En una sociedad donde la pluralidad se oculta ante las fuerzas polarizantes, la violencia deja de ser un hecho aislado y amenaza los cimientos de la democracia.
Por Cynthia Carmen y Daniela Ramos
A inicios de septiembre de este año, Charlie Kirk, activista político conservador —conocido por abrir debates y diálogos con miles de estudiantes sobre las políticas de Estados Unidos— fue asesinado a plena luz del día en el campus de una universidad en Utah. ¿Cuáles fueron los motivos? Aunque aún no se conocen con exactitud, el hecho puede entenderse dentro del contexto de la extrema polarización que se vive no solo en el país norteamericano, sino también en distintas regiones del mundo.
Discrepar forma parte de la naturaleza humana, pero actualmente esas tensiones han escalado al punto de expresarse en actos violentos contra quienes piensan distinto. Los plenos del Congreso se han convertido en escenarios de intercambios agresivos de palabras: un circo que despliega un sinfín de ofensas y, en ocasiones, incluso amenazas. Ser testigos de esto nos deja con la duda, ¿será que hemos normalizado la violencia como forma de defender nuestras posturas?
¿Derecha o izquierda?
Según el Centro Nacional de Planeamiento Estratégico (CEPLAN), la polarización en el territorio nacional ha venido aumentando considerablemente desde 2015. El trasfondo de esta tendencia se puede ejemplificar de manera casi perfecta en las elecciones del Bicentenario. En un escenario atravesado por una de las peores crisis sanitarias del país en décadas, las Elecciones 2021 pusieron en la mira a dos candidatos situados en los extremos del espectro político y social.
De un lado, Keiko Fujimori, representante de una derecha respaldada por sectores empresariales, clases acomodadas y regiones conservadoras; y del otro, Pedro Castillo, un outsider que, con un discurso cargado de reclamos y apelando más a lo emocional, logró conquistar al 80% del electorado del sur andino.
Esta fractura en el electorado peruano se conecta con un cimiento histórico: las democracias de las Américas se construyeron sobre sociedades atravesadas por jerarquías coloniales de clase y etnia. Debido a ello, la polarización en el Perú y parte de Latinoamérica no puede entenderse únicamente desde lo ideológico, realmente arrastra diferencias de clases socioeconómicas heredadas de la colonia, que aún marcan las dinámicas políticas contemporáneas.
“Vemos estos enfrentamientos entre ciertos grupos que han concentrado una cantidad enorme de riqueza, grupos privilegiados, y poblaciones que apenas tienen para sobrevivir. (…) Lo estamos viendo ahora con los transportistas que sufren una violencia terrible por parte de la criminalidad. Y la incapacidad del Estado por tratar de resolver este problema”, explicó el sociólogo Jaime Bailon.
Al otro lado del globo, en Europa, el debate sobre la polarización le da mayor enfoque a la cuestión migratoria. La crisis de refugiados de 2015 intensificó los temores sobre la identidad y la cohesión cultural. Líderes como Marine Le Pen en Francia o Viktor Orbán en Hungría fomentaron una narrativa antiinmigrante, alimentando la polarización en el continente.
En cuanto al Medio Oriente, la religión es la que funciona como el eje central de sus disputas, llevando a una discrepancia muy marcada y, en ocasiones, violenta. “Puede devenir no exclusivamente con temas étnicos, sino también con temas religiosos. La polarización termina siendo ya un asunto mucho más amplio, pero está instrumentalizado por grupos de poder o por otras partes”, resaltó la politóloga Camila Bendezú.
Partiendo de las raíces del árbol, comprendemos que no todo es blanco y negro, o derecha e izquierda. En este terreno, los discursos pueden convertirse en herramientas que, si se usan con las intenciones incorrectas, pueden derivar en una violencia difícil de reparar.
El lenguaje de la violencia
La polarización extrema construye una narrativa que presenta al otro como enemigo. Los discursos de actores, dentro y fuera del poder, se convierten en herramientas que, cuando se usan con fines confrontativos, pueden profundizar la polarización y actuar como catalizadores de violencia.
En 2018, Pittsburgh fue escenario de un tiroteo masivo. Durante un día sagrado judío, un hombre irrumpió en la sinagoga armado con un rifle de asalto y asesinó a 11 personas. ¿Su justificación? Un discurso cargado de antisemitismo y rechazo hacia los inmigrantes.
“No solo está la violencia física como las agresiones, también está la violencia psicológica. Estas amenazas que pueden existir contra la persona que piensa distinto también puede verse como violencia estructural, por ejemplo, al evitar que estos grupos puedan acceder al poder o puedan tener beneficios”, indicó Bendezú.
El lenguaje humano no es el único capaz de ejercer violencia. Más allá de las autoridades políticas que buscan imponer su visión, la Inteligencia Artificial surge como un actor que también puede funcionar como un lenguaje de control. Para Bailon, “estos lenguajes tienen una visión del mundo y de la historia bastante homogénea y uniforme. No toman en cuenta la diversidad, todo lo aplasta”.
Una mirada sesgada puede también alimentar discursos violentos, pero lo que emerge con fuerza en este escenario no es solo la violencia en sí, sino la manera en que ciertos sectores la legitiman. Si retrocedemos en el tiempo y observamos a líderes políticos o grupos extremistas que recurrieron a la violencia, veremos que lo hicieron tanto para movilizar apoyo a sus causas como para obtener aceptación social.
Adolf Hitler transformó los imaginarios sociales al presentar a los judíos como enemigos públicos. Mientras las tropas nazis los atacaban, él convencía a la población, mediante propaganda, de que la violencia contra ellos era necesaria para salvar a Alemania. La manipulación alcanzó tal magnitud que el enemigo dejó de ser sólo político para convertirse en moral. Parte del deber patriótico era, entonces, destruirlo.
La politóloga explicó un ejemplo nacional del ejercicio de la violencia en el accionar político. “También ocurrió lo mismo con Antauro Humala, (…) él tenía su propio periódico que se repartía por el Centro de Lima. El nivel de impacto de la comunicación dependerá si se trata de un grupo que recién busca visibilizarse o de uno que ya se encuentra en la cúpula del poder”, mencionó la especialista.
Tanto en escenarios internacionales como locales, la violencia ha sido un instrumento de acción y de legitimación política. Al normalizarla, estos sectores la hacen parecer una opción válida dentro del panorama democrático. El producto de ello logra desestabilizar la democracia desde sus propios pilares.
Convulsión democrática
La polarización no sólo reafirma divisiones políticas, también crea un nido para que se fortalezca la violencia y pase a ser adoptado como un lenguaje aceptado. La democracia tambalea, la confianza social se debilita y se posicionan prácticas autoritarias entre el hartazgo ciudadano.
El Índice de Paz de México (IEP) señaló que los estados más polarizados, donde existen marcadas divisiones entre ideologías políticas rivales, tienden a tener instituciones más débiles y una menor cohesión social. Además, cuando una sociedad se ve reflejada en la indignación y molestia de sus líderes con las numerosas problemáticas existentes, tiende a avalar conductas antidemocráticas como golpes de estado o violencia. “Varios de los gobiernos actuales se les puede considerar híbridos, estos pueden convertirse en espacios que actúen como un caldo de cultivo para la polarización política”, agregó Bendezú.
En la misma línea, el docente e investigador, Jaime Bailón señaló que, cuando la violencia está arraigada en las estructuras y el ciudadano se ve expuesto a contextos precarios, se generan condiciones que llevan a adoptar la violencia como una respuesta legítima frente a la inconformidad social. “El gran temor es la manifestación violenta: movimientos revolucionarios, movimientos extremistas, una violencia extrema que ya se ha visto antes en Latinoamérica”, apuntó el especialista.
Si añadimos el factor digital, los grises terminan por desaparecer y los extremos se alejan más. “Los medios digitales agudizan más esto (…) con un lenguaje agresivo, lleno de desprecio. Por las ideas y actitudes se identifica un rival, no hay un punto medio”, indicó el docente. Por ello, resulta fundamental comprender las dinámicas de los medios y cómo, aunque no lo queramos, terminan funcionando en favor de la polarización ya existente.
“A través de los profesores se pueden enseñar capacidades cognitivas para que la diversidad de perspectivas no se vea aplanada. Que los alumnos puedan hacer lecturas críticas de los criterios y sesgos que existen en la tecnología, y así ser conscientes de cómo son las reglas de juego”, finalizó Bailón.
La mezcla se vuelve más peligrosa cuando la polarización entra en contacto con la violencia, pues abre paso a una riesgosa normalización de prácticas autoritarias. Lo que puede iniciar como un descontento social termina debilitando la convivencia democrática.
Frente a este contexto, el desafío no recae únicamente en la política, sino también en la sociedad: reconocer la pluralidad es vital para sostener instituciones sólidas y una ciudadanía que no vea en la violencia una salida válida ante las dificultades del Estado.
