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Bajo la superficie

Mathías Mäckelmann, docente de nuestra casa de estudios e investigador de la comunicación y marketing político, guarda un mar de aficiones más allá de las aulas. El peruano alemán ha trazado una interesante trayectoria, tan amplia como el océano. Es ahí donde yace una de sus mayores pasiones: la natación en aguas abiertas. 

Por: Natalia Zucchetti Deville

Sobre la rocosa orilla de la Isla San Lorenzo dan las 9:00 am. Entre la multitud se encuentra Mathías. Un día de entrenamiento promedio, con la academia H2O, suele comenzar al alba en las aguas de la playa Pescadores de Chorrillos. Hoy, por el contrario, se prepara para competir, para entregarse a la inmensidad salada desde el otro extremo de la costa. A la par de más de 200 nadadores, se dispone a cruzar 5.5 km del mar de Grau en esta nublada mañana. Organizada por la compañía Perú Swimmers, de la mano de la Marina de Guerra del Perú y la Municipalidad de La Punta, la Ruta de Grau está por empezar. 

Mathías ingresa al agua. El frío y los nervios se apoderan de su cuerpo, pero una inyección de adrenalina los deja en el olvido. De repente, una aureola de negra pólvora pinta el cielo. El sonido del cañón da la señal de partida.“Los problemas se quedan afuera, en la orilla”, confiesa al revivir esos momentos.

Mathías junto a otros nadadores en la Ruta de Grau 2022.

La travesía comienza serena. Él fluye, de forma similar a lo que lo llevó a iniciarse en esta disciplina y en la docencia. “Fui explorando, encontrando mi norte en el camino, no planifiqué nada”. Mathías está en paz, tanto fuera como dentro del agua, con lo que la vida le depara. 

Antes practicaba natación tradicional. Reconoce que nunca vio el mar como un espacio idóneo para ese deporte. Sin embargo, una madre del colegio de sus hijos pasó el dato de la academia de Edgardo Merino. Este ex deportista encontró en el mar una oportunidad para continuar ejercitando a sus alumnos tras el cierre de las piscinas debido a la pandemia. Y fue en agosto de 2020 que formó el equipo H2O de natación en aguas abiertas. “Ahí dije ‘uy, ¿cómo será eso?’”, sin pensarlo dos veces Mathías se lanzó al agua.  

De la misma manera, su llegada a la docencia fue un chapuzón inesperado. Trabajaba para una organización del gobierno alemán con sede en Perú. Un día su jefe le pidió cubrirlo en una charla, “terminé dando una conferencia en Brasil. Fue ahí donde me di cuenta que disfrutaba enseñarle a las personas.” Alrededor del año 2015, ingresó a dictar clases a la Universidad de Lima. 

Cada brazada en compañía del pataleo, le abren paso de forma recta a través del océano. Irónicamente, a pesar de nadar junto a una gran cantidad de personas, la sensación a su alrededor “es de un silencio agradable.” Para Mathi, como lo llaman sus allegados, es una meditación. “Los pensamientos pueden llegar. Algunos bonitos, otros no tan chéveres. Pero vienen y se van. No se quedan ahí. Es bien loco.”

Roxanne (put on the red light)

Roxanne (put on the red light)

El coro de uno de sus hits favoritos atraviesa su mente como una ola tempestiva. Entre los pensamientos bonitos aparecen su infancia y adolescencia: Bon Jovi, Police, Sting. Le apasiona la música, en especial el rock. A los 16 años se compró una batería con sus ahorros. Incursionó en la percusión y formó una banda junto a sus amigos. Ahora es parte de un ambicioso proyecto enfocado en música de los 80´s: Rubick. “Queremos comenzar a tocar en locales.” afirma Mathías.

Mathías tocando la batería en el año 2015.

Esa misma ambición es la que lo mantiene en movimiento dentro del agua. Pasa la mitad de la ruta. El mar deja de ser profundo: Su fondo se vuelve superficie. Sus olas se avecinan a lo lejos. Con cada desplazamiento hacia adelante, la profundidad es menor. Eso significa que ha arribado al Camotal, banco de arena cercano a la costa del Callao. Al cruzar esta zona las aguas cristalinas dejan al descubierto el suelo, la arena y las piedras. Sin más, aparecen las olas que chocan contra su cuerpo. Las gaviotas sobrevuelan por encima. Una sensación de miedo se apodera de él. Le recuerda a la primera vez que nadó. Era febrero, estaba aterrado. Veía la distancia y pensaba que no lo lograría. 

La disciplina del deportista es esencial. Para Mathías comienza con la capacidad de salir de la cama. Levantarse temprano con oscuridad y frío es difícil porque a esa hora “tienes todo en contra para quedarte un ratito más”. Aparte, una vez en la playa también debes enfrentarte a la temperatura del mar, la que en invierno desciende a 13 grados. Por otro lado, mantener el equilibrio con otros aspectos de la vida es un reto. Confiesa que en ocasiones ha llegado a la universidad en wetsuit. “He tenido que cambiarme en el sótano y dar clases salado; sin bañarme”, ríe mientras disimula el roche. 

Saca el rostro de forma lateral para recuperar el aliento. Los lentes empañados dificultan su visión. Parece reconocer la imagen de la Escuela Naval sobre la costa. De repente, el mar se empodera. Su movimiento se intensifica. Su corriente se enfurece. Lo empuja hacia afuera. Lo aleja de la ruta. Cambia la estrategia de los dos remos que lleva en la extremidad superior de su cuerpo. La adaptación es una de las habilidades más importantes para esta disciplina. Se está a merced de las cambiantes condiciones de la naturaleza: la marea, la temperatura, la corriente. El nadador debe ser capaz de ajustar sus brazadas, sus respiraciones, y su esfuerzo. 

Nació en Perú, pero la violencia nacional de finales de la década del 80 obligó a su familia a partir en dirección a sus raíces. A los 11 años, se mudó a una pequeña comunidad en Alemania. Fue un shock, un cambio total. “De pronto, estoy en un sitio donde soy completamente libre” recuerda Mathías, fascinado por la independencia que le otorgó el país germano. Tras criarse en el continente europeo, a sus 21 años vuelve a la tierra que lo vio nacer.  Si bien vive en Perú hace más de dos décadas, a veces se siente un extranjero. “De nombre y apariencia soy más alemán”, lo que en su opinión influye en la percepción y trato de los demás. “Acá al toque piensan que me acabo de bajar del avión de turista”, cuenta entre risas.

Mathías en Europa en el año 1989.

Luego de sobrellevar la corriente, nadando sin pausa alguna, el mar se torna manso. Aprovecha su clemencia para apreciar el horizonte. “Siempre trato de estar atento al paisaje” comenta. “Tengo una conexión con la naturaleza”. También le apasionan otras actividades al aire libre, como la fotografía de la naturaleza y el trekking. Recuerda sus vacaciones en Paracas a los 7 u 8 años, paseaba por la playa mirando a los animales de la zona. En Alemania iba mucho al bosque, donde jabalíes o venados solían cruzarse por su camino. Esa es una de las cosas que más le cuesta de vivir en Lima, “es mucho cemento, hay que darse un escape”. Mathías espera ilusionado los martes y jueves, días en los que entrena, para encontrarse con el mar y recuperar esos chispazos de libertad.

Mathías en uno de sus últimos tours para fotografiar la sierra del Perú.

Siguiendo la ruta de forma recta, llega a Cantolao. Entras a un refrigerador, pues la temperatura del agua baja de forma drástica. Ni el traje de neopreno es capaz de atenuar ese frío. La natación en aguas abiertas es una experiencia nueva siempre. Además, “el mar nunca es igual, eso es lo interesante”. Así es también la docencia para el profesor Mäckelmann, una labor en constante cambio. Para él, “el aprendizaje dura toda la vida, no es estático”.

De repente, durante una inhalación levanta el rostro, a la par de uno de sus brazos. Reconoce que ya se encuentra en la Poza Castelli, lo que indica el final de la travesía. A lo lejos, ve a sus compañeros de H2O haciéndole barra. El equipo es un elemento indispensable en el entrenamiento. Nadar en aguas abiertas es exponerse a una situación de riesgo constante, pues se está a voluntad de la naturaleza. Necesitas tener a alguien. Hay que cuidarse los unos a los otros. “Se ha vuelto un grupo muy especial para mí. Somos muy unidos. Nos reunimos fuera de la práctica” afirma emocionado. 

Equipo H2O en la Ruta de Grau 2022.

Una alfombra azul se extiende sobre las lisas piedras de la playa ubicada en La Punta. Llega a la orilla. Sale del agua con las aletas negras bajo el brazo y pasa el arco de meta. Para él no se trata del puesto, sino de dar lo mejor de sí mismo. Aunque confiesa que “sería chévere mejorar mis tiempos y conocer nuevas rutas”. Se quita los demás implementos: los lentes, el gorro. Entre celebraciones y abrazos, el calor de su equipo desvanece el frío. “Es una fiesta, todo el mundo está contento.” De pronto, la adrenalina desciende. En cuestión de segundos el agotamiento se apodera de él, pero la satisfacción se mantiene anclada. Acabar la travesía es un logro deportivo que le permite vivir otra experiencia única en el mar. Mathias conecta con el niño y adolescente que fue, con sus propósitos, recuerdos, con la naturaleza que lo enriquece y con la libertad que recupera. Todo frente a la inmensidad del océano.

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