que haces.

Esa película fue un reto desde el inicio: yo no iba a interpretar a Faúndez, el papel me llegó casi de casualidad; sin embargo, terminó marcando mi vida. Fue una experiencia intensa, humana, hecha con cariño y con un equipo maravilloso. 

Ser el primer actor peruano en recibir la Concha de Plata en San Sebastián no es poca cosa. ¿Qué representó para usted ese premio y cómo influyó en su trayectoria?

Es extraño, ¿no? En San Sebastián, era casi la primera vez que veía Tinta Roja completa, y cuando terminó, todo el público empezó a aplaudir. Me sorprendió porque uno cree que el verdadero trabajo está en la pantalla, pero también aplaudían a todo el equipo. Y recibir este reconocimiento fue una locura, sobre todo al volver a Lima. Hasta hoy la gente me saluda por mi personaje.

A veces me cuentan que la película los marcó o que la vieron en la universidad, pero hubo algo que se me quedó grabado de manera especial. Hace algunos años, unos chicos peruanos que vivían en el extranjero se me acercaron con una emoción enorme y empezaron a recitar fragmentos completos de la película. Fue muy conmovedor. En momentos de duda, pienso en eso: en que el verdadero reconocimiento no está en las alfombras rojas, sino en saber que tu trabajo toca a otros.

¿Qué significó ser parte de esta historia?

Fue una obra hecha con mucho cariño, con un guión muy bien trabajado y una dirección precisa de Lombardi. Él no hace una película por hacer, siempre tiene una mirada clara sobre lo que quiere contar. Creo que lo más valioso es que transmite una propuesta genuina, no es una película hecha por encargo.

Aunque no tuvo gran éxito en taquilla, se ha mantenido vigente y se sigue viendo en muchos espacios, sobre todo en escuelas de periodismo. Para mí, representa lo que debe buscar el cine peruano: buenas historias, una voz propia y la posibilidad de seguir contando los hechos del día a día, sin censuras ni límites, para reflejar la realidad tal como es.

En una época tan dura como la del terrorismo, ¿qué lo motivó a seguir adelante a pesar de los peligros y la incertidumbre?

Fueron años muy difíciles. Nosotros hacíamos teatro incluso con toque de queda, con miedo, con todo en contra. Recuerdo que estábamos dando función en Miraflores, en la cuadra diez de la avenida Larco, cuando explotó la bomba de Tarata a solo cuatro cuadras de donde estábamos. Tembló todo.

Pero seguimos. Seguimos porque el entusiasmo y la vocación eran más fuertes que el miedo. El teatro era una forma de resistir, de no dejarnos vencer por el terror. Creo que, en el fondo, lo que me motivó a seguir fue eso: la necesidad de no rendirme y de seguir creyendo en que lo que hacíamos tenía sentido, incluso en medio del caos.

¿Recuerda alguna emoción o pensamiento que lo haya marcado para siempre de aquella noche?

Sí… Recuerdo el miedo, por supuesto, pero, sobre todo, la sensación de fragilidad. El temor estaba ahí, pero la necesidad de seguir era más fuerte. Esa noche entendí que el arte no era solo una profesión, era una forma de resistir y mantenernos humanos en medio del horror.

Después de vivir algo tan fuerte, ¿cree que esa experiencia cambió su forma de entender el arte y el papel del actor en la sociedad?

Sí, definitivamente. Vivir algo así te cambia la mirada para siempre. En esa época uno actuaba, hacía teatro. Seguía, no porque no tuviera miedo, sino precisamente para no dejarse vencer por él. Y ahí entendí que el arte no era solo una profesión, era una forma de resistencia, de afirmación de la vida.

El papel del actor, entonces, deja de ser simplemente interpretar un personaje. Se convierte en alguien que acompaña, sostiene y refleja lo que pasa a su alrededor. Somos parte de una sociedad que a veces necesita verse, reconocerse, sanar. Y cuando uno está en un escenario o frente a una cámara puede ofrecer eso: un pequeño espacio de verdad, de esperanza.

En el Perú, gran parte de nuestro patrimonio audiovisual se ha perdido o se encuentra en mal estado…

Sí, es realmente preocupante. El cine no es solo entretenimiento: es parte de nuestra historia, de nuestra manera de pensar y de expresarnos. Recuperar una película es como recuperar un pedazo de nuestra historia. Así como Rosa Mercedes Ayarza se dedicó a transcribir nuestras marineras para que no se perdieran, nosotros también deberíamos cuidar nuestro material con el mismo empeño.

Muchas películas peruanas se han deteriorado o desaparecido, y con ellas se va parte de nuestra cultura. Por eso es vital preservar, digitalizar y valorar el cine. No solo como un archivo, sino como un verdadero patrimonio que nos conecta con lo que somos y con lo que hemos vivido.

Si pudiera hablarle al joven Gianfranco que recién empezaba en el teatro, ¿qué le diría hoy, después de todo lo vivido?

Le diría que siga, que no se rinda, que confíe en su instinto. Que el camino no va a ser fácil, pero que cada función, cada personaje y cada silencio van a valer la pena. Que no se deje deslumbrar por las alfombras rojas ni por los premios, que lo verdaderamente importante está en la chamba, en el proceso, en ese momento en que algo se mueve dentro del público.

También le recordaría que el arte no se hace para agradar, sino para decir, para resistir, para mantenernos humanos. Porque gran parte de los problemas políticos que tenemos viene justamente de eso: de que no nos entendemos, de que hemos perdido la capacidad de escucharnos. Si algo he aprendido con los años es que el trabajo más honesto, aquel que nace desde la verdad, siempre deja huella, aunque a veces uno no lo note de inmediato.

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